Cincuenta años después de entrar en la Compañía de Jesús, P. Victoriano «Vico» Castillo, S.J., mira su camino como quien vuelve sobre las huellas que lo trajeron hasta aquí: Centroamérica, sus dolores, sus luchas y, sobre todo, los pueblos que le enseñaron a escuchar. Su historia es la de una vocación que aprendió que acompañar no es ponerse delante, sino caminar al lado; y que, en ese camino, también se descubre el rostro de Dios.
La vocación de P. Victoriano «Vico» Castillo, S.J., comenzó en Guadalajara, su natal México, pero tomó forma aquí en Centroamérica. El encuentro con la pobreza de Honduras, las convulsiones políticas de El Salvador y los años de violencia y guerra fueron para Vico una llamada que no pudo ignorar. Durante su formación conoció el dolor de cerca y aprendió, como él mismo recuerda, a entregar «todo lo que tengo y poseo» al cuerpo de la Compañía. Sin embargo, sería entre los pueblos indígenas donde esa llamada encontraría un nuevo lenguaje: uno hecho de territorio, cultura, espiritualidad, memoria y comunidad.
En Santa María Chiquimula, entre el pueblo k’iche’, descubrió que acompañar significaba aprender antes que enseñar, escuchar antes que hablar y caminar al lado, nunca delante. Allí comprendió que Dios también podía revelarse en una lengua, una tradición, un cerro enfermo o la ternura de una abuela. Cincuenta años después, Vico sigue creyendo que la misión exige permanecer, incluso cuando ya no hay foto ni aplausos, y que servir es dejarse transformar por aquellos a quienes se acompaña. Su historia, marcada por la palabra gracia, es también una invitación a preguntarnos qué nos enamora lo suficiente como para seguir caminando.
En esta entrevista a la luz de su jubileo, P. Vico reflexiona sobre el camino: qué lo trajo, cómo llegó, qué había. Hay territorio, luchas, convulsiones. Pero, sobre todo, hay pueblos, comunidad y acompañamiento.
¿Cómo nace su vocación? ¿Hubo un momento en que sintió con claridad que Dios le llamaba? ¿Cómo fue esa experiencia?
Yo nací y crecí en Guadalajara. Ahí conocí a la Compañía por mi hermano mayor que fue jesuita. Él era compañero de varios centroamericanos: Jorge Sarsaneda, Chema Tojeira, Carlos Cabarrús, Marcelino Pérez, entre otros, en los tiempos en que los escolares centroamericanos estudiaban filosofía y teología en México. En 1972, cuando Marcelino se enteró que yo estaba con inquietud vocacional me invitó a venir a El Salvador y me llevó, con cierta trampa, a vivir al noviciado y no al seminario San José de la Montaña donde él era formador. Así que conocí de cerca la vida del noviciado donde Juan Ramón Moreno era el maestro de novicios. Ese fue el primer banderillazo. En esos mismos días me llevó a El Progreso, en Honduras, donde el ciclón Edith de 1971 había hecho desastres en la zona: El hermano Jaime O’Leary comenzaba su proyecto de vivienda para los afectados en lo que ahora es la colonia “Corocol”. La realidad de pobreza, de desastre y aislamiento de Centroamérica y especialmente de Honduras, me produjo una fuerte depresión y esa fue para mí la última estocada de mi vocación.

¿Por qué jesuita?, ¿Por qué jesuita en Centroamérica?
Porque a los únicos jesuitas en activo que conocía hasta entonces eran los del colegio y los del ITESO, la universidad jesuita en Guadalajara, y no era nada atractivo para mí el trabajo que yo veía. En Honduras me encontré con otro modo de ser jesuita, comprometidos con los pobres, viviendo en austeridad. Lo mismo había visto en El Salvador: Por un fraude electoral acababa de llegar al poder el coronel Arturo Armando Molina, los seminaristas se negaron a participar en la misa del Tedeum para la toma de posesión del presidente y el padre Amando López, que era el rector del seminario los apoyó y defendió ante los obispos. Este hecho sería una de las causas de la expulsión de los jesuitas del seminario San José de la Montaña. Así que Centro América comenzaba a convulsionar e iniciaba el surgimiento de los movimientos populares. Eso fue una motivación fuerte para mí, aquí me encontré con otro rostro de la Compañía. Al regresar a México seguí estudiando en la universidad y al terminar la carrera me dije: Ahora sí me voy a la Compañía y me voy a Centroamérica.

De su etapa de formación, ¿hay algún aprendizaje o experiencia que siga guiando su vida hasta hoy?
