Jairo Bautista es un joven hondureño que ha hecho del servicio en la Iglesia y en su comunidad un camino de vida. Su paso por la Escuela de Formación Política marcó un antes y un después en su vida, pues transformó su manera de comprender no solo la política, sino su propia fe. Hoy, como co-coordinador del mismo espacio que lo formó, sigue apostando por la juventud como signo de esperanza en tiempos complejos.
Jairo Bautista es un joven que creció en la Iglesia Católica y que, desde muy temprano, entendió que la fe no se reduce a lo íntimo ni a lo ritual, sino que se encarna en la defensa de los bienes comunes, en el acompañamiento a la juventud y en la construcción de pensamiento crítico. A través de su experiencia en la Escuela de Formación Política y Ciudadana (EFPC) impulsada por el Equipo de Reflexión, Investigación y Comunicación (ERIC) y Radio Progreso en Honduras, Jairo Bautista ha vivido procesos de cuestionamiento, crisis, maduración y compromiso. Lo que sigue es su propio testimonio, el de una voz joven que habla de transformación y responsabilidad histórica desde la formación para cuestionar ideas y contribuir a sembrar esperanza en nuestros territorios.
¿Quién es Jairo Bautista?
Bueno, Jairo Bautista es un joven muy inquieto, con convicciones individuales, pero también colectivas. Soy un luchador, una persona que desde que vine a este mundo empezó a luchar por la vida, por apreciarla, por cuidarla. Y me he jugado en estos años en eso.
A través del servicio en la Iglesia, la Iglesia Católica, crecí ahí y mi servicio se ha prestado también a nivel comunitario, en patronato, junta de agua, en defensa de los bienes naturales en mi comunidad, en mi sector. Entonces, Jairo fue bien inquieto, rebelde también. Como cualquier otra persona, vivo momentos a veces frustrantes, con mucha esperanza. Soy una persona que se siente feliz porque amo lo que hago.

¿Cómo llegás a las escuelas de formación política?
Yo estuve vinculado a un colegio franciscano y ahí leíamos mucho Mecate Corto, que es un periódico que produce o producía el ERIC y Radio Progreso en Honduras. Nosotros leíamos algunos artículos y notas que salían en ese periódico. Escuché, además de esto, del ERIC y Radio Progreso en la parroquia. A mí me pareció que por naturaleza algo en mí me inquietaba, me gustaba mucho y afirmaba también mi compromiso de servicio dentro de la comunidad y dentro de la Iglesia.
Con el tiempo se dio la oportunidad de vincularme, conocí más de la radio, del ERIC, y dije: este es mi tiempo para formarme, para darle más pensamiento a lo que quiero. Y se dio la oportunidad de estar en la Escuela de Formación Política en el año 2018. Es un espacio juvenil de convivencia y de confianza que me ayudó mucho a desaprender, a ver mi masculinidad, a comprender cuestiones políticas, el tema democrático, el tema de la fe y la política, de lo público, de los modelos de desarrollo, qué hay detrás de cada modelo.
Me llené de eso en ese espacio. También conocí a muchas personas maravillosas, jóvenes que estaban en luchas territoriales. Uno se llenaba de esa inquietud de otros jóvenes, mujeres y hombres.
¿Qué experiencias te marcaron particularmente?
Particularmente creo que dos: La primera fue el módulo de fe y política. Entender que la fe va más allá de una religión; que la fe es un compromiso en la sociedad; que se ha de reflejar en las comunidades y en el país. Fue un momento para vivirme una crisis personal de fe, de preguntarme, de cuestionarme incluso la existencia de Dios, pero sin perder el horizonte: que esa fe yo la tenía que vivir en el trabajo y el servicio personal, familiar y en la sociedad.
La segunda fue el módulo de masculinidades. Ver los privilegios que he tenido por ser hombre. Entender que puedo ser un hombre débil, un hombre fuerte, y que debe existir una sociedad con equidad de género donde hombres y mujeres somos iguales y tenemos las mismas oportunidades.
Esas dos cosas fueron muy determinantes.
Entraste como estudiante. Ahora estás acompañando como co-coordinador, ¿Qué ha cambiado?, ¿Cuáles son las perspectivas desde las dos posiciones?
Como estudiante, fue un espacio de un antes y un después. Un Jairo que entró inquieto y rebelde, pero que salió más maduro, con un pensamiento más amplio.Ahora, como persona que está coordinando los procesos, lo veo con esperanza. Hay muchas situaciones complejas en el país, pero la formación es determinante. La apuesta por la juventud es determinante.

Somos actores y actrices de cambio. Hay esperanza en la juventud, pero debe ser acompañada. No desde la presión, sino como un proceso de acompañamiento, de escucha y de brindar herramientas. Creo que hay que seguir apostando a esa formación sociopolítica, del movimiento social, de una Iglesia comprometida con la fe y la justicia.
En tiempos de autoritarismos y, en general, desesperanza, ¿vale la pena seguir apostando por estos espacios?
Sí, sí vale la pena. Es un signo de esperanza. La formación política ciudadana es un signo de esperanza de que con creatividad y pensamiento se pueden hacer pequeñas luchas y signos de cambio. Ese espacio se convierte en esperanza, en convicción, en compromiso, en solidaridad con otros y otras, en defensa de los bienes comunes.
Se necesitan personas con capacidades para pensar y crear cosas nuevas. Más allá de lo económico, es ese amor por transformar, por hacer cambios sin perder esa humanidad. Pienso, entonces, que todo esto es urgente en estos tiempos. Por lo que sí: sí vale la pena seguir apostándole a la formación sobre todo entre jóvenes y en comunidad.
*Fotos: Cortesía
