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En este texto, P. Carlos López, S.J., docente del departamento de Teología de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA), en El Salvador nos invita a reflexionar sobre la memoria viva de los mártires de la UCA y cómo su entrega, marcada por la verdad, la justicia y la esperanza, sigue iluminando la misión de la Universidad y de todos los que nos sentimos compañeros de Jesús para servir y trabajar por la reconciliación en nuestros pueblos.

Recordar a los mártires de la UCA  es un acto de justicia, gratitud y compromiso. Ignacio Ellacuría, Segundo Montes, Ignacio Martín-Baró, Juan Ramón Moreno, Amando López, Joaquín López y López, junto a Elba y Celina Ramos, entregaron su vida, en fidelidad al Evangelio, al servicio de los pobres y de los que la idolatría del poder les negaba una vida digna; y por eso los mataron.  En medio de la violencia y el miedo, eligieron ser luz, vivir con coherencia y mantener la esperanza.

Su testimonio sigue iluminando el camino de la UCA y de nuestra misión como compañeros de Jesus, en medio de nuestros pueblos centroamericanos.  Memoria que se transforma en compromiso, su ejemplo nos recuerda que la fe verdadera no se encierra en templos ni discursos, sino que se hace historia, pensamiento y acción al servicio de los demás.

Hacer  memoria no es solo evocar un recuerdo del pasado. En el sentido profundo del gesto memorial, los mártires nos invitan a mirar hacia atrás con agradecimiento, hacia el presente con responsabilidad y hacia el futuro con esperanza. Ellos brillan en medio de nosotros como las estrellas en el universo, mostrandonos la Palabra de la Vida” (Cfr. Flp 2,15-16). Esa luz que brilló en ellos y que hoy sigue encendiendo nuestra misión.

Testigos de la verdad,  se negaron a callar ante la injusticia y pusieron su inteligencia al servicio de la realidad. Servidores de la justicia, entendieron que la fe cristiana exige comprometerse con la vida de los pobres y las víctimas. Sembradores de esperanza, creyeron, aun en medio del dolor, que el amor es más fuerte que la muerte.

Los mártires nos recordaron que una universidad no puede permanecer neutral ante el sufrimiento, ni conformarse con la transmisión del conocimiento. Debe formar personas capaces de pensar críticamente, de discernir éticamente y de comprometerse con el bien común. La investigación, la docencia y la proyección social deben responder a los clamores de nuestros pueblos, para que la ciencia y el pensamiento se vuelvan instrumentos de liberación y reconciliación.

Ser fieles a su legado significa asumir la educación como una vocación transformadora.

Significa abrir la mente y el corazón a la realidad, tender puentes entre sectores divididos, y buscar caminos de diálogo que hagan posible una humanidad verdadera. El pensamiento crítico, la excelencia académica y la compasión activa son formas contemporáneas de seguir siendo testigos el Evangelio.

La herencia de los mártires nos interpela. Nos invita a continuar su camino, con una fe que busca justicia, un amor que se hace servicio y una esperanza que se encarna en la vida cotidiana. Ellos mostraron que ser jesuita -ser compañero de Jesús-  implica dejarse afectar por el sufrimiento de los pueblos y trabajar con creatividad por la reconciliación, la paz, el servicio del bien común. En ese sentido, siendo memoria del pasado, los mártires animan nuestro presente e iluminan nuestro futuro

A la Universidad y a todos los que nos sentimos compañeros de Jesús, lellos nos orientan para ser comunidades donde la verdad se busque con rigor, la justicia se viva con pasión y la esperanza se siembre con alegría.

Su ejemplo nos impulsa a discernir los signos de los tiempos y a responder con audacia evangélica a los desafíos actuales: la exclusión, la violencia, el deterioro ambiental, la migración y la falta de esperanza de tantos jóvenes…

En ellos encontramos la raíz viva de nuestra misión: hacer presente el Reino de Dios en la historia. Agradecidos por el don de su vida, reconocemos en los mártires de la UCA un espejo que refleja lo mejor de nuestra vocación educativa y apostólica.

Nos muestran que pensar con profundidad, amar  radicalmente  y actuar con justicia son tres maneras inseparables de servir a la verdad. Ellos siguen siendo Palabra de Vida para nuestros pueblos, invitándonos a que cada aula, cada comunidad y cada obra sean signos de esperanza en medio del mundo.

Porque recordar a los mártires no es mirar atrás: es renovar el compromiso de ser testigos de la verdad, servidores de la justicia y sembradores de esperanza, para que su luz siga brillando -como las estrellas en el universo- en la historia viva de nuestros pueblos.