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Este 19 de julio, el Teatro La Fragua, en Honduras, conmemora 47 años de fundación. Luis García, director del Teatro, comparte en este texto una memoria que recoge la historia de fundación del Teatro; una reconstrucción del sueño de Jack Warner, S.,J., su fundador y las esperanzas en estos 47 años de servicio: convencidos de que, mientras haya una comunidad dispuesta a sentarse bajo un árbol para convertirlo en escenario, el Teatro vivirá.

«No sabemos si San Ignacio conocía de teatro; lo que sí sabemos es que entendió el poder de la escena interior, donde el ser humano se confronta, siembra y decide.»

Quizá por eso el teatro encuentra una resonancia natural en la espiritualidad ignaciana, porque ambos sitúan a la persona frente al desafío de mirarse por dentro antes de intentar transformar lo que ocurre afuera. Antes de cambiar su mundo, el ser humano necesita detenerse, confrontarse con su propia realidad, discernir y decidir el camino que quiere seguir. En el escenario sucede algo semejante: un personaje enfrenta sus conflictos, toma decisiones y asume las consecuencias de sus actos. Y el espectador, mientras observa esa historia, también se mira a sí mismo.

Esa fue la intuición que inspiró al padre Jack Warner, SJ, cuando fundó Teatro La Fragua en 1979. Su sueño nunca consistió únicamente en crear una compañía teatral o construir una sala de espectáculos. Para él, el teatro era cultura en todo el sentido de la palabra (porque era proceso, no producto) y era también, aunque rara vez lo dijera con esa palabra, un acto de resistencia frente a la indiferencia, al conformismo y a la tentación de reducir el arte a un espectáculo.

Quienes trabajamos a su lado aprendimos eso de sus gestos más que de sus discursos. Del padre Jack aprendimos que el arte, acompañado de la disciplina, es un ejercicio de extrapolarse: de salir de uno mismo hacia algo más grande. Y que, precisamente por eso, debe tratarse con respeto y con dignidad. Había momentos en que esa convicción se revelaba con toda claridad: cuando alguna institución del Estado o algún político se acercaba con ofrecimientos de apoyo. El comentario que me compartía era: «Si quieren apoyar, bien. Pero las tarimas son para las campañas políticas. El escenario no; y menos el nuestro.» No hablaba de un pedazo de madera. Hablaba del lugar simbólico donde el público y el artista se encuentran, de esa mística que ninguna conveniencia debería tocar.

Aquel sueño nació en Olanchito y encontró su hogar definitivo en El Progreso un año después. Cuarenta y siete años más tarde sigue vivo en cada función, en cada taller, en cada comunidad visitada.

Hay aniversarios que se celebran con cifras y otros que solo pueden comprenderse a través de las historias que han hecho posibles. Los nuestros pertenecen a los segundos. Todavía hoy ( y esto es quizá lo que más nos conmueve después de casi cinco décadas) llegamos a comunidades donde nunca había entrado el teatro. Comunidades que no solo carecen de cercanía con el arte, sino también de espacios que les permitan expresar, comprender y analizar su propia realidad. Una y otra vez nos encontramos con espectadores que se acercan al final de la función, emocionados, para decirnos que no esperaban lo que acababa de sucederles: que una obra los atravesara de esa manera, que hablara de sus vidas sin conocerlas. Ese asombro, repetido en escuelas, canchas y salones a lo largo de Honduras, es la verdadera contabilidad de estos cuarenta y siete años.

Nuestra misión continúa siendo la misma que inspiró al padre Jack: despertar la creatividad del pueblo a través del teatro para encontrar soluciones a los problemas actuales. Esa frase sigue orientando cada proyecto que emprendemos y nos recuerda que el teatro solo tiene sentido cuando dialoga con la realidad de las personas.

Cumplir cuarenta y siete años también significa nombrar con honestidad el desafío presente. Sostener un espacio como Teatro La Fragua es un reto financiero, sí; pero, sobre todo, es el reto de sostenerlo sin hipotecar su integridad institucional, su identidad y su mística. La lección del padre Jack sobre las tarimas y el escenario no era una anécdota pintoresca: era una advertencia. Durante décadas contamos con el respaldo de personas y organizaciones que creyeron en este proyecto; hoy debemos construir nuevas formas de sostenibilidad (fortaleciendo nuestras alianzas con centros educativos, instituciones culturales, organizaciones sociales y comunidades, diversificando nuestras actividades y encontrando nuevas maneras de acercarnos al público) sin que ninguna de ellas nos cueste aquello que nos hace ser lo que somos, en tiempos en que todo parece negociable.