Toda la etapa de mi formación estuvo marcada por el ambiente de violencia y guerra en Centroamérica: desde antes de terminar mi primer año de noviciado en Panamá, con el asesinato de Rutilio Grande, Nelson Rutilio y Manuel, hasta el mismo año de mi ordenación con la masacre de nuestros hermanos de la UCA, Elba y Celina, fue un tiempo de mucho dolor por las guerras en Nicaragua, El Salvador y Guatemala; la desaparición y secuestro de nuestros hermanos, Luis Eduardo Pellecer, Carlos Pérez Alonzo, Lupe Carney y de incontables personas vinculadas a la Compañía nos tuvieron siempre en constante angustia. A raíz del asesinato de Rutilio y de la amenaza de muerte a todos los jesuitas de El Salvador y con un ultimátum para abandonar el país, el padre general Pedro Arrupe, dijo que “la Compañía de Jesús no se mueve con amenazas. Si se asesinan más jesuitas, celebraremos su funeral y seguiremos trabajando. Estamos contra la violencia, pero no tenemos miedo”.
El provincial, padre César Jerez, se reunió con todos los jesuitas del país para proponer que si alguien decidía salir se lo hicieran saber. Nadie lo pidió, pero todos le dijeron que a los escolares nos sacaran para no poner en riesgo el futuro de la provincia. Por esta situación fuimos a México a continuar nuestra formación y desde ahí tuvimos el regalo de estar siempre cercanos a la realidad que se vivía en la provincia, porque nuestra comunidad fue referencia para muchos hermanos que venían refugiados. Desde México vivimos el derrocamiento de Somoza en 1979, la masacre de la embajada de España en Guatemala, el asesinato de Monseñor Romero en 1980 y a raíz de esto nos vinculamos apoyando los comités de solidaridad con Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Eso nos hizo conocer muy de cerca las Comunidades Eclesiales de Base de México y de obispos como don Samuel Ruiz, Sergio Méndez Arceo y Arturo Lona que apoyaron con la solidaridad de sus diócesis a los refugiados. Al regreso a la provincia, el terremoto en El Salvador de 1986, iniciando nuestra etapa de teología me despojó de mis seguridades y me hizo ver más de cerca la pobreza de la gente de Jayaque a donde íbamos a acompañar pastoralmente a Jon Cortina, Nacho Martín Baró y Amando López. Ahí aprendí a dar “todo lo que tengo y poseo” a este cuerpo de la Compañía.
Con los años, ¿qué ha significado para usted “ser jesuita”?
En el contexto de mi vocación a los pueblos indígenas, ser jesuita hoy, significa dar más y servir mejor a estos pueblos que me hicieron el llamado a venir a Centroamérica. Creo que no basta con hacer lo que me toca hacer por ellos, sino en poner toda mi creatividad para buscar cómo servir mejor a la causa de estos pueblos. Se trata de, así como lo hacen los pueblos indígenas, encontrar a Dios en todas las cosas.
¿Puede contarnos más sobre su acompañamiento a la Pastoral Indígena?, ¿Cómo comenzó?, ¿Qué significa para usted acompañar a estas comunidades? ¿Conserva usted algún recuerdo especial de este acompañamiento?
Mi primer contacto con el mundo indígena en la Compañía lo tuve desde el primer año de noviciado de diciembre 1976 a febrero 1977. Vine a Guatemala a acompañar a Enrique Corral, jesuita de la comunidad de la zona 5 que trabajaba en Chimaltenango con población indígena kaqchikel. Este primer encuentro revivió mis propios orígenes de raíces nahuatl por parte de mi papá, “El Güero”. De ahí en adelante, todas mis experiencias apostólicas como escolar fueron cercanas a los pueblos indígenas: en las vacaciones de la UNAM venía de México a Guatemala a apoyar el trabajo de Luis Eduardo Pellecer (El Cuache) con los pobladores de las zonas marginales de la capital, donde la población indígena era mayoritaria en los barrancos y las limonadas. En Nicaragua, desde la UCA, también tuve una cercanía a los pueblos indígenas y lo mismo durante la teología con las comunidades de Jayaque. Pero mi destino a Santa María Chiquimula, con el pueblo k’iche’ fue para mí una bendición. Ahí encontré el verdadero rostro de Dios, del mismo Dios de Jesús, pero hecho carne, cultura y lengua con estos pueblos que tanto me enseñaron del modo como Dios nos ama.

