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La música ha acompañado a P. Cristóbal Fones, SJ, desde la infancia. Pero, más que un talento o un pasatiempo, para él es una forma de encontrarse con Dios, con los demás y consigo mismo. En esta conversación comparte cómo descubrió su vocación, por qué nunca ha visto una separación entre su misión y sus dones, y qué puede decirles hoy a los jóvenes que buscan darle sentido a su vida. Habla de autenticidad, libertad, discernimiento y esperanza, recordando que la pregunta más importante no es qué camino elegir, sino dónde podemos amar más al modo de Jesús.

Conocido por su servicio a la Iglesia a través de la música, P. Cristóbal Fones, SJ, ha dedicado su vida a acompañar procesos de fe en distintos lugares del mundo. Hoy forma parte de la Curia General de la Compañía de Jesús en Roma, donde continúa desarrollando una misión internacional al servicio de la Iglesia universal al frente de la Red Mundial de Oración del Papa. Recientemente, visitó Centroamérica para el Encuentro Continental de la Red Mundial de Oración del Papa que se desarrolló en Guatemala y para una jornada de Oración Cantada en El Salvador.

En esta entrevista reflexiona sobre la vocación, la misión, el arte y los desafíos que enfrentan los jóvenes en una cultura marcada por la prisa, la incertidumbre y la búsqueda de sentido. Con la serenidad que lo caracteriza, el jesuita chileno invita a mirar la vocación no como una renuncia, sino como una respuesta de amor. Habla de autenticidad, libertad, discernimiento y esperanza, recordando que la pregunta más importante no es qué camino elegir, sino dónde podemos amar más al modo de Jesús.

¿Quién es Cristóbal Fones para alguien que nunca ha oído hablar de él?

Cristóbal es, ante todo, un hijo de Dios, como los millones que habitamos este planeta. Alguien que se sabe profundamente querido y llamado por Él y que ha ido descubriendo su identidad a partir de las relaciones que han marcado su vida.

Soy hijo de Donald y Paula, hermano de cinco personas maravillosas que me han regalado dieciséis sobrinos. Soy chileno, con todo lo que eso significa: con una cultura hermosa, con valores y también con límites. Soy miembro de la Iglesia de Jesús, una Iglesia amplia, diversa y viva. Y soy jesuita, un hombre muy feliz que ha aprendido a vivir de la mano de una espiritualidad muy liberadora.

También me defino un poco como misionero. Alguien que ha descubierto que se hace más humano cuando sale de sí mismo para encontrarse con los demás. He tenido la gracia de trabajar con jóvenes, con personas mayores, con comunidades indígenas, con personas en situación de pobreza y, hoy, de servir en una misión de alcance mundial que me pone en contacto con culturas, desafíos y una enorme riqueza humana.

¿Cómo descubrió que Dios lo llamaba a la vida religiosa?

Creo que la vida entera es una respuesta a una llamada. Primero, al llamado mismo de vivir; después, al de vivir al modo de Jesús. Ese deseo comenzó a crecer cuando me preparaba para la Primera Comunión. Quería parecerme a Él, tener sus sentimientos y su manera de mirar el mundo. Pero la llamada a la vida religiosa se fue aclarando años más tarde, mientras estudiaba Sociología en la universidad.

Fue una etapa muy intensa. Mi papá enfermó y falleció pocos meses después. Al mismo tiempo, un gran aluvión golpeó Santiago y me involucré de lleno en el acompañamiento a personas que habían perdido prácticamente todo. Esas experiencias despertaron nuevamente en mí el deseo de dedicar mi vida a los demás. En ese momento todavía no pensaba en el sacerdocio. Discerniendo un poco, conversándolo con mi acompañante espiritual, me di cuenta de que lo que me hacía vivir, vibrar, a pesar de tener una vida bonita con amigos, con una persona que amaba, se condensaba en lo que hacía los sábados por la tarde. Un día me pregunté: «¿y qué tal si hago que toda mi vida sea lo que hago el sábado en la tarde?«

Ahí empecé a formular que esto podía ser una señal interior, desde los deseos. No fue que se me apareció un ángel, o que escuché una voz, no… Fue como percibir que había un más que me empujaba hacia los otros, y que la Compañía de Jesús me parecía un lugar natural donde yo podía desplegar eso.

