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Oración

Si ingresas a la Compañía, aprenderás a encontrarte con Dios de una manera cercana y personal. Harás silencio, mirarás tu día, contemplarás el Evangelio y hablarás con Jesús como con un amigo. Poco a poco descubrirás su voz en lo que vives y sientes, pero también en la realidad que te rodea, sobre todo de quienes  más sufren. Así aprenderás a reconocer lo que Dios te propone y  responderás con libertad y pasión. Esto es ser contemplativo en la acción: encontrar a Dios en todas las cosas y dejar que ese encuentro transforme tu manera de amar, decidir y servir.

Comunidad

En la Compañía encontrarás compañeros muy distintos entre sí, unidos no necesariamente por realizar el mismo trabajo, sino por compartir una amistad en el Señor y una misión común. Mientras algunas órdenes subrayan especialmente la fraternidad cotidiana, la estabilidad en un monasterio o un horario común de oración, la comunidad jesuita se caracteriza por formar un cuerpo disponible para el envío. Podrás vivir con compañeros dedicados a tareas diferentes y, aun así, aprenderán a sostenerse, discernir y celebrar juntos. La invitación es a descubrir que no eres llamado a realizar una misión individual, sino a convertirte en compañero de otros y hacer de esa fraternidad un signo de reconciliación.

Formación

La formación jesuita te invitará a crecer en todas las dimensiones de tu vida: afectividad, espiritualidad, inteligencia, relaciones y capacidad de servir. A diferencia de congregaciones vinculadas principalmente a un apostolado específico, la Compañía ofrece una formación larga y variada porque prepara para misiones muy diversas. Los Ejercicios Espirituales, los estudios, la comunidad y el contacto con los pobres te ayudarán a conocerte, descubrir tus dones y adquirir libertad para ir más allá de tus planes iniciales. No se busca simplemente que aprendas muchas cosas, sino que llegues a ser una persona profundamente humana, enamorada de Jesús y disponible para ser enviada donde pueda servir mejor.

Misión

Ser jesuita es reconocerse pecador perdonado, llamado a ser compañero de Jesús y enviado a compartir su misión. Nadie se manda solo ni elige su destino únicamente según sus preferencias: cada jesuita recibe de sus superiores —y, en determinados casos, del Superior General— una misión discernida según sus dones y las necesidades de la Iglesia y del mundo. Lo propio del jesuita es acoger ese envío con humildad, libertad y disponibilidad, para servir junto con otros allí donde la fe, la justicia y la reconciliación más lo necesiten.