En junio de este año, P. Dennis Leder, S.J., celebra 50 años de sacerdocio. En ocasión de este jubileo, el jesuita originario de New Jersey reflexiona sobre su vocación: profundamente enraizada en Centroamérica, territorio al que llegó en 1985 como capellán de un campamento de personas refugiadas en Honduras. Reflexiona sobre el arte, la duda y qué significa para él la vida en Compañía a cinco décadas de su ordenación.
En julio de 2026, P. Dennis Leder, S.J., celebrará 80 años de vida. Un mes antes, en junio, habrá cumplido 50 años de haberse ordenado sacerdote en Nueva York, en su natal Estados Unidos. De Compañía en total ya suma 62.
Lleva una gorra roja y una sonrisa serena. Esta misma le va a acompañar a lo largo del relato que se viene por delante. Hoy, P. Dennis Leder, jesuita estadounidense, pintor y escultor, compartirá una pincelada breve de su caminar en Compañía: el origen de su vocación, sus días de formación, la llegada a Centroamérica, el arte, la duda y qué han significado para él estas décadas de misión.
La vocación le llegó, inicia diciendo, como una inquietud presente desde la escuela primaria. Creció en un ambiente religioso, marcado por la presencia de dos tíos sacerdotes. Además, el niño Dennis era monaguillo que «disfrutaba mucho de ayudar a los padres».

Pero la vocación no llegó precisamente de este ambiente, que P. Dennis insiste en clasificar como «normal» para él. A pesar de la cercanía con sus tíos, a quienes acompañaba en la liturgia, y de su entorno de servicio, no sintió interés o inclinación por la vida religiosa. Hasta que conoció de la Compañía de Jesús.
Algo especial
No olvida a su profesor de latín, Mr. Cortney, que en aquellos días «hablaba mucho a favor de los jesuitas». El profesor, dice P. Dennis, tenía un gran amigo en la Compañía. Aquí, en los relatos del profesor y en la forma en la que describía a su amigo, nació la vocación de Dennis Leder.
En 1964 llegó al Noviciado en Nueva York. Con la misma sonrisa serena, describe aquellos días haciendo hincapié en que era un «muchacho inmaduro». Haberse quedado en la Compañía fue, remarca, «obra del Espíritu Santo». Entre risas, agrega que no tenía mucha idea de qué buscaba en ese entonces. No sabía nada de vivir en comunidad, y el servicio, aunque sí formaba parte de su decisión, no terminaba de ser el núcleo de la misma. Lo que siempre estuvo ahí, dice, es el recuerdo del profesor de Latín, Mr. Cortney. De la forma en la que describía a su amigo. «Tal vez estaba buscando amigos en el Señor, como dice San Ignacio», sonríe P. Dennis.
Después de recorrer nuevamente la presencia religiosa en su vida temprana, desde el colegio, las vocaciones de sus familias, el servicio en la Iglesia, algo se ilumina en el relato -y en el rostro- de P. Dennis: «Era algo que tenía la Compañía de Jesús… Me daba la sensación de ser algo especial«. Reflexiona unos momentos y concluye: «Tal vez, más que amigos en el Señor, estaba buscando una vida que fuera algo especial».
35 novicios vivían junto a él. Recuerda de estos días particularmente el ritmo de las campanas, que marcaba el paso de cada una de sus actividades, además de la gran extensión del edificio que les acogía. Recuerda, sobre todo, un encuentro que marcó su camino hasta hoy: uno que ocurrió en un cementerio.
Parte de sus tareas incluían, dice, la limpieza de las lápidas. Ahí, en medio de una jornada, se encontró con la tumba de Pierre Teilhard de Chardin, paleontólogo jesuita francés, famoso por sus visiones interdisciplinares de la evolución que le valieron el rechazo y la condena de la Iglesia misma. Este encuentro le reconfirmó, dice, la idea de que «los jesuitas son especiales».
Aquí, en el noviciado, también descubrió su interés por el arte. También inmaduro, se apresura a acotar. Escuchó que también había jesuitas artistas: otra puerta que se abrió para él. Madurar esta vocación le tomó tiempo. Nunca había ido a un museo, dice. Pero con la Compañía encontró un ambiente que le permitía «realizar estas cualidades y anhelos». Uno que fue creciendo con el tiempo hasta convertirse en la carrera que ostenta hoy.
P. Dennis, pintor y escultor, también ha ejercido como docente y restaurador de arte. El mural en honor a Rafael Landívar, que se exhibe en la Universidad del mismo nombre en Guatemala es de su autoría. En la UCA de El Salvador, se exhiben sus pinturas de las Series de Fibonacci y sus aplicaciones. Resalta también el homenaje en metal que realizó en conmemoración de los 50 años de fundación de la Universidad, dedicado a la memoria de los mártires. Su arte se encuentra disponible en la colección del Museo Metropolitano de Arte en Nueva York.


