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Los jesuitas pertenecemos a una orden religiosa de la Iglesia católica cuyo nombre oficial es Compañía de Jesús. Nació en el año 1540, en pleno siglo XVI, un tiempo de grandes cambios, crisis y búsquedas dentro de la Iglesia y del mundo. Desde entonces, los jesuitas hemos estado presentes en muchos países, trabajando en campos como la educación, la pastoral, la investigación, el diálogo cultural y el servicio a los más vulnerables.

Para entender quiénes son los jesuitas y por qué viven como lo hacen, es necesario conocer la historia de Ignacio de Loyola, la persona de la que brota su modo de creer, discernir y servir.

Ignacio de Loyola: un hombre que aprende a escuchar

Ignacio de Loyola nació en el País Vasco, al norte de España, a finales del siglo XV. En su juventud no pensaba en la vida religiosa. Era un hombre ambicioso, valiente y con gusto por la aventura, el honor y el reconocimiento. Soñaba con triunfos militares y una vida de prestigio, como muchos jóvenes de su tiempo.

Todo cambió en 1521, durante una batalla en la ciudad de Pamplona. Una bala de cañón le destrozó una pierna y lo obligó a una larga convalecencia. Aquel tiempo de quietud forzada fue decisivo. Sin muchas opciones de lectura, Ignacio se encontró con la vida de Jesús y con historias de hombres y mujeres que habían entregado su vida a Dios. Poco a poco empezó a descubrir que algunos deseos le dejaban vacío, mientras que otros le daban una paz profunda y duradera.

Este descubrimiento no fue inmediato ni sencillo. Ignacio pasó por dudas, búsquedas y errores. Al principio creyó que para encontrar a Dios debía huir del mundo, dedicándose a penitencias extremas y a la soledad. Con el tiempo, aprendió algo decisivo: Dios no lo llamaba a escapar de la realidad, sino a encontrarlo en medio de la vida, en la historia concreta y en el servicio a los demás.

Nunca solo: compañeros y misión

Ignacio comprendió también que el camino no se recorre en solitario. Durante años se preparó para servir mejor: estudió, aprendió a discernir y fue encontrando compañeros con quienes compartir la búsqueda. Con ellos desarrolló los Ejercicios Espirituales, una experiencia de oración y reflexión que ayuda a las personas a escuchar a Dios, a conocerse mejor y a tomar decisiones con libertad.

Este grupo de “amigos en el Señor” decidió ponerse al servicio de la Iglesia y del Papa, disponibles para ser enviados allí donde la necesidad fuera mayor. Así nació la Compañía de Jesús, no como un proyecto personal de Ignacio, sino como una misión compartida. Desde el inicio, los jesuitas fueron enviados a los lugares donde la fe y la dignidad humana estaban más amenazadas: la renovación de la Iglesia en tiempos de la Reforma, las nuevas tierras de América y Asia, y el diálogo entre fe, ciencia y cultura.

Desde entonces, los jesuitas han buscado servir donde más se necesita, guiados por expresiones muy propias de Ignacio como “a la mayor gloria de Dios”, “el bien más universal” y “buscar y hallar a Dios en todas las cosas”. No como héroes aislados, sino como compañeros enviados a colaborar con otros en la construcción de un mundo más justo y reconciliado.

Para comprender mejor esta forma de vivir la fe y la misión, es necesario acercarse al corazón de la espiritualidad ignaciana: los Ejercicios Espirituales, fuente y camino de la Compañía de Jesús.