Aprendí que acompañar a los pueblos indígenas no se trata de llegar ni como salvador ni como turista. Se trata de pararse al lado y no enfrente. Llegué sin ser antropólogo, ni sociólogo, no llevaba un proyecto ya hecho. Lo primero que hice fue ir un año a vivir con ellos, a sus casas, para aprender la lengua. Y ahí, además de aprender su idioma, aprendí cómo viven, el hambre que pasan, lo que sufren. Me di cuenta de que lo único que yo podía poner era oído, camioneta, contactos, cámara. Pero ellos iban poniendo sabiduría, territorio, fe, espiritualidad, tradición, cultura, decisión… ellos pusieron a Ajaw (Dios) en la misión que la Compañía empezaba entre ellos. Me di cuenta de que si yo hablaba más que ellos, no estaba acompañando. Estaba dirigiendo. Aprendí que debía creer lo que dicen, aunque no lo entendiera. Si un indígena dice «el cerro está enfermo», no es poesía. Para ellos es diagnóstico real: se secó el nacimiento, se fue el venado, cambió el viento. Entonces acompañar a estos pueblos hoy es defender ese «cerro enfermo» en todos los espacios. Me di cuenta de que se trataba de traducir su idioma al mundo, no de traducir el mundo a su idioma.

Y después de 18 años dejé Santa María Chiquimula para seguir acompañando a los pueblos indígenas desde otros espacios. Primero un tiempo sabático entre los moxeños, ts’imanes y yurakarés de Bolivia, luego en Ixcán, después en la URL, más tarde en ICE-CEFAS, y ahora en la formación de jóvenes líderes mayas desde Qajb’al Q’ij en Xela. Aquí ahora aprendí que tienes que quedarte aun cuando ya no hay foto, porque acompañar no es ir un día a sembrar árboles y subir a mi estado o a facebook lo que hago, es volver con ellos cuando hay amenaza de desalojo, cuando matan a un líder, cuando el idioma se pierde porque los niños solo quieren TikTok. Antes «acompañar» era darles cosas, pero ahora comprendo que «acompañar» es quitarme del medio para que ellos decidan, pero quedarme cerca para no perder mi rumbo. Si su espiritualidad se muere, una parte de la mía se muere también. Por eso los sigo acompañando: porque mi vida y la suya ya están amarradas.
¿Hay algún rostro, historia o momento vivido en esta misión que lleve especialmente en el corazón?
Hay dos rostros que me acompañaron en Santa María Chiquimula y llevo en mi corazón: el del abuelo Juan Chic, que me enseñó la sabiduría y la espiritualidad contenida en el calendario maya del que he bebido desde entonces y el de la abuela Catarina Calel, quien me acompañó con su ternura a conocer y entender que Dios también es mamá.
¿Alguna vez sintió usted dudas sobre su vocación? Si fue así, ¿cómo logró anteponerse a ellas?
Más que dudas de mi vocación, he tenido crisis fuertes que me han puesto en el filo de la navaja, pero este pueblo indígena me ha ayudado con su espiritualidad a superar lo que me impedía mirar más allá de mi ombligo, más allá de mis problemas.
¿Qué le diría hoy a un joven que siente el llamado a servir, pero no sabe si dar el paso?
Le diría que no tenga miedo a amar. Que la vocación a la Compañía, como cualquier vocación de servicio, implica enamorarse, pero no de una persona, y si se da, pues hay que renunciar. Hay que enamorarnos de algo más grande. Cuando tienes vocación de servicio te enamoras de la gente, de sus historias, de sus problemas, de sus luchas. Y aunque a veces sea difícil, te importa que estén bien. Te enamoras del problema que quieres resolver, ya sea la pobreza, el hambre, la salud, la educación, la soledad. Te duele tanto que no puedes ignorarlo. Te enamoras de la esperanza de la gente, de creer que sí se puede cambiar algo, aunque sea un poquito. Esa chispa es lo que te hace levantarte para seguir caminando, aunque estés cansado. Sin ese enamoramiento el servicio se vuelve solo trabajo. Y el trabajo te cansa. El amor no… bueno, cansa también, pero te recarga. Lo duro y lo bonito de enamorarse para servir también implica ver el dolor de cerca y no salir corriendo, no frustrarte cuando no ves resultados inmediatos, seguir ahí, aunque nadie te aplauda y aunque no salgas en la foto. Eso es lo que significa el mágis ignaciano.
¿Qué cree que el mundo de hoy necesita de los jesuitas y de quienes comparten su misión?
“Que los pobres sean sus asesores”, decía San Ignacio. Que nuestra fe promueva la justicia del Reino para que las estructuras de la convivencia humana se impregnen y sean expresión más plena de la justicia y de la caridad.
Si tuviera que resumir su vida en Compañía, en una palabra, ¿cuál sería y por qué?
Gracia.

