Skip to main content

Este año, P. Jorge Sarsaneda, S.J., celebra 60 años de Compañía de Jesús. Para él, el sentido de este tiempo estuvo en la comunidad, la montaña y el pueblo indígena. Hoy, el jesuita panameño repasa, sin matices y desde la honestidad, una historia marcada por la búsqueda de servir con libertad y por una misión que, con el paso de los años, le reveló dónde estaba Jesús esperándolo. Esta es la memoria de una vocación que sigue encontrando sentido en el servicio y la cercanía a los más necesitados.

Este 2026, P. Jorge Sarsaneda, S.J., celebra 60 años de vida en la Compañía de Jesús. Jesuita panameño, ingresó al noviciado en 1966, con apenas 20 años de edad, impulsado por un profundo deseo de servir a los demás. A lo largo de estas seis décadas, ha desarrollado una amplia trayectoria apostólica en Centroamérica, desempeñándose como párroco, acompañando procesos de formación de novicios, colaborando en Fe y Alegría y participando en diversas pastorales sociales.

Sin embargo, entre las múltiples experiencias que han marcado su camino, hay una que ocupa un lugar especial. Durante años de convivencia y acompañamiento a pueblos originarios en Panamá y Guatemala, descubrió una manera nueva de comprender la fe, la Iglesia y la misión. Esa experiencia, afirma, fue la que le “puso patas” a su vocación inicial de servir. En esta entrevista, comparte recuerdos, aprendizajes y reflexiones surgidas de una vida entregada al Evangelio junto a comunidades que transformaron profundamente su mirada y su forma de seguir a Jesús.

¿En algún momento sintió que Dios le llamó a la Compañía? ¿Por qué ser jesuita?

¿Llamarme a la Compañía? No. Estudié con agustinos recoletos. Casi no escuché hablar de jesuitas. Yo quería servir a la gente, con libertad. Comencé estudiando medicina en la universidad nacional; estuve dos años y luego pensé que quizás como cura podría servir mejor, con más libertad. Luego empecé a averiguar qué “clases” de curas había (no existía internet entonces, de modo que tuve que leer por ahí). Ya tenía 20 años, iba para tercer año de universidad, tenía novia, trabajaba, me activaba en política, casi no dependía de nadie (aunque vivía en casa de mi familia). Le di “vueltas al asunto” y vi un escrito que decía que los jesuitas podían ser astrónomos, profesores, payasos, misioneros, casi cualquier cosa. Pensé que ahí podría resultar. Me “examinaron” y, ante mi extrañeza, me aceptaron.


¿Y qué vino luego? ¿Cómo recuerda sus primeros años en la Compañía?

Ahí me enteré de que los jesuitas eran “los del Colegio Javier”. Había conocido algunos jesuitas (Jerez, Antolínez y otros), pero no sabía que se llamaban así. Me recibieron bien, aunque el noviciado fue tenebroso, como un túnel: una vida rara, encerrada, bien organizada, con costumbres religiosas especiales que yo asumí que me podían preparar para más adelante, aunque no me gustaran mucho. Si me hubiera puesto a pensar más, me hubiera largado, pero ya había decidido este camino y seguí. En el noviciado conocí una forma especial de vivir dentro de la iglesia católica que no sabía si me iba a servir.

 De su etapa de formación, ¿hay algún aprendizaje o experiencia que siga guiando su vida hasta hoy?

En el juniorado aprendí que no siempre los superiores tienen la razón y menos, los que se imponen sin dar razones. En la filosofía aprendí que, si el superior es tu amigo y te escucha, puedes caminar en libertad y aprender a servir. Tuve la gracia y la suerte de tener el mismo buen superior en filosofía y en teología y eso me ayudó mucho. Todavía hoy se interesa por mí y sigue siendo amigo.

Otra cosa que me ayudó mucho es que -siendo estudiante- no hay que vivir dependiendo del dinero que nos dan o de los que nos “mantienen”, sino que hay que aprender a construir -en comunidad- la comunidad, incluso la física: en filosofía y en teología, literalmente construimos la comunidad: camas, sillas, mesas, trabajamos para mantenernos en parte, fue una buena experiencia; y no éramos malos estudiantes.

En todo este tiempo que ha pasado, ¿qué ha significado para usted “ser jesuita”?

Hay algo que muchas veces se impone en la Compañía y en todas las órdenes y congregaciones religiosas: el “modo particular de proceder” que, al final, resulta el modo al que se han acostumbrado a actuar los mayores de ese grupo y lo imponen a los que ingresan. Esto no está bien porque se niega el “espíritu” del tiempo y se impone un modo de ser ya antiguo, que se supone bueno. Se confunde el vivir evangélico con las costumbres del grupo religioso concreto. Esto trae problemas que he comprobado: la Compañía que yo he conocido se le hace “cuesta arriba” a los indígenas (u originarios). El indígena tiene una experiencia particular de vida que, dentro de la Compañía (insisto, la que yo conozco) choca, suena rara, es extraña. Eso lleva a que se sientan rechazados muchos de los indígenas que ingresan. Centroamérica es “buen” ejemplo de esto.

¿Puede contarnos un poco sobre su trayectoria en Centroamérica?, ¿Cuáles fueron algunos destinos que lleva particularmente en su memoria? 