Como había estudiado en un colegio jesuita y participaba en comunidades de espiritualidad ignaciana, la Compañía apareció de forma muy natural. No fue el resultado de comparar congregaciones ni de admirar especialmente a algún jesuita en particular. Simplemente sentía que ese era el lugar donde podía responder a lo que Dios estaba sembrando en mi corazón.

Recuerdo que, durante el proceso de ingreso, alguien me preguntó qué haría si la Compañía no me aceptaba. Respondí con toda sinceridad, genuinamente. que me daría mucha pena, pero también que confiaba en que, si los jesuitas buscaban hacer la voluntad de Dios, reconocerían esa llamada. Nunca he dudado de que Dios me llamó a ser jesuita. Sí he dudado muchas veces de si soy capaz de responder como Él espera. Pero esa es otra historia.

Lo importante es que nunca viví la vocación como un proyecto personal para convertirme en «alguien». La viví, y la sigo viviendo, como una respuesta, una forma de entregarme a mi entorno.

¿Cómo dialoga la música con su vocación como jesuita? ¿Se enriquecen mutuamente?

No siento que tenga una vocación a la música. Soy músico, soy una persona a la que le gusta cantar. Pero porque en mi familia todos cantamos, mis papás se conocieron cantando, yo aprendí a tocar guitarra mirando a mi hermana. Es decir, para mí la música es simplemente parte de lo que yo soy, no es no es algo añadido. Y cuando yo entro a la compañía, entro con todo todo lo que soy.

Entonces, es muy natural para mí ser jesuita haciendo lo que me brota naturalmente vivir y hacer. Lo he dicho en otros momentos, que, para mí, es como un modo de amar la música. Yo me conecto con las personas, con el Señor, conmigo mismo, con la naturaleza cantando, no es la única manera ni exclusiva o excluyente, pero es una manera que me es muy natural desde chiquitito. Yo quiero ser jesuita como yo soy y eso incluye el canto.

Como soy misionero, la música forma parte de mi misión. Por eso nunca la he visto como un hobby. Para mí, cantar tiene que ver con ser auténtico, por lo que no puedo dejarlo para un ámbito más personal. Yo jamás agarro la guitarra cuando estoy solo, porque cuando estoy con personas, en compañía, y veo que las canciones pueden ser de ayuda, ahí es donde me siento enteramente puesto.

En ese sentido, siempre me he sentido muy acompañado por la Compañía de Jesús. Desde el noviciado, mis superiores me animaron a grabar, a componer y a compartir este don. Nunca me hicieron sentir que debía esconder esa dimensión de mi vida. Incluso ahora, desde mi servicio en la Curia General, el Padre General me dijo algo que llevo muy presente: «No dejes de cantar, porque eso le hace bien a la Iglesia.»

¿Por qué decidió poner ese talento al servicio de Dios y de los demás, en lugar de vivirlo únicamente como algo personal?

Porque nunca he entendido mi vida en compartimentos. No existe una parte donde soy jesuita y otra donde soy simplemente yo. Cuando estoy rezando, sigo siendo misionero. Cuando descanso, también sigo viviendo mi vocación. Incluso cuando necesito detenerme, eso forma parte de la misión.

Para un jesuita, la misión no es un trabajo; es una manera de habitar el mundo. Por eso tampoco separo el servicio a Dios del servicio a las personas. Ponerse completamente al servicio de Dios es ponerse completamente al servicio de los demás. Y entregarse de verdad a los demás es también una manera de amar a Dios.

Todo forma parte de un mismo acto de consagración. Después hablamos de pobreza, obediencia, castidad o de las distintas responsabilidades que cada uno recibe, pero todo eso viene después. Lo primero es esta decisión profunda de vivir ya no para uno mismo, sino para descubrirse ofreciendo la vida.

Cuando empezamos a dividirnos en pequeñas parcelas —mi trabajo, mi vida espiritual, mis talentos, mis gustos personales— también corremos el riesgo de dividirnos por dentro. Por supuesto, hay aspectos de mi misión que disfruto mucho y otros que me cuestan. Hay tareas para las que tengo menos facilidad, momentos en los que me impaciento o en los que siento mis propios límites. Pero todo eso también forma parte del camino.

