En la historia de Santiago Apóstol, pescador que dejó sus redes para seguir a Jesús, resuena también la vocación de toda comunidad cristiana, llamada a dejarse transformar, caminar en comunión y salir al encuentro de los demás: la Parroquia Santiago Apóstol en Yoro, Honduras. En este texto para conmemorar a su santo patrón, P. Carlos Herrera Cano, S.J., propone redescubrir el legado de Santiago como una inspiración viva para renovar la misión de la parroquia y de cada uno de sus fieles.
Cada 25 de julio la Iglesia celebra con alegría la fiesta de Santiago Apóstol, uno de los doce discípulos elegidos por Jesús y el primero de ellos en entregar su vida por el Evangelio. Para nuestra comunidad parroquial, esta no es solo una fecha del calendario litúrgico ni una tradición que se repite año tras año. Es una oportunidad para mirar nuevamente la vida de nuestro santo patrono y preguntarnos qué tiene que decirnos hoy, como parroquia, como comunidades y como discípulos misioneros de Jesucristo.
Cuando Jesús pasó por la orilla del lago de Galilea y llamó a Santiago y a su hermano Juan, ellos dejaron inmediatamente las redes, la barca y hasta a su padre para seguirlo (cf. Mt 4,18-22). Ese gesto nos revela una verdad profunda: toda comunidad cristiana nace de una llamada. Antes de ser un grupo organizado, una parroquia es una comunidad de personas que han escuchado la voz del Señor y han decidido caminar con Él.
También nosotros hemos sido llamados. Algunos sirven en la liturgia; otros anuncian la Palabra en la catequesis; otros visitan enfermos, acompañan a los más necesitados, forman a los jóvenes, trabajan silenciosamente en la administración o colaboran en los distintos ministerios. Cada servicio, por sencillo que parezca, responde a una misma llamada: seguir a Cristo y hacer presente su Reino.
Sin embargo, la vida de Santiago nos enseña que seguir al Señor no significa ser perfectos desde el primer día. Los Evangelios muestran a un hombre apasionado, generoso y lleno de entusiasmo, pero también impulsivo. Junto con su hermano Juan llegó incluso a pedir los primeros puestos en el Reino y, en otra ocasión, quiso hacer bajar fuego del cielo sobre quienes no recibieron a Jesús. Su corazón necesitaba ser transformado.
¡Qué parecido es este camino al de nuestras comunidades! También nosotros tenemos nuestras limitaciones, diferencias de opinión, cansancios y momentos de incomprensión. A veces corremos el riesgo de buscar protagonismos, de defender intereses personales o de olvidar que el centro de la vida parroquial no somos nosotros, sino Cristo.
La buena noticia es que Jesús nunca dejó de confiar en Santiago. No lo rechazó por sus errores; lo fue formando con paciencia. Lo llevó al monte de la Transfiguración, donde contempló la gloria del Señor. Lo invitó a permanecer cerca en Getsemaní, donde aprendió que el camino del discípulo pasa por la entrega y la cruz. Poco a poco, aquel hombre impulsivo fue convirtiéndose en un verdadero apóstol.
Eso mismo sucede en una parroquia viva. No somos una comunidad de personas perfectas, sino una escuela de discípulos donde el Señor continúa moldeando nuestros corazones. Cada Eucaristía, cada encuentro de formación, cada momento de oración y cada servicio realizado con amor son oportunidades para dejarnos transformar por Cristo.
La tradición nos dice que Santiago llevó el Evangelio hasta tierras lejanas y que finalmente entregó su vida por Jesús, convirtiéndose en el primer apóstol mártir. Su existencia nos recuerda que la Iglesia nunca puede quedarse encerrada en sí misma. La misión forma parte de su identidad.
Esta llamada es especialmente importante para nuestras parroquias en el tiempo que vivimos. No basta con esperar que las personas lleguen al templo. Estamos llamados a salir, a visitar, a escuchar, a acompañar, a acercarnos a quienes se han alejado de la fe, a los jóvenes que buscan sentido para su vida, a las familias que atraviesan dificultades y a quienes viven en soledad o desesperanza.
Una parroquia inspirada en Santiago Apóstol es una parroquia en salida. Es una comunidad que no pierde tiempo preguntándose quién es el más importante, sino que se pregunta constantemente: «¿A quién podemos servir? ¿Quién necesita escuchar hoy una palabra de esperanza? ¿Cómo podemos llevar a Cristo a nuestro barrio, a nuestras colonias y a nuestras familias?»
Pero la misión no depende únicamente del párroco o de algunos grupos apostólicos. Es responsabilidad de todos los bautizados. Cada hogar puede convertirse en un pequeño espacio donde se anuncie el Evangelio con la oración, el testimonio, la reconciliación y la caridad. Cada comunidad, por pequeña que sea, puede ser un lugar donde las personas descubran el amor de Dios.
Celebrar a Santiago también significa fortalecer nuestra comunión. Una parroquia crece cuando sus grupos no compiten entre sí, sino que colaboran; cuando los distintos ministerios trabajan unidos; cuando las diferencias se convierten en riqueza y no en motivo de división. Santiago caminó junto a los demás apóstoles. Comprendió que la misión nunca es una tarea individual, sino una obra que Dios realiza a través de una comunidad unida.
En este año, pidamos al Señor que renueve en todos nosotros el entusiasmo de los primeros discípulos. Que nunca perdamos la alegría de servir, que sepamos abrir nuestras puertas a quienes buscan a Dios y que nuestra parroquia sea siempre un hogar donde cada persona pueda encontrarse con Jesucristo.
Que Santiago Apóstol interceda por nosotros para que tengamos un corazón disponible como el suyo, dispuesto a dejar las redes de nuestras comodidades, a seguir al Maestro con fidelidad y a anunciar el Evangelio con valentía. Que, al igual que él, aprendamos a caminar siempre detrás de Cristo, sabiendo que solo quien lo sigue con generosidad puede convertirse en un auténtico testigo de su amor.
Porque una parroquia que lleva el nombre de Santiago no está llamada simplemente a conservar una hermosa tradición; está llamada a continuar la misión del Apóstol: caminar con Jesús, vivir en comunión y anunciar el Evangelio hasta los confines del mundo.
