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San Óscar Romero, mártir de la Iglesia salvadoreña y latinoamericana, es hoy testimonio vivo de una Iglesia que no puede permanecer indiferente ante el sufrimiento de los más vulnerables. Su martirio no fue solo el fin de su vida terrenal, sino el comienzo de una presencia profética que nos recuerda que el Evangelio exige valentía. Su figura es la de un pastor que entendió su misión no como un privilegio, sino como un servicio, un testimonio de cercanía con su pueblo.

Esta visión es plenamente concordante con la sinodalidad a la que nos invita el Papa Francisco. Una Iglesia sinodal es una Iglesia que camina junto a su pueblo, que escucha, que discierne y que actúa con el Espíritu, como nos recuerda Francisco. Romero entendió que la Iglesia no es solo una institución, sino una comunidad de amor, un signo del Reino de Dios en el medio del mundo. Estuvo en medio de su pueblo, escuchándolo, caminando con él y asumiendo sus dolores como propios.

Monseñor Romero vivió esta sinodalidad desde su tiempo. Su testimonio vive hoy en cada cristiana y cristiano que se atreve a amar como él amó, a entregar su vida con la misma pasión con la que él la entregó, fieles al ejemplo de Jesús que dio su vida en sacrificio por el perdón de la humanidad. Hoy, en un mundo donde muchas personas siguen clamando por justicia, donde la pobreza, la violencia y la exclusión siguen marcando la vida de tantos, la Iglesia está llamada a ser esa esperanza viva en el medio del pueblo. Este es el mensaje de San Romero de América, que continúa más vivo a 45 años de su martirio.