Nunca le he dicho al Señor: «Esta parte de mí sí te la entrego y esta otra prefiero guardármela.» Más bien he descubierto que tanto Dios como la Compañía me han ayudado a ser cada vez más yo mismo. Y eso también significa aceptar mi vulnerabilidad, mis errores y todo aquello que todavía necesito seguir aprendiendo. Porque la autenticidad no consiste en hacerlo todo bien, sino en dejar que Dios siga trabajando en uno.

Vivimos tiempos marcados por la incertidumbre, la prisa y el ruido constante. Desde su experiencia, ¿qué puede aportar el arte —y, en particular, la música— para ayudarnos a reconectar con nosotros mismos?

Sí, ciertamente. Yo creo que el arte, en general, y la música, en particular, son casi un sacramental de una vida profunda, de esa vida plena que quería Jesús cuando decía que había venido para que tuviéramos vida en abundancia.

Uno puede sobrevivir. Puede pasar la vida cumpliendo metas: terminar los estudios, conseguir el trabajo que quería, viajar a los lugares que soñaba, casarse, tener hijos… y morirse. Pero cuando uno realmente se pregunta cómo vivir con un propósito, con un horizonte, con una visión, el arte ayuda muchísimo. El arte nos mantiene en el ámbito de lo simbólico. Y aunque los lenguajes científico y material son muy útiles para nuestra vida, no responden a las grandes preguntas por el sentido.

Uno puede conocer perfectamente cómo vuela una abeja, cómo funcionan sus alas y todo lo que eso implica. Pero expresar la belleza de verla ir de flor en flor buscando el polen y haciendo que este mundo se mantenga en equilibrio ya no basta con el lenguaje científico. Eso supone la capacidad de asombro. El arte nos mantiene en ese mundo del símbolo.

Y la música, en particular, tiene algo muy propio, especialmente en este contexto de rapidez en el que vivimos, marcado por los algoritmos y la inmediatez. La música solo transcurre en el tiempo. No es algo instantáneo. Para permanecer en una obra musical hay que esperar. Hay que sostenerse escuchando o cantando hasta que la obra se complete. Si uno hace zapping de una canción a otra, en realidad no está escuchando música.

La música comienza, se desarrolla y culmina.Y eso tiene mucho que ver con los ciclos de la vida, con los verdaderos amores, que siempre tienen un proceso. Jesús decía: «Permanezcan en mi amor». La música no te enseña directamente a permanecer en el amor, pero sí puede ayudarte a cultivar una capacidad que hoy nuestro modo de vivir amenaza constantemente.

Hay otra cosa muy hermosa. La música está compuesta de sonido y de silencio. Si fuera solo sonido, sería ruido. Ese diálogo entre decir y callar, entre dar y recibir, también nos enseña algo sobre la vida. Nos recuerda que somos criaturas, no todopoderosos; que hay un Dios que nos habita y nos conduce con suavidad hacia la libertad.

Eso supone decirle cosas a Dios, pero también ser capaces de callar para escuchar lo que Él nos dice a través de los otros y de nuestra propia realidad. La música termina siendo, de algún modo, un ensayo de un camino más humano.

Fotografía final del encuentro de la RMOP en Guatemala. Cortesía: RMOP

Y me imagino que también ocurre con la pintura, el teatro y tantas otras artes. Todas ellas nos ayudan a entrar en ese mundo simbólico donde caben la apertura, la vulnerabilidad y el sabernos en camino. Porque en una cultura de tanta distracción podemos terminar creyendo que el ser humano vale solamente cuando tiene certezas absolutas y nunca se equivoca. Ese es un viejo error.

La paradoja es que uno llega a ser más plenamente humano cuando aprende a soltar, cuando permanece abierto, cuando se deja amar, cuando acepta ser cuestionado y reconoce que todavía tiene mucho que aprender. Hay muchas cosas que no son tan perfectas como las muestra Instagram.

Un cuerpo no es bello porque esté cubierto de filtros, sino porque tiene pecas, arrugas, marcas… Eso también es belleza. La fe, al contrario de encerrarnos, nos permite entrar en el mundo de una manera mucho más honda. Y, si las artes pueden ayudarnos a recorrer ese camino, bendito sea Dios.

¿Qué le diría a un joven que tiene un talento y teme perderlo si decide consagrar su vida a Dios?

