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La vocación no es un premio ni una exaltación personal, sino un don que Dios hace a la Iglesia y al mundo para responder, en libertad, a las necesidades más urgentes de la historia.

Las realidades concretas son mediaciones de esa llamada, porque toda realidad humana puede ser lugar de encuentro con Dios, que “puso su tienda entre nosotros” para ofrecernos una vida nueva.

Como todo cristiano, el jesuita es llamado a sembrar el Reino en la sociedad, en comunidad y desde el carisma ignaciano. En Centroamérica, esta llamada se vive en un contexto marcado por heridas históricas y por una realidad actual atravesada por democracias debilitadas, polarización, autoritarismos, profundas desigualdades y deterioro ambiental, fruto de modelos excluyentes que concentran la riqueza, generan violencia y debilitan la fuerza transformadora del Evangelio.

En este contexto, el joven llamado a ser jesuita es enviado a ser testigo de la verdad y de la esperanza, en cercanía con los pobres, ofreciendo la espiritualidad ignaciana como camino para buscar formas nuevas de vida digna.

Cuando la vida se vuelve testimonio: los mártires

Desde los orígenes de la Iglesia, la memoria de los mártires ha sido fuente de fe y compromiso. Mártir significa testigo: quien da la vida por la verdad y por amor a los hermanos, iluminando la historia y sosteniendo la esperanza cristiana.

La Compañía de Jesús ha compartido este don a lo largo de su historia. En una Centroamérica herida por la guerra y hoy por la injusticia, comunidades cristianas reconocen como mártires a quienes fueron asesinados por defender la verdad y la justicia, entre ellos varios jesuitas fieles a los pobres desde el carisma ignaciano.

Sus vidas siguen iluminando nuestra misión. Los mártires son el don más valioso recibido del Señor y el manantial desde el cual sigue brotando la llamada a vivir la vocación en la Compañía de Jesús.