En esta conversación Fredy Díaz, S.J., jesuita hondureño, habla sobre su historia personal, el origen de su vocación en la pastoral juvenil y la misión que siente hoy: acompañar, escuchar y trabajar por la reconciliación en contextos marcados por el sufrimiento y la falta de esperanza.
Fredy Díaz es un joven sonriente, de talante sereno. Lo que más disfruta es escuchar música: le mueve la balada romántica, dice entre risas. Pero, en el fondo, a Fredy Díaz le gusta escuchar, así, en el sentido literal de la palabra. Lo reafirmará más adelante en la conversación, cuando explica que su vocación como religioso (porque este joven sonriente que disfruta de los Bee Gees tanto como los Scorpions tiene cerca de 10 años de Compañía de Jesús) surgió del deseo de llevar esperanza, de buscar qué más podía hacer por los demás.
En esta entrevista, Fredy, joven hondureño que pasó por las Escuelas de Formación Política y Ciudadana de el Equipo de Reflexión, Investigación y Comunicación (ERIC) y Radio Progreso y que fue delegado de la palabra en su parroquia, conversa sobre el origen de su vocación en la pastoral juvenil y la misión que siente hoy: acompañar, escuchar y trabajar por la reconciliación en contextos marcados por el sufrimiento y la falta de esperanza.
¿Quién es Fredy Díaz?
Fredy Díaz es una persona muy cercana con la gente y también con una personalidad con temores, con muchas dudas a veces, pero también con mucha fe, con mucha esperanza.
Fredy es alguien que confía en los demás y confía mucho en Dios y también en él mismo. Es como una triple relación. Eso es lo que caracteriza a Fredy: la confianza no solo en mí mismo, sino en los demás.
¿De dónde nace la vocación por la vida religiosa?
La vocación por la vida religiosa surge en la vida cotidiana, en la experiencia de pastoral juvenil específicamente. Cuando estaba estudiando el bachillerato también estaba implicado en los grupos juveniles de mi parroquia en Honduras. El trabajo con los jóvenes, la participación y la energía fueron atrayendo también mis capacidades para querer emplearlas con ellos.
Eso me llevó a meterme no solo en la dinámica de los jóvenes, sino también como delegado de la palabra. Y eso me llevó a una misión específica, mi primera misión, en la parroquia Nuestra Señora del Carmen, en el municipio de El Negrito, Yoro, Honduras. En esa primera misión, al enfrentarme a una realidad donde había muchas personas enfermas y muchas personas desesperadas por el tema de los cultivos, experimenté primero una pregunta: qué más podía hacer yo.
Esa fue la pregunta que me asaltó: qué más puedo hacer de lo que ya hago. Eso fue lo que me impulsó a buscar a alguien que me acompañara, que me escuchara en aquella inquietud y que me ayudara a discernir estas preguntas. Y fue lo que me impulsó a pensar en la vida religiosa. Esa experiencia de misión fue inolvidable, a finales de 2015.
Cuando viste ese sufrimiento, ¿por qué sentiste que la respuesta era la vida religiosa y no otra vocación?
El primer pensamiento que se me vino fue la vida religiosa por el deseo de darlo todo. Dar toda mi energía, mi vida.
Consciente de que la otra vocación, ser profesor, tener una familia, son proyectos plenos. Pero pensaba que quizá no me iba a dar toda la soltura que pudiera tener yo en la vida religiosa para servir de manera más completa, a tiempo más completo.
¿Por qué la Compañía de Jesús?
La Compañía de Jesús fue porque ya había conocido el carisma. Mientras estudiaba también estaba implicado en las escuelas de formación política y ahí fui conociendo un poco la Compañía de Jesús. No con el interés de ser religioso, mis planes eran otros. Era lo normal: tener una familia.
Pero cuando surge la pregunta por la vida religiosa, los primeros en quienes pensé fueron los jesuitas, porque eran los que ya previamente había conocido. Eso fue lo que me llevó a buscar a algún jesuita que me pudiera escuchar, sobre todo que me acompañara para ir desentrañando aquella pregunta sobre la vocación.
¿Cómo te recibió la Compañía de Jesús cuando llegaste con esa inquietud?
Me recibió con mucha cordialidad, con mucha escucha, que era precisamente lo que yo quería. Quería que alguien me escuchara y eso fue lo primero que encontré. Sobre todo una escucha que no se adelantaba a lo que yo quería comunicar.
Fue una de las primeras experiencias que me marcaron: la escucha y el sentirme con otras personas que también habían pasado por ese proceso de sentirse inquietos y motivados. Fue una experiencia de no sentirme solo. Cuando toqué las puertas de la Compañía tenía 19 años, ya iba a cumplir los 20. Acababa de salir del bachillerato. Yo quería ser profesor, para muchachos de bachillerato. Ese era mi plan. Ser delegado de la palabra también era parte de mi proyecto. Y tener una familia, ese era mi horizonte.
Y con este horizonte con el que llegaste, ¿Hubo alguna duda o miedo en el proceso vocacional?
Dentro del proceso de formación como jesuita, lo primero son las dudas. Yo soy el primero en la familia y crecí con mis papás. Aunque estudiaba y luego trabajaba, siempre permanecía con ellos. Me costó mucho la separación de mi familia. Estando en el noviciado, incluso después, eso cobraba mucha fuerza.
El tema de la familia me movía mucho: querer estar cerca, estar pendiente de mis papás. Eso me ganó mucho tiempo y ha habido momentos donde me he sentido muy movido por ese tema.
Y ahora, con este camino recorrido, ¿Qué le dirías a un joven que siente dudas sobre su camino vocacional?
Yo diría que hay que lanzarse y caminar, aunque haya miedos. Hay que romper esa barrera. Y sobre todo hay que tener mucha confianza, independientemente de lo que eso traiga. Pero confiarse es una actitud muy importante. Confiarse y caminar. Lo demás vendrá por añadidura.
Ese impulso de confiarse es la misma esperanza: caminando es que uno se da cuenta cómo Dios nos va acompañando. Entonces lo primero es eso: caminar, caminar confiado.
¿Qué puede aportar Freddy a la misión de la Compañía de Jesús?
Lo que me marcó y que hizo que me preguntara qué más podía hacer era poder brindar esperanza a las personas que sufren o que quieren ser escuchadas. Pero sobre todo hay un tema que permanece en el tiempo: la reconciliación. Es un tema que me gana mucho tiempo y mucha energía.
Tengo mucha aspiración de poder colaborar en la Compañía de Jesús en ese tema específico: la reconciliación. Pensando en que es un aporte que se puede dar en todos los espacios: en parroquia, en lugares de pastoral, en colegios, en las fronteras especialmente. Las fronteras son temas que me preocupan mucho y creo que por ahí puedo aportar: en la reconciliación, la escucha y favorecer procesos que den luz y esperanza.