Sí, no sé si es lo que quieren escuchar, pero tengo algo para decirles…

Lo primero es que el talento eres tú. No es que tú tengas talentos; tú eres un don de Dios, así como eres. Antes de que hagas Ejercicios Espirituales o llegues a ser la persona que te imaginas que vas a ser, lo que tú eres hoy es el gran talento de Dios para la humanidad, el gran regalo que Dios ha hecho para que este mundo sea un mejor mundo.

Lo primero es creer en eso: en el valor de cada ser humano, y en particular de este joven o esta joven que me está escuchando ahora. Porque esto no lo escuchan muy a menudo. Hoy pareciera que tú vales si tienes cierto físico, si lograste ciertas metas, si tienes tantos followers, si fuiste a Cancún o si te sacaste la selfie en tal monumento de moda. El Señor jamás te está pidiendo eso. El Señor lo que ve es tu corazón, que ya ama apasionadamente.

Entonces, si estás pensando que la vida consagrada o la vida sacerdotal pueden ser un camino en el cual tú despliegues quién eres, atiende esa pregunta, porque eso no lo siente todo el mundo. Si ya tienes la pregunta, atiéndela. Dedícale un espacio para meditarla, para rezarla y para confrontarla con otras personas, de modo que puedas descubrir si es una pregunta auténtica y no un rollo que te estás pasando.

Lo segundo que le diría a un joven o a una joven que tiene preguntas vocacionales es que se cuestione si esas preguntas lo llevan a amar más o a amar menos. A mí se me han acercado personas que me dicen: «Padre, yo no me veo mucho en una relación de amor, entonces a lo mejor eso significa que Dios me llama al sacerdocio». Wrong number.

Si tú no te sientes llamado al amor, no estás llamado a la vida religiosa, porque este es un camino de amor. Es un amor distinto, un amor célibe; no es el amor erótico y exclusivo de una pareja, ni el amor de papá o mamá que engendra físicamente. Vas a tener otros amores, pero ciertamente es un llamado al amor. Si alguien cree que en la vida religiosa puede salvarse de ese llamado al amor, está muy equivocado. Entender la posibilidad de consagrarse o de iniciar un camino hacia el sacerdocio es entender que también es un camino para amar, y amar al modo de Jesús lo más posible.

Lo tercero que le diría a un joven es que salga de su propio egocentrismo. Tiene que ser muy crítico, porque la cultura actual lo está bombardeando permanentemente con un mensaje: «Tú eres el centro del universo». Y ese mensaje es erróneo.

Porque tú importas, eres el futuro de la humanidad, sí. Pero como la publicidad y el mundo neoliberal en que vivimos quieren que consumas sus productos, te harán sentir que eres el más importante, que lo único que importa es tu autorrealización, porque tú eres el que consume. En el fondo, te están tratando de una manera muy mentirosa. Tú no eres más importante que tu hermano chico. No eres más importante que tu abuelo o tu abuela. No eres más importante que tu papá. Puedes haber tenido más oportunidades de educación, pero eso no te hace más digno que tu papá, que con esfuerzo logró que entraras a la universidad.

Cuando un joven empieza a creer que es superior a los demás, fallamos como sociedad y, ciertamente, como Iglesia. Y eso va a entorpecer su discernimiento vocacional. Porque la vocación a la que nos llama el Señor no consiste en convertirnos en superhéroes al estilo de Marvel. No se trata de que tú vas a cambiar el mundo porque te haces jesuita o entras en una congregación religiosa. Todos estamos cambiando el mundo. Un papá o una mamá cambian el mundo cuando enseñan a su hijo que vale por lo que es y no por lo que tiene. Todos estamos en ese camino.

La vida consagrada es un camino hermosísimo, precioso, pero no es mejor que los demás. Son todos complementarios. Nosotros estamos aquí para recordarle al mundo, de alguna manera, el absoluto de Dios, porque todos necesitamos abrazar ese absoluto de Dios. Son distintos aportes.

La pregunta vocacional, al final del día, es: ¿en qué camino intuyo que puedo desplegarme mejor para amar más, al modo de Jesús? Y si esa pregunta te lleva a golpear la puerta de alguna congregación religiosa, fantástico. Pero no creas que esa congregación religiosa va a cumplir todas tus expectativas, que va a ser perfecta o que no va a tener fisuras, como tampoco las tendrá tu pareja o tu vida de familia.

