Hay personas que enseñan a leer y escribir. Y hay otras que, además, dejan huellas imborrables en la vida de quienes acompañan. Durante casi tres décadas, Carmen Gómez de Herrera, Seño Carmencita, ha hecho de las aulas en el Externado de San José, El Salvador, un espacio de encuentro, aprendizaje y esperanza. Esta es la historia de una vocación que nació bajo la sombra de un guayabo y que sigue inspirando, día tras día, a nuevas generaciones.
Mucho antes de convertirse en docente, Carmen Gómez de Herrera ya se dedicaba a la enseñanza. Pocos la conocen por su nombre completo. Aquí, en el Externado de San José, ella es Carmencita. «Seño Carmencita».
Estudió la extinta Licenciatura en Letras de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, la UCA. Recuerda de estos días la posibilidad de asistir como oyente a las cátedras de las licenciaturas en Teología y Filosofía. En una de estas, conoció a Ignacio Martín-Baró, el jesuita mártir.
Coincidió con otros carismas, pero el jesuita, dice, la impregnó desde el primer acercamiento. De aquí que, antes de recibir el título, Carmencita ya enseñaba: acompañaba a los jesuitas en misiones de alfabetización en Suchitoto, un pueblo salvadoreño particularmente afectado por el conflicto armado. Eran los 80 y Carmencita, con libro y lápiz en mano, improvisaba salones de clase bajo la sombra de un guayabo. Los pupitres, dice, eran botes vacíos de leche en polvo.
Aquellas jornadas tenían una urgencia que iba más allá del aprendizaje: Había personas que no sabían leer los documentos que firmaban. Personas que estampaban una huella digital sin conocer el contenido de los papeles que les ponían enfrente. Personas vulnerables a abusos e injusticias. Carmencita y sus compañeros intentaban cambiar un poco esa realidad. «No ponga la huella hasta saber qué dice el documento», les enseñaban.
¿Y cómo llegó al Externado de San José? Lo hizo, dice, por invitación de P. Luis Toro, S.J. Carmencita, ya titulada, laboraba en un colegio de las Hermanas Oblatas, otro carisma que aprecia. P. Lucho llegaba a oficiar misas. Y entre bromas, le preguntaba cuándo se animaba a irse con los jesuitas.
La oportunidad llegó ese mismo año, 1998 : Necesitaban una docente para impartir clases de Estudios Sociales. La contratación de Carmencita sería temporal mientras encontraban a otra persona. Pero lo provisional terminó convirtiéndose en una historia de casi tres décadas.
De estos días recuerda particularmente su amistad con P. Javier Ibáñez, S.J., quien la recibió en la Primaria del colegio. Le apoyó con el acompañamiento de los niños que se preparaban para la primea comunión: «Es que vos tenés algo con los niños», cuenta que le decía. Así recibía los años: en la catequesis, enseñando a leer, viendo crecer a generaciones.
Llegó el 2020. Lo describe como uno de los años más difíciles. Perdió colegas, amigos. Y las aulas cerraron. Tenía solo las pantallas.
Si los días bajo los guayabos en Suchitoto florecieron su vocación, la emergencia sanitaria hizo algo parecido décadas después. Hubo docentes que no sabían cómo encender una computadora o cómo utilizar las herramientas necesarias para continuar enseñando. Entonces Carmencita volvió a hacer lo que había hecho toda la vida: se sentó junto a quienes necesitaban ayuda. Aún en la virtualidad, Carmencita puso siempre al centro aquella promesa que se hizo descubriendo su vocación años atrás: «que nadie se quede sin aprender».
Para Carmencita, acompañar significa precisamente eso: estar, escuchar, caminar junto a otra persona. Por eso no sorprende que, además de los niños y niñas, sean adultos los que gritan su nombre en los pasillos: exalumnos, exalumnas, que alguna vez, siendo niños como los que ahora habitan estas aulas, aprendieron a leer con Seño Carmencita.
Después de 28 años en el Externado de San José, Carmencita reconoce que el colegio se convirtió en una segunda casa. Un lugar donde vio pasar promociones enteras, donde acompañó proyectos, dificultades y sueños. Un lugar donde aprendió que la formación nunca termina. Tiene una familia y un proyecto de vida fuera del colegio, pero remarca: «Yo me casé con el aula, con el aprendizaje».

Por eso, cuando se le pregunta qué conservaría si tuviera que quedarse con una sola cosa de todo este camino, no menciona edificios, fotografías ni recuerdos materiales. Piensa unos segundos y responde, sonriente como siempre, que se lleva los Ejercicios Espirituales y el examen cotidiano. Porque ahí, explica, siempre encuentra algo nuevo. Una invitación a agradecer, a mirar la vida con más profundidad y a descubrir la presencia de Dios en lo cotidiano.
*Esta historia es parte del especial #LaCompañíaQueSomos, una serie de publicaciones para conocer más a fondo la vida y misión de laicas y laicos comprometidos con la misión de la Compañía de Jesús en Centroamérica.
