A veces, una promesa hecha en silencio puede convertirse en una vida de entrega. Esta es la historia de Socorro «Coyito» Rivas, una mujer que, en medio de los cambios inesperados y el servicio cotidiano, encontró en la misión compartida con los jesuitas en la parroquia Monte Tabor la manera de cumplir la promesa que un día escribió para Dios.
Socorro Rivas hizo una promesa a Dios. La escribió, dice, en un papel en medio de una convivencia de un grupo juvenil en su natal Usulután, al oriente de El Salvador. Extiende la mano derecha y con la izquierda simula escribir. Mientras lo hace, recita el juramento que escribió aquella tarde: «Señor, prometo entregarme a ti, prometo servirte en lo que tú me mandes».
Habla desde el salón de usos múltiples de la parroquia Monte Tabor, en El Salvador, encomendada a la Compañía de Jesús. No conserva aquel papel, pero aquí, entre los jesuitas, Coyito, como cariñosamente la conocemos, cumplió la promesa. Y lo hizo al descubrir su vocación.
De los jesuitas, Coyito no conocía casi nada. Sí supo, cuenta, del martirio de Rutilio Grande y compañeros, asesinados en 1977 en el contexto del conflicto armado salvadoreño. La noticia llegó a todos los rincones del país centroamericano. De ahí, nada más. Su primer encuentro con la Compañía de Jesús fue a través de P. Xavier Aguilar, S.J.: «el primero que conocí», dice sonriente.

Fue en la parroquia El Calvario, en el Centro de San Salvador. Era 1986, año en el que un devastador terremoto sacudió a la capital salvadoreña. Coyito había llegado hasta acá dispuesta a completar un curso de corte y confección, una de sus mayores pasiones.
El plan era regresar al oriente una vez el curso hubiera concluido. Pero la guerra civil, particularmente cruel en el interior del país, torció el proyecto. La estadía de Coyito, originalmente pensada para seis meses, se extendió de golpe cuando decidió asumir el cuidado de sus sobrinos. Su hermana y cuñado migraron huyendo del conflicto y buscando mejores oportunidades para la familia.
Esta nueva misión la llevó hasta Merliot, una ciudad cercana a la capital salvadoreña. A media cuadra le quedaba la parroquia. Y, para no descuidar la fe, empezó a congregarse ahí donde P. Xavier Aguilar, el mismo de El Calvario, había sido nombrado párroco. Así comenzó un camino que hoy, poco más de tres décadas después, sigue vivo.

22 años atrás, este mismo salón se vistió de fiesta. Se había graduado de bachiller en un programa de educación a distancia. Y Coyito, que siempre había coqueteado con la vocación religiosa, recibió una oferta de parte de las hermanas Carmelitas: «¿Se va con nosotras?», le dijeron una vez concluyó el programa de formación dominical.
Inquieta, buscó consejo en P. Xavier. «Usted es más de misión», le dijo. «Aquí está su convento». Desde entonces, Coyito ha entregado servicio y pasión a la vida parroquial en Monte Tabor. Desde aquí ha custodiado bienes, organizado grupos, acompañado comunidades. Vio de cerca las reliquias de San Romero, que pasaron por esta parroquia durante una gira por El Salvador.
Para Coyito, acompañar significa estar. Y eso es lo que ha aprendido, dice, de esta parroquia encomendada a la Compañía.
¿Se arrepiente de no haberse ido con las Carmelitas? Entre risas, dice que no. Es, por supuesto, un carisma especial al que le tiene cariño, explica. Pero su lugar, su vocación, en términos propios, lo encontró en esta parroquia. Bueno, yo le prometí algo a Dios… Y me siento realizada de decir que sí se lo cumplí, dice la hermana Coyito, sonriente, sosteniendo el manojo casi interminable de las llaves de la parroquia.
*Esta historia es parte del especial #LaCompañíaQueSomos, una serie de publicaciones para conocer más a fondo la vida y misión de laicas y laicos comprometidos con la misión de la Compañía de Jesús en Centroamérica.