Nada de esto sería posible sin el equipo humano que sostiene diariamente esta casa: actores, actrices, personal administrativo, amigos y otros cercanos voluntarios que, con frecuencia lejos de los reflectores, hacen posible que el telón vuelva a levantarse una y otra vez.

Pero tampoco habría sido posible sin la confianza que la Compañía de Jesús ha depositado en el equipo. Durante cuarenta y siete años, los jesuitas han acompañado a Teatro La Fragua convencidos de que el arte también educa, evangeliza, forma ciudadanía y dignifica a las personas. Esa confianza permitió que la visión del padre Jack Warner echara raíces y se convirtiera en una obra que hoy pertenece a miles de hondureños. A todos los jesuitas que han acompañado este camino, nuestra gratitud profunda.

Nuestro agradecimiento se extiende también a las instituciones, centros educativos, organizaciones, benefactores, amigos y, sobre todo, a los miles de espectadores que, función tras función, han dado sentido a nuestro trabajo. Ellos son la razón por la que el escenario sigue teniendo vida.

Mirar hacia el futuro también implica encontrar nuevas formas de cuidar la memoria. Por eso nace radio.teatrolafragua.org, una emisora en línea que es, antes que un nuevo proyecto, una prolongación del espíritu del padre Jack Warner.

Quienes tuvimos el privilegio de conocerlo sabemos que la música ocupaba un lugar esencial en su vida. Era un fiel seguidor de aquellas grandes obras que han resistido el paso del tiempo porque hablan a lo mejor del ser humano. Para él, escuchar música era también una forma de educar la sensibilidad.

La radio permanecerá al aire los 365 días del año, las 24 horas del día, para quienes deseen escapar, aunque sea por un momento, del ruido mediático, de la velocidad y de la superficialidad que tantas veces dominan nuestro tiempo. Queremos ofrecer un espacio donde la música vuelva a escucharse con calma, donde la memoria siga dialogando con el presente y donde el legado del padre Jack continúe acompañando a nuevas generaciones.

Con el tiempo aspiramos a que este espacio incorpore archivos históricos, entrevistas, producciones sonoras y conversaciones sobre teatro y cultura, para seguir preservando la memoria de La Fragua mientras continuamos construyendo su futuro.

Los próximos años nos plantean otros retos: fortalecer la formación artística de niñas, niños y jóvenes; ampliar nuestro trabajo con las comunidades rurales y campesinas; preservar nuestro patrimonio histórico; modernizar la infraestructura y consolidar un modelo de sostenibilidad que garantice que esta obra continúe sirviendo a Honduras durante muchas décadas más.

Pero, por encima de cualquier proyecto institucional, queremos seguir siendo un espacio donde las personas puedan imaginar un país distinto. Quizá ese sea el legado más profundo que nos dejó el padre Jack Warner: enseñarnos que el teatro no cambia el mundo por sí solo, pero sí puede transformar a las personas que, después, salen a transformarlo.

Después de cuarenta y siete años seguimos creyendo en esa posibilidad. Mientras haya una comunidad dispuesta a reunirse debajo de un árbol para convertirlo en un escenario, mientras un niño descubra por primera vez la fuerza de una historia, mientras un joven encuentre en el teatro una forma de expresar su voz, mientras una melodía siga emocionando a alguien al otro lado de una radio, el sueño que comenzó en 1979 continuará vivo.

Porque Teatro La Fragua nunca ha sido solamente un edificio ni una compañía teatral. Es una escuela de humanidad. Un espacio donde las personas se confrontan consigo mismas, siembran nuevas preguntas y, con suerte, toman decisiones que transforman su manera de vivir.

Las tarimas se desmontan cuando termina la campaña. El escenario permanece. Y mientras existan personas dispuestas a entrar en él (o simplemente a sentarse frente a él con el corazón abierto), habrá siempre la posibilidad de fundirnos en algo nuevo.

“Tierra, aire, fuego, agua. Ustedes y nosotros, somos teatro la fragua”.

Luis Fernando García
Director de obra
Teatro La Fragua