P. José Domingo Cuesta, S.J., Provincial de la Compañía de Jesús en Centroamérica, nos invita a reflexionar este 31 de julio en la figura de nuestro fundador, San Ignacio de Loyola, las batallas de su tiempo, la capacidad de soñar y encontrar a Dios en todo, el amor desde los hechos y el camino con los últimos del mundo en nuestro mundo actual.
Ignacio seguía al Espíritu, no se adelantaba.
De ese modo era conducido con suavidad a donde no sabía.
Poco a poco, se le abría el camino, y lo iba recorriendo.
Sabiamente ignorante, puesto sencillamente su corazón en Cristo. (Jerónimo Nadal, S.J.).
El legado de Ignacio de Loyola sigue interpelándonos hoy en día. Nació y vivió en el siglo XVI, una época de profundos cambios, descubrimientos e invenciones. Vino al mundo en 1491, en la casa de Loyola, situada en la provincia vasca de Guipúzcoa, España. Fue bautizado como Iñigo, aunque comenzó a llamarse Ignacio a los 30 años. Era el menor de trece hermanos y perdió a su madre cuando apenas tenía seis años. A los 26, resultó herido en combate, lo que le dejó cojo de por vida. A raíz de esta experiencia, cayó enfermo y emprendió una peregrinación, impulsado por la búsqueda de la voluntad de Dios. Se le reconoce como un místico dotado de una férrea voluntad. Por ello, Miguel de Unamuno afirmó: “Sólo el que ensaya lo absurdo es capaz de conquistar lo imposible”.
Fue un hombre discreto y reservado, cuya máxima era “tener a Dios por refugio”. Así, descubrió aquello que decía San Agustín: “Dios es más íntimo que nuestra propia intimidad”. Falleció a los 65 años. Su ser estuvo orientado a una vida de búsqueda en un contexto de profundos cambios de época. El motor de esa búsqueda fue el magis: hacer siempre lo mejor, preguntarse cómo servir, cómo amar más, cómo salir de sí mismo. El magis está profundamente ligado a la capacidad de soñar en grande.
Ignacio comprendió que Dios actúa a través de los acontecimientos, de ahí su idea de “buscar y hallar a Dios en todas las cosas”. Jamás concibió su crecimiento espiritual como algo exclusivo, sino como un tesoro que debía compartir. Esta claridad en sus objetivos y su firmeza para alcanzarlos constituyen, sin duda, un rasgo distintivo de su temperamento y una de las mociones que la Compañía heredó de su Fundador. Decía: “Hay que hacer las cosas como si todo dependiera de nosotros y nada de Dios. Pero hay que confiar en Dios como si todo dependiera de Él y nada de nosotros”.
El mundo actual presenta ciertas semejanzas con el de Ignacio: profundos cambios tecnológicos, globalización, violencia, migraciones, conflictos armados, pobreza, deterioro ecológico… Por eso, su vida sigue siendo un faro que ilumina la realidad. Tras su conversión, tuvo un encuentro profundo con Dios, el cual fue afinándose con una mirada realista y cercana a las problemáticas de su tiempo. A pesar de la corrupción dentro de la sociedad, él creyó en su renovación y dedicó su vida a servir a los más vulnerables.
Un rasgo destacable de su vida fue su sentido de realidad. Muy pronto comprendió que debía prepararse intelectualmente para compartir su experiencia espiritual. Estudió en Alcalá, Salamanca y París. A través de los Ejercicios Espirituales y la predicación, se dedicó a acercar a las personas a Dios. Así, el misterio de Dios se revela como algo presente y accesible. Como expresó el teólogo jesuita Karl Rahner: “El cristiano del futuro será un místico – es decir, alguien que ha experimentado algo – o no será cristiano”, ya que la fe cristiana debe estar arraigada en una experiencia profunda de Dios que nos impulse a cambiar la realidad.
En Ignacio también encontramos un deseo profundo de unidad, expresado en la “Contemplación para alcanzar amor”, meditación que cierra los Ejercicios. Se trata de una invitación a ver el mundo, la sociedad y los acontecimientos como espacios donde Dios actúa, liberando y solidarizándose con los más vulnerables. En pleno siglo XVI, Ignacio vivió entre los pobres y marginados: residía en hospitales y hospederías humildes, ayudaba a las prostitutas en Roma, catequizaba a niños y caminó por España y Europa sin provisiones, confiando únicamente en Dios.
En él, está viva la compasión por los pobres: entregó sus ropas lujosas a un mendigo y lloró al saber que ese hombre había sido calumniado. Por ello, pedía a los jesuitas que todos tuvieran la experiencia de enseñar a niños humildes. Ante las desigualdades del mundo actual, Ignacio estaría, sin duda, del lado de los últimos. Así lo expresa la Compañía en una de sus Preferencias Apostólicas Universales: caminar junto a los pobres, los descartados, los vulnerados en su dignidad, en una misión de reconciliación y justicia (PAU 2). Se trata de ayudar a las personas, acompañado de Jesús, pobre y humilde.
Por encima de todo, Ignacio fue un gran enamorado de Jesús. En Él encontró a Dios. Su locura por Cristo lo llevó a Jerusalén, con el deseo profundo de seguirle de forma literal. En Jesús crucificado y resucitado encontró el sentido de su vida, que se resume en la fe, la esperanza y el amor. Como afirma el P. Pedro Arrupe: “De lo que te enamoras te cambia la vida”. Ignacio nos invita a descubrir a Dios en nuestros hermanos y hermanas, y a discernir los signos de los tiempos para actuar según las necesidades de cada momento. Como señala el actual Superior General, P. Arturo Sosa:
“Guiados por el discernimiento de las Preferencias Apostólicas Universales, hemos aceptado el reto de escuchar el grito de los pobres, los excluidos, aquellos cuya dignidad ha sido violentada. Hemos aceptado caminar con ellos y promover juntos la transformación de las estructuras injustas que se han hecho evidentes en esta crisis mundial. Y permítanme ser claro: esta crisis no es sólo sanitaria y económica, sino, sobre todo, social y política. (…) Sólo el amor de Jesús trae la curación definitiva. Sólo podemos ser testigos de ese amor si estamos estrechamente unidos a Él, entre nosotros y con los descartados del mundo” (31 julio 2020).
Desde el momento en que Ignacio tuvo el primer encuentro con el Señor, no cesó nunca de buscarle. Desde Loyola hasta su estancia definitiva en Roma, recorrió continuamente el itinerario de un explorador de los signos de Dios en la realidad concreta donde vivía. No hay duda de que tenemos que aprender el arte de buscar y encontrar a Dios en lo pequeño, en lo cotidiano, en la vida de tantos niños, jóvenes, hombres y mujeres que viven al margen de la historia. Y comprender que el amor verdadero está en los hechos, no en las palabras. Con espíritu ignaciano, busquemos a Dios en todas las cosas, y que ese encuentro nos impulse a amar y servir en todo.