En cuanto a trabajo después de la ordenación sacerdotal, he tenido pocos destinos: Panamá y Guatemala solamente. En Panamá he estado en zonas indígenas durante mucho tiempo y lo mismo en Guatemala, eso es lo que llevo particularmente en mi memoria. Vivir en la montaña, en una comunidad indígena, me cambió la perspectiva de iglesia, de fe, de práctica eclesial, de vivencia en la Compañía, de ser humano. Vivir en un pueblo indígena, profundamente religioso como el k’iche’, me ayudó a vivir más mi fe en Jesús, a valorar lo que sí importa del Evangelio, a relativizar la Compañía, a valorar las luchas de los pueblos indígenas. Los últimos quince años de mi vida siempre ha estado presente el trabajo con y entre indígenas, de modo que es una continuidad de lo que he intentado hacer desde que me ordenaron sacerdote.


Este acompañamiento le “puso patas” a mi vocación inicial de “servir”, así en general. Entre indígenas caí en cuenta que ahí estaba Jesús y me llamaba a acompañarlo, servirlo, quererlo, y no dudé.
Si la Compañía no me destinaba a trabajar entre ellos, yo decidía dejar la Compañía. Eso lo pensé en 1973 y lo sigo pensando.

¿Hay algún encuentro, comunidad o experiencia —en parroquias o con pueblos originarios— que haya marcado particularmente este tiempo en Compañía?

Me han marcado muchas cosas. La que más: vivir entre indígenas. Me ha cambiado mi forma de pensar, sentir, amar, actuar. También me han marcado varios compañeros que me han apoyado, me han iluminado, me ha fortalecido a través de este camino. El haber estado preso en El Salvador y pensar que iba a morir, me marcó, porque fue una preparación para vivir la misión entre indígenas como agradecimiento por la vida.

¿Alguna vez sintió dudas sobre su vocación?

Sí, varias veces he dudado, casi siempre coincidiendo con la obediencia o con posiciones de la jerarquía eclesiástica. Lo que me ayudó y me sigue ayudando es que mi fe es en Jesús, no en el Papa, ni en los obispos, ni en los superiores. Mientras la Compañía sea un instrumento que me permita servir a los más necesitados, yo seguiré aquí. Ya sé que solo no puedo hacer mucho, por eso la Compañía puede ser un buen instrumento. Esos dos puntos me han ayudado a seguir: mi fe en Jesús y los compañeros que han apoyado mis locuras.

Mirando su vida, ¿qué le ha confirmado que valió la pena decir “sí”?

Si yo hubiera hecho caso a los superiores, creo que no sería jesuita ahora. Yo insistí en trabajar entre indígenas y un superior lúcido aceptó y algunos compañeros apoyaron. Como trabajar entre indígenas es un apostolado a largo plazo y “oscuro”, muchas veces ni se enteran de dónde anda uno o qué hace, hasta se olvidan de qué estamos haciendo.

¿Volvería usted a elegir la vocación jesuita si tuviera la oportunidad?


No sé. Me parece una pregunta retórica porque no voy a tener otra oportunidad… Pero se me ocurren algunas sugerencias:

Primero, agradecería que en el noviciado me explicaran bien a dónde me metía. Yo he tenido que reorientar mi vida dentro de la Compañía, de modo que mi vocación ha cambiado mucho desde 1966 hasta ahora y, por tanto, lo que se llama “vocación jesuita”, a lo mejor lo he hecho bien, no sé…

Segundo, ir a lo fundamental: damos demasiadas vueltas, por ejemplo, se les insiste a los estudiantes que tengan licenciatura en filosofía cuando muchas veces eso no ayuda ni sirve para el apostolado; que desarrollen sus verdaderas capacidades.

Tercero, hubiera agradecido también que me explicaran el alcance de la vocación del Hermano jesuita. Yo hubiera sido -creo- un buen Hermano. Ser sacerdote te da un estatus que hace daño, es lo que tanto criticó el compañero Francisco: la clericalización, que la Compañía no está exenta de ese cáncer.

Cuarto, debemos ser coherentes siempre, pero también con lo que decimos. Hablamos de “Preferencias Apostólicas Universales” y muchas veces no las cumplimos. Eso: ser coherentes.

¿Qué le diría hoy a un joven que siente el llamado a servir, pero no sabe si dar el paso?

Que no lo piense mucho más, que con Jesús vale la pena arriesgarse. Que en la Iglesia hay muchas cosas innecesarias que se plantean como importantísimas y no lo son, que no les haga caso, que concrete su vocación de servir y siga adelante, que no siga el ejemplo de muchos curas y laicos que no siguen realmente a Jesús.

¿Qué cree que el mundo de hoy necesita de los jesuitas y de quienes comparten su misión?

Que aprendamos a ser humildes, escuchar mucho y servir. No se necesita más. Si hiciéramos esto, creo que podríamos hacer mucho bien. En una mano deberíamos tener Mateo 25 y, en la otra, aquello de san Ignacio de buscar servir donde más se necesita. Eso reorientaría todas las obras que llevamos, nos llevaría a otros lugares, nos pondría de veras “en las fronteras”, nos tocaría sufrir más.