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Desde el trabajo con los pueblos originarios, cabe siempre preguntarse qué nos puede enseñar San Ignacio sobre el acompañamiento y el respeto al otro. P. Ignacio Blasco, S.J., y P. Jorge Sarsaneda, S.J., reflexionan en #EspírituIgnacianoHoy sobre la solidaridad y el respeto desde la pastoral indígena.

 

La espiritualidad y el modo de acompañar que Ignacio de Loyola promovió en la Compañía de Jesús han inspirado un estilo particular de trabajo misionero y pastoral, basado en la escucha profunda, el respeto por las culturas diversas y el acompañamiento cercano. Este enfoque ha guiado la labor de muchos jesuitas en diferentes partes del mundo, especialmente en su trabajo con pueblos indígenas.

¿Qué nos sigue enseñando Ignacio con su manera de acompañar y respetar al otro? ¿Cómo podemos renovar ese espíritu para acompañar con respeto y solidaridad a los pueblos indígenas y otras comunidades hoy?

-P. Ignacio Blasco, S.J., párroco de Santa María Chiquimula, en Guatemala, nos cuenta:

Ignacio, con su experiencia transformadora del Cardoner, recibe la gracia de percibir y ver la realidad transida del espíritu de Dios, que todo lo abarca y todo lo penetra. Esa gracia que Ignacio recibe, es compartida en todos aquellos que participamos de la espiritualidad ignaciana e intentamos vivirla en el día a día. Este es el punto de partida para todo aquel que se acerca a cualquier realidad y a cualquier cultura. Parte del presupuesto de que Dios se manifiesta de maneras impensables y sorprendentes en las culturas, las gentes y las historias de los pueblos y las personas. Por eso, acercarse al mundo indígena es, es primer lugar, un ejercicio de purificación de ideas y prejuicios para poder descubrir, desde otro