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En ocasión de la fiesta de San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, P. Ismael Moreno, S.J., nos propone la siguiente reflexión en torno a su vida como un verdadero reformador de la Iglesia que, desde su servicio y hasta el día de hoy, nos invita a abrirnos a las realidades humanas y necesidades de los más pobres.

 

Los jesuitas y la Compañía de Jesús nacieron para la Iglesia y la humanidad en 1540 bajo la inspiración de San Ignacio de Loyola, nativo del País Vasco en España, un hombre profundamente religioso y visionario, que supo unir la fe con la historia, la oración con la acción, la gratuidad con la eficacia.

San Ignacio de Loyola puede perfectamente entenderse como un verdadero reformador de la Iglesia, desde dentro de ella. Un servicio que significó un aporte para que la Iglesia se abriera a las realidades humanas y necesidades de los pobres, y a la necesidad de una formación honda en la espiritualidad, la ética y las ciencias filosóficas, humanas y teológicas, con el fin de responder a los grandes desafíos que demandaban los convulsos cambios que operaba la sociedad de aquella época.

Desde los Ejercicios Espirituales, Ignacio de Loyola impulsó una espiritualidad en la Iglesia para discernir los signos de los tiempos y así cuestionar a una institucionalidad eclesiástica que se esforzaba en cerrar sus puertas como respuesta defensiva ante los aires transformadores y cuestionadores del la reforma protestante y de una sociedad europea que se abría a las ciencias, a la explicación de la vida, la naturaleza y la sociedad, ya no solo a partir de lo divino y religioso, sino a partir de la razón. Ignacio de Loyola fue un impulsador del diálogo de la fe con las ciencias, de la fe con la razón, rompiendo así el paradigma eclesiástico de empecinarse en reducir toda explicación de la historia y de los acontecimientos desde una concepción providencialista.

Para la Compañía de Jesús nada de lo humano queda fuera de la misión. No es extraño entonces encontrar jesuitas en parroquias y en universidades, en zonas de alta conflictividad social y política como en universidades, colegios, centros astrológicos y de investigaciones científicas.

Siguiendo la consigna apostólica de Ignacio de Loyola de buscar la Mayor Gloria de Dios y bien de las Almas, los jesuitas, muy pronto, extendieron su misión en la Europa del siglo XVI, especialmente a través del apostolado educativo, y en seguida extendieron su misión a los confines del Japón y de la India por medio de San Francisco Javier, entrañable amigo de Ignacio de Loyola y miembro del grupo fundador de la Compañía de Jesús.

En América Latina fue especialmente destacada universalmente, la experiencia de las Reducciones del Paraguay, una propuesta de evangelización y sociedad alternativa, aunque también polémica, a la propuesta española basada en la esclavitud y la explotación de los aborígenes. La población guaraní desarrolló en muy pocos años sus capacidades productivas, educativas, organizativas y espirituales como muy pocos pueblos lo habrían de lograr en la historia latinoamericana. Una misión igualmente inspiradora fue la de los misioneros jesuitas entre los pueblos originarios de Canadá, así como entre los pueblos de Japón, la India y China, entre otros, una misión que ha dejado como frutos la cristianización y evangelización y el martirio de centenares de jesuitas a lo largo del mundo. Una historia martirial que se ha extendido hasta nuestra historia reciente en África, América Latina, y especialmente en la Centroamérica de los conflictos armados de las últimas décadas del siglo veinte.

Hoy en día la Compañía de Jesús a nivel de todo el mundo define la búsqueda de la mayor Gloria de Dios y bien de las almas como un servicio a la fe y la promoción de la justicia promoviendo la inculturación y la reconciliación en un mundo roto y en conflicto. Aquí en Centroamérica, la Compañía de Jesús concreta esa misión de Fe y Justicia como el escuchar y buscar respuestas a los clamores de las poblaciones marginadas urbanas y rurales en sociedades amenazadas por la alta vulnerabilidad ambiental y social, y atrapadas en dinamismos políticos autoritarios liderados por caudillos, autócratas y crimen organizado. Un jesuita se define a sí mismo como hombre pecador, y sin embargo llamado por el Señor a  consagrarse en una misión eclesial desde las encrucijadas de la historia, la ideología, la política y la cultura, y desde ellas dar testimonio de fe en el Señor Jesucristo.

Un jesuita ha de estar por igual en la disposición de vivir y compartir la vida y angustias de la gente más empobrecida y con esa misma disposición llegar a los centros de decisión mundiales a defender la causa de esa población. Pero si a un jesuita le tocara elegir, sin duda deberá preferir compartir la suerte por entero de la gente que sufre las consecuencias de las injusticias, es decir, situarse siempre desde la periferia como opción de vida. Un jesuita, si de su parte estuviera, debía preferir estar en un campo de refugiados o de migrantes aunque con la obligación de investigar las raíces de la injusticia y a la vez defender la causa de esas poblaciones desde centros sociales o universidades.

Una sola es la misión, una sola es la Compañía de Jesús expresada en diversos apostolados y obras apostólicas. El talante propio de una obra de la Compañía de Jesús, y de cada jesuita, es su apertura, diálogo y complemento a la diversidad de apostolados, a la Iglesia y a la sociedad desde su misión de la fe y la Justicia, la inculturación y la búsqueda de la reconciliación, vivida desde el itinerario espiritual pedagógico que ofrecen los Ejercicios Espirituales, herencia de San Ignacio a la Iglesia. Este servicio apostólico, la Compañía de Jesús, y cada uno de los jesuitas,  lo vive desde las cuatro preferencias apostólicas universales que orientan y dan color a toda la misión: una, desde la espiritualidad basada en los Ejercicios Espirituales; dos, la cercanía a los sectores excluidos y oprimidos; tres, desde las juventudes;  y cuatro, desde el cuidado de la Casa Común.