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En el marco de la conmemoración de los 50 años de constitución de nuestra Provincia, P. Erick Hernández, S.J., reflexiona sobre la misión de la Compañía de Jesús a la luz de la espiritualidad y el compromiso con la justicia, las esperanzas y los desafíos en nuestro tiempo. Una invitación a discernir dónde está Jesús y a qué nos llama hoy en ocasión de nuestro aniversario.

Somos compañeros de Jesús que compartimos la vida, las esperanzas y la llamada del Señor a construir el Reino del Padre en esta Centro América tan querida. 

Muchos jesuitas y laicos nos hemos sentido llamados a colaborar juntos en estos pueblos marcados por una fe profunda, por una historia sufrida y por una esperanza que no se apaga. El mismo Espíritu que impulsó a san Ignacio de Loyola, nos abre espacios de discernimiento para buscar y hallar la voluntad del Padre en medio de la vida cotidiana. Allí donde la Compañía de Jesús, con sus centros de espiritualidad y obras apostólicas, ha acompañado procesos humanos y espirituales, se ha afirmado una verdad fundamental: la persona es una unidad,y su dimensión espiritual da sentido a su identidad, a su historia y a su compromiso de servicio a los demás.

Hacer presente el Reino de Dios, como lo anunció Jesús, implica siempre una opción por la vida. No hay Reino sin justicia, no hay seguimiento de Cristo sin dignidad para cada persona. Y en esta tierra Centroamericana, herida por la pobreza, la desigualdad, la violencia, la corrupción y la indiferencia ante el sufrimiento del pobre, el mayor obstáculo para ese Reino sigue siendo la injusticia estructural que genera muerte. 

Ante esta realidad, la pregunta no es teórica, es profundamente espiritual: “¿Dónde estás, Jesús, y a qué nos llamas hoy?”. Nuestro compañero Rutilio Grande respondió a esa pregunta organizando a los campesinos, promoviendo la solidaridad y defendiendo la dignidad de los pobres. Lo llamaron “comunista”, como a tantos otros, porque cuando el Evangelio se toma en serio, incomoda a los poderes que oprimen. 

Los jesuitas y tantas comunidades cristianas de esta región han aprendido a vivir la misión con una alegría que no es ingenua ni superficial. Es la alegría del Evangelio que nace en medio de la cruz, de la “esperanza contra toda esperanza”, de la certeza de que el Señor resucitado camina con su pueblo. Esa alegría es fruto de la reconciliación con Dios, con uno mismo y con la naturaleza, y se expresa en la oración, en la solidaridad y en la lucha pacífica por la vida y dignidad de nuestros hermanos.

A lo largo de estos 50 años, nuestro seguimiento de Jesús está marcado por la pobreza evangélica, la libertad interior y el discernimiento. Somos  testigos de que la eficacia del Reino no viene del poder ni de la imposición, sino de la Gracia. Es el amor, sostenido por la Palabra de Dios, el que permite afrontar la crítica, la incomprensión y la persecución; porque todo seguimiento auténtico de Cristo pasa por la cruz, pero es una cruz que no conduce a la muerte, sino a la vida, una vida atravesada por Jesús resucitado.

Nuestra misión en Centroamérica ha sabido leer los signos de los tiempos desde la fe que se encarna en la realidad como Jesús, nuestro hermano: en centros de espiritualidad, universidades, colegios, medios de comunicación e investigación, en comunidades rurales, en barrios marginados, con migrantes, refugiados y víctimas de la violencia. Allí se ha buscado iluminar la realidad con el Evangelio y el Magisterio de la Iglesia, proponiendo caminos de paz, de diálogo y de desarrollo humano integral. Como nos recuerda la Congregación General 32, la justicia no es un añadido, sino un factor integrador de toda vida y ministerio cristiano. Como confirmación de esa entrega, brilla entre nosotros el testimonio los mártires de la UCA y las dos colaboradoras. 

Como sector apostólico de Espiritualidad, tenemos presente que los cambios modernos, las crisis globales y las nuevas expresiones religiosas, con tendencia a lo individual, nos exigen buscar nuevas formas de anunciar el Reino de Dios y promover el compromiso por una sociedad más humana. Las nuevas generaciones nos piden formular una nueva narrativa de la experiencia de Dios. Ante los cambios que se suceden tan rápidamente y la necesidad de responder a nuevas coyunturas sociales y personales, tenemos que cambiar modelos y estrategias que sirvieron efectivamente en otros tiempos, por ello, necesitamos trabajar en red, optimizar recursos, cambiar paradigmas, preguntar y escuchar las necesidades de las personas a quienes deseamos servir. Aunque nos encontramos desarrollando diversas misiones, es importante sentirnos parte de una misma misión, miembros de un cuerpo apostólico; en este sentido, la Espiritualidad debe ser un eje transversal que motive el dinamismo de nuestro trabajo. 

Con memoria agradecida, miramos nuestro presente, san Ignacio nos enseñó que a Dios se le halla tanto en la acción como en la oración, y que la fidelidad al discernimiento es el corazón de la vida espiritual y nuestro compromiso como jesuitas. Somos agentes de la gratuidad de Dios que recibimos y compartimos. Sabemos que ser cristiano, ser jesuita, no es ser héroe, sino que es amar. Amar la vida, amar a los pobres, amar con misericordia. Y ese amor, cuando es verdadero, humaniza, consuela y contagia esperanza. Que el Señor resucitado sigua mostrándonos su voluntad, nos fortalezca como cuerpo y acompañe siempre nuestra misión.

Erick Hernández SJ

Delegado de Espiritualidad CAM