Skip to main content

Hoy se cumplen 42 años de la desaparición forzada del Padre Guadalupe Carney. Nacido “gringo burgués” en Chicago, eligió perder pasaporte, privilegios y seguridad para ganar lo único que importa: una vida con sentido. Se hizo hondureño, pobre con los pobres, y desapareció con ellos en la selva. Su memoria incomoda y provoca, porque nos recuerda que el Evangelio se lee mejor desde el surco que desde los palacios

El 28 de octubre de 1924, en un barrio católico de Chicago, nació James Francis Carney Hanley. Creció entre rosarios en familia, disciplina de escuela parroquial y el sueño americano de clase media. Jugaba al fútbol americano con tanta destreza que ganó una beca universitaria. Nada en su entorno hacía presagiar que aquel muchacho terminaría sus días perdido en la selva hondureña, acompañando a un grupo guerrillero sin más armas que su fe y sus convicciones.

La metamorfosis del “gringo burgués”

La Segunda Guerra Mundial fue su primera sacudida. Enrolado en el ejército, vio con sus propios ojos los campos arrasados de Europa y, sobre todo, la miseria absoluta de los refugiados árabes en Marsella. Fue allí donde comenzó a quebrarse la fe ingenua del joven de misa diaria y a nacer la rebeldía. Se negó a odiar al enemigo y se negó a disparar. Prometió a Cristo que jamás usaría un arma contra otro ser humano. Cumplió esa promesa.

Terminada la guerra, entre dudas sobre la existencia de Dios y la tentación de casarse, optó por la Compañía de Jesús. “Si quería buscar a Dios y estudiar más sobre su existencia —escribió— ¿por qué no hacerme jesuita? Ellos estudian estas cosas más que nadie”.

Su destino no sería una cátedra en Saint Louis ni un despacho cómodo, sino la misión en Honduras.

El padre Guadalupe

En 1964 llegó a Yoro y pronto comprendió que un apellido anglosajón no le acercaría al campesino. Adoptó el nombre de Guadalupe en honor a la Virgen morena de América. “Siempre he dicho a la gente que no tenían que llamarme Padre Guadalupe; que yo no era padre de nadie, sino hermano de todos; que me llamaran Hermano Lupe, o simplemente Lupe”.

Aprendió a escuchar. Fundó comunidades cristianas de base, cooperativas y proyectos de alfabetización. Predicaba que Jesús había sido un campesino pobre y que el Evangelio debía leerse desde el surco y no desde los palacios episcopales.

No tardó en incomodar. Lo llamaron comunista, agitador y subversivo. Él respondía con una frase tajante: “Ser cristiano es ser revolucionario”. Los terratenientes lo odiaban, pero los campesinos lo seguían.

La gran opción

Carney no solo predicaba desde las ermitas y capillas. Renunció a su ciudadanía estadounidense y se hizo hondureño. Se despojó de cuentas, seguros y privilegios. Quiso ser pobre con los pobres. En sus memorias confesó: “Gracias a Dios que no he dudado de mi vocación de ser sacerdote. He tenido problemas con obispos y superiores, incluso me amenazaron con expulsarme de los jesuitas por ser rebelde. Pero siempre quise y quiero mucho a la Compañía de Jesús; siento que su espíritu es mi espíritu”.

En 1979 fue arrestado y expulsado por la dictadura militar. Lo deportaron con las manos esposadas y lo despojaron de la nacionalidad hondureña. Quedó, como él mismo escribió, sin país.

La selva y el silencio

En 1983 tomó la decisión más polémica de su vida y acompañó a una columna guerrillera del Partido Revolucionario de los Trabajadores Centroamericanos. No lo hizo para empuñar un fusil —había jurado en Normandía que jamás dispararía contra nadie— sino para estar, como capellán, al lado de quienes encarnaban la última esperanza de los campesinos despojados.

Lo sabía: “Tendré que renunciar a ser jesuita por un tiempo, hasta el triunfo, porque las leyes de la Compañía de Jesús no permiten que un jesuita sea guerrillero. Me duele hacerlo, pero mi sacerdocio cristiano nadie me lo puede quitar, y jamás lo dejaré”.

Fue su último viaje. Nunca volvió a saberse de él. El ejército hondureño aseguró que murió de hambre en la montaña, otros sostuvieron que fue capturado y ejecutado. Testimonios posteriores, incluidos los de un exoficial del temido Batallón 3-16, señalaron que Carney fue detenido, interrogado y desaparecido bajo órdenes del general Gustavo Álvarez Martínez, jefe de las Fuerzas Armadas, en coordinación con asesores de la CIA. La versión más dura sostiene que fue torturado y arrojado vivo desde un helicóptero en la selva hondureña.

El legado incómodo

Quienes lo conocieron recuerdan a un sacerdote alto, de ojos claros, que se sentaba en el suelo de tierra con los campesinos a leer el Evangelio y a hablar de justicia. Dejó escritos como Metamorfosis de un revolucionario y Sólo díganme Lupe, donde cuenta sin adornos cómo un “gringo burgués” se transformó en sacerdote campesino y revolucionario.

Él mismo lo resumió en su testamento espiritual: “Soy contemplativo en acción —soy discípulo de San Ignacio de Loyola”.

Para los campesinos hondureños Lupe es un mártir, para otros un ingenuo que se dejó arrastrar. Lo que no se puede negar es que Guadalupe Carney encarna una vida de parábola: la de un hombre que eligió perderlo todo para estar con los últimos, y que entró en la selva hondureña convencido de que la fe y la esperanza podían más que cualquier fusil.