Pero para esto falta, en el relato de P. Dennis, un tiempo considerable. Se ordenó en junio de 1976. Diez años después llegaría a Centroamérica: territorio en el que enraizó su vocación por el servicio. Y por la vida especial.
Centroamérica: lo que quiero hacer yo
En 1983, P. Dennis Leder llegó a Centroamérica por primera vez acompañando a un grupo de los Testigos por la Paz (WFP, por sus siglas en inglés), una organización estadounidense que se oponía al apoyo del gobierno de Ronald Reagan a los grupos contrarrevolucionarios -los contras– en el país centroamericano por el impacto de estas políticas en los derechos humanos de las poblaciones civiles.
Fue en Navidad de ese año, recuerda, que, sentado en una capilla en la frontera con Honduras, vio a una mujer barriendo el piso en total silencio. La imagen detonó otra inquietud, una que definiría el resto de su vida: «Sería interesante venir a Centroamérica por un tiempo». Aquí descubrió que eso, Centroamérica, era lo que quería hacer.
Llegó oficialmente en 1985, como capellán de un grupo de personas refugiadas en Colomoncagua, Honduras. Por los siguientes cinco años, P. Dennis acompañaría, como miembro del Servicio Jesuita a Refugiados, a comunidades desplazadas por el conflicto armado salvadoreño.
Este tiempo coincidió con el martirio de los jesuitas de la UCA de El Salvador y sus dos colaboradoras: otro momento que sella, dice, la historia de su vida.
Y es que, acompañando a las personas refugiadas salvadoreñas, P. Dennis coincidió con Segundo Montes.
Pasó todo el fin de semana con él, tres meses antes de su martirio. Era 1989, y el conflicto armado salvadoreño seguía cobrando vidas y sembrando miseria en comunidades enteras. Segundo Montes llegó al campamento para acompañarle en las Eucaristías y en reuniones con las familias. Le impactó especialmente, dice, la cercanía con las madres, niños y niñas. «¿Muy generoso el profesor de la UCA, verdad?», dice sonriente. «Un gran académico, gran ser humano».
En el 92, la guerra acaba en El Salvador con la firma de los Acuerdos de Paz. Luego de una estancia breve en su país, P. Dennis regresa a Centroamérica, esta vez como restaurador de arte y profesor en la Universidad Rafael Landívar, Guatemala. Esta misión marca el inicio «oficial» de su carrera como artista plástico. Y marca, también, el inicio de otros apostolados para servir a esta tierra: docencia y acompañamiento espiritual. Este último es el que desempeña hasta hoy, como director del Instituto Centroamericano de Espiritualidad (ICE-CEFAS), en donde también acompaña Ejercicios Espirituales, talleres, retiros y otras actividades.

Escencialmente, uno tiene que lanzarse
Luego de recorrer el camino por territorio centroamericano, P. Dennis entra en el terreno de las dudas, presentes «varias veces» en este tiempo. Uno va cambiando de puntos de vista, dice. Y la espiritualidad, con uno mismo, va madurando. Esto pasa por bloqueos, resistencias y, por supuesto, dudas: sobre todo aquella, de que si este era el camino.
En estas veces, dice, le sirve recordar el consejo de jesuitas y amigos fuera de la Compañía, como el caso de una religiosa del Buen Pastor, tiempo atrás cuando ambos estaban jóvenes. Le sirve, también, recordar que uno no puede ser creativo sin la duda: «Si soy artista, es porque dudo siempre», explica. Hasta ahora, casi con 80 años.
«Cuando uno deja de dudar y entra en la certeza, bueno, quizá no necesita ya al Espíritu Santo», dice entre risas.
¿Y sobre la vocación?
Nunca se va a saber si no se hace, responde. Y es lo mismo para la vida religiosa como para cualquier otro proyecto. Le habla a las nuevas generaciones. Porque, aunque el contexto actual, marcado por la necesidad imperante de respuestas inmediatas, dibuja diferencias abismales con su juventud, P. Dennis dice que, en esencia, «somos iguales». Y que la clave, también en esencia, es lanzarse.
