En medio del ruido cotidiano, P. Carlos Manuel Álvarez, S.J., explica por qué los Ejercicios Espirituales ignacianos no son una experiencia intimista ni reservada para unos pocos, sino un camino de silencio, encuentro y transformación que sigue tocando la vida de personas muy distintas hoy en día.
Entre el ruido y la dificultad para detenerse de lo cotidiano de nuestras vidas, los ejercicios espirituales ignacianos siguen convocando a personas de distintas realidades, creencias y caminos de vida. Hoy, P. Carlos Manuel Álvarez, S.J., director de los Centros Loyola de El Salvador y Costa Rica, reflexiona sobre el valor del silencio y la transformación interior que supone la experiencia de los Ejercicios Espirituales.
P. Carlos Manuel enfatiza en que no son conferencias ni prédicas, sino una experiencia profunda de encuentro consigo mismo, con Dios y con la realidad. Además, insiste en que no son exclusivos de religiosos o creyentes y que, por la riqueza y vigencia que representan, deberían considerarse «patrimonio de la Iglesia universal».
¿Cómo definiría usted los Ejercicios Espirituales concretamente para alguien que no tenga ni idea de qué son?
Primero le diría que vivir la experiencia de ejercicios espirituales no es fácil: hay que decirlo. Y lo digo por la experiencia con la gente que piensa que los ejercicios espirituales son una serie de pláticas, de charlas, de conferencias; en ambientes religiosos le llaman prédicas. No son eso.
Los Ejercicios Espirituales son puntos de oración que se dan para que, en un primer momento, la persona descubra cómo está consigo misma, cómo está con Dios, cómo está con los demás. Por eso, San Ignacio empieza con lo que se llama «principio y fundamento». Hay quienes dicen que no es la introducción de los ejercicios espirituales el principio y fundamento, sino que es algo diferente. Eso es cuestión de opiniones….
Nosotros en el Centro Loyola, tanto de Costa Rica como de aquí de El Salvador, siempre empezamos con principio y fundamento, que supone que la persona también se dé cuenta, en ese primer momento, de cómo arrancar para mirar la acción de Dios en su vida, qué le mueve en su vida. Y algo que sí vemos en los ejercicios espirituales es la profundidad a la que uno puede llegar. Una introspección para mirar la realidad personal y la realidad que también a mí me rodea.
San Ignacio, desde su sabiduría, que brota, por supuesto, de su encuentro con Dios, no lleva en los ejercicios espirituales a un encierro intimista, sino a abrirme al mundo, a la realidad: ¿qué me dice a mí? Y cuando decimos realidad, primero hablamos de la realidad que me rodea: la realidad de mi casa, de mi trabajo, de mi comunidad donde yo estoy prestando algún servicio, en mi parroquia, en mi país y en el mundo en general. O sea, se van ampliando los márgenes de esa realidad dependiendo dónde yo me encuentro.
Pero vuelvo a insistir, no es fácil vivirlos porque la persona no está acostumbrada al silencio, sino al ruido que brota de este mundo. Y creo que el mundo ha sido siempre así. Porque el ruido es lo que primero toca a la persona. ¿Me detengo en el silencio? Qué difícil. Y hablo en términos también de personas con una experiencia a nivel de iglesia, de grupos, que les es sumamente difícil entrar en el silencio. Pero no es imposible. Cuando la persona lo logra, como me toca también acompañar ejercicios, entonces yo veo qué transformación la que se da.
Con toda esa experiencia que usted ha tenido acompañándolos, viendo lo que sucede con la gente que decide sumergirse en estos ejercicios, ¿qué cambios o qué pasa concretamente cuando la gente decide sumergirse en este silencio?
Los EE no son una experiencia intimista, no son solo para estar yo con Dios… Es decir, sí estoy con Dios en mi experiencia de oración, claro. Pero de aquí hago la alusión a cuando Jesús da misión: «vayan y prediquen el Evangelio». Cuando se encuentra con Pedro y le encomienda su rebaño, sus ovejas.
¿Por qué menciono la experiencia evangélica? Porque es la que toma San Ignacio: la experiencia que me lleva primero a un momento de introspección profunda, el silencio. Pero de ahí salgo yo con una transformación. ¿De qué? De actitudes, de conductas, de modos de pensar, de modos de sentir. Por extraño que parezca, pero es la acción de Dios. En mi manera de relacionarme, en situaciones que a lo mejor antes veía de llevar a cabo y que con la introspección y el silencio a mi favor, que yo he procurado en la experiencia de encuentro con Dios, voy viendo claro lo que Dios me dice; no lo que me dice quien me acompaña, no: lo que Dios dice a mi corazón.
El silencio procura que yo permita a Dios hablarme al corazón. Ahí se da la transformación.
¿Hay alguna credencial especial para hacer los Ejercicios Espirituales?
Los ejercicios espirituales los pueden hacer todos. Incluso alguien que se diga ateo. Yo he dado ejercicios a personas que se dicen ateos y la experiencia maravillosa, porque digo: Dios existe independientemente de que se crea o no se crea en Él. Y el ateo que va a vivir la experiencia probablemente solo cree que va a vivir el mirarse internamente desde sí mismo, desde ciertas herramientas. Ahí está la acción de Dios.
También se cree que es para religiosos, religiosas, sacerdotes. No. La experiencia de los ejercicios de San Ignacio comienza como una experiencia laical. Él era laico. Él no era religioso, él no era sacerdote cuando va estructurando toda esta experiencia suya y cuando los empieza a dar. San Ignacio, entonces, era laico; no era San Ignacio, era Íñigo.
Entonces, esta experiencia es para toda persona que se quiere encontrar consigo misma, con Dios y con los demás. Es que la acción de Dios no tiene que ver con conceptos religiosos, sino una experiencia espiritual. Esos son los ejercicios espirituales. No es una experiencia religiosa, es una experiencia espiritual.
¿De qué forma conectan con la realidad de hoy siendo una experiencia surgida varios siglos atrás?
Es como el Evangelio. El Evangelio, palabra de Dios, es palabra que se actualiza. Y la espiritualidad ignaciana, inspirada en la palabra de Dios, también es una espiritualidad que se actualiza. Entonces, quien los vivió hace 500 años y quien los vive hoy encuentra mucho, porque quien actúa en la experiencia de los ejercicios es el espíritu de Dios. No es una experiencia teórica, es una experiencia de Dios en la persona.
Entonces, es Dios quien va actuando ahí en la persona, tomando en cuenta la realidad personal, la que se mueve la persona. Y Dios actúa en ese contexto particular de cada persona. Si tres personas están viviendo los ejercicios en una realidad determinada, cada persona en su historia particular será tocada por Dios y lo que encontrará son cosas diferentes. Por eso los ejercicios siguen teniendo mucha vigencia en este momento determinado, porque es obra de Dios y es Dios quien va actuando en la vida de cada persona.
Y al contexto actual centroamericano, ¿Qué puede aportar la espiritualidad ignaciana?
Siempre he creído que los ejercicios están fuera de toda ideología al ser una experiencia de vida que Dios acompaña. Y como el mundo se ha dividido: que si es derecha, que si es izquierda, que si es centro… En la experiencia de ejercicios eso no importa: es que es Dios quien actúa. Por eso, quien vive la experiencia será tocado por Dios.
Claro, una persona será tocada en su corazón si está viviendo en una realidad determinada. Dios le tocará el corazón para que viva una experiencia en profundidad y, cuando salga, con una transformación en su vida, pueda ayudar también a la transformación de una realidad determinada. La transformación personal le lleva a una transformación de la realidad donde usted se encuentre.
¿Qué podemos aprender de la Compañía de Jesús aproximándonos a través de los ejercicios espirituales?
Yo creería que la espiritualidad ignaciana no es patrimonio de la Compañía de Jesús. Es patrimonio de la Iglesia. Porque hay laicos que dan ejercicios espirituales. Yo he hecho ejercicios espirituales con laicos y la experiencia ha sido maravillosa.
Entonces, por eso decía: no es patrimonio de la Compañía de Jesús, es un patrimonio de la Iglesia universal. Y desde la Compañía de Jesús se procura difundir y cuidar este patrimonio. Nosotros lo tenemos como la primera preferencia universal de la Compañía de Jesús: la difusión de la espiritualidad ignaciana a través del discernimiento, a través de los ejercicios espirituales ignacianos.
Pero creería también que la Compañía de Jesús lo mira no solo como propio de los jesuitas, por eso insistimos en la formación de laicos. Hace años ya tuvimos esta formación de laicos aquí en el Centro Loyola y hasta la fecha hay nueve laicos que siguen acompañando los ejercicios espirituales y algunos también los están dando. Entonces, eso es parte de donde la Compañía de Jesús está procurando, como primera preferencia espiritual, que se extiendan los ejercicios espirituales.
¿Sería un error guardarse algo como la espiritualidad ignaciana solo para uno mismo?
Sí, porque no es una experiencia para guardársela. Es una experiencia para compartir, para darla y eso es lo que busca San Ignacio en los ejercicios. Una experiencia para entregarla, para darla, para compartirla. Para que, abriendo mi corazón en la experiencia de Dios, yo lo abra también a otros para transmitir la riqueza que se ha recibido a través de esta espiritualidad ignaciana.