Ese mundo ideal… A veces la pregunta vocacional no es tanto cómo me imagino dentro de diez años. Es más bien mirar hacia atrás y reconocer dónde el Señor me estaba haciendo latir fuerte el corazón. Y, si logro unir esos puntitos, voy a decir: «Ah, por aquí parece que me ha estado hablando». Entonces vas a poder abrazar esa vocación con más tranquilidad, con más alegría y con menos temor.

Porque, como bien decías al hacer esta pregunta, toda auténtica vocación implica renuncia. Claro que sí. Ser papá implica renuncia; ser esposo implica renuncia; ser profesor implica renuncia; ser cura implica renuncia, obviamente. Pero uno no abraza la vocación por lo que deja, sino por lo que se juega en ella.

Si yo me levanto todos los días diciendo: «Ay, Señor, qué terrible que no puedo tener a una persona a mi lado para la intimidad que quisiera, pero lo haré por ti», no sé… yo resisto una semana con ese discurso. No puedo vivir desde ahí. Más bien: «Señor, enséñame a mirar a los ojos a los otros; que lo que hoy hable, que lo que hoy diga, tenga sentido y contribuya a tu Reino». Para eso hay muchos caminos posibles.

Ahora, un último consejo. Los discernimientos tienen un inicio y un final. El discernimiento no consiste en estar permanentemente en cuestión; apunta a una elección. Entonces, cuando alguien me dice: «Llevo diez años discerniendo si el Señor me llama a ser jesuita», mi primera respuesta es: «No estás discerniendo. Te estás puro enrollando. Ya decidiste que no tienes voluntad de hacerlo». Si alguien siente una llamada, dedique un período de un año, máximo dos, para resolver esa pregunta. Y después tome una decisión.

También es muy propio de la cultura actual mantenerte sin tomar decisiones para que otros decidan por ti. Sean críticos en eso. Los invito a ser muy recios: hombres y mujeres capaces de tomar decisiones y de hacerse cargo de las consecuencias de esas decisiones.

Algunos preguntan: «¿Y qué pasa si esa no era la elección que me iba a hacer feliz?» Es que no hay ninguna elección que, por sí misma, te haga feliz. La felicidad es un camino permanente. Es una elección de todos los días. Es el modo como uno vive aquello que ha optado honestamente, creyendo que es lo que el Señor lo invitaba a vivir.

Entonces, juéguensela. Porque incluso hay personas que entran a una congregación religiosa y viven toda la formación en estado de discernimiento. Oye, no… Entra para vivir y morir como jesuita; si no, ni siquiera postules a la Compañía de Jesús. Si en el camino descubres otra cosa, está bien, atiéndela. Aparece otra pregunta, le pones nombre y la trabajas. Pero no vivas en una permanente apertura de indecisión, porque eso no ayuda a vivir la vocación. Hay que jugársela en aquello en lo que uno está.

Entonces, quisiera animarlos a comprender que el discernimiento no es solamente ponderar opciones. Como nos dice san Ignacio, discernir es sentir internamente las cosas; pensar y reconocer las emociones que se producen en el alma para abrazar las que vienen de Dios y rechazar las que vienen del demonio. Porque el discernimiento supone una elección.

Si yo estoy permanentemente preguntándome si esto es de Dios o no es de Dios, pero nunca termino de elegir, entonces ya no puedo llamar a eso discernimiento. Por eso quisiera invitarlos —aunque sé que es muy contracultural— a tomar decisiones. Eso les va a dar mucha libertad. Porque no es más libre quien tiene muchas opciones abiertas.La única persona libre es la que toma decisiones.

A veces la gente dice: «Hay tanta inmadurez… Cuando tenga treinta y cinco años recién voy a tomar mis decisiones». Pero al decir eso ya estás tomando una decisión, y es una decisión muy irresponsable. Hoy tienes que ser la mejor persona posible. Hoy tienes que elegir el bien. Hoy tienes que preguntarte por la voluntad de Dios.

Hoy, si tienes once años; hoy, si tienes quince; hoy, si tienes treinta; hoy, si tienes cincuenta; y también hoy, si tienes ochenta. Por eso los invito a profundizar en qué entendemos cuando hablamos de discernimiento. No es un cuestionamiento permanente. Si surgen ciertas preguntas en mi corazón, las atiendo, las trabajo y elijo aquello que considero que más me conduce al fin para el cual he sido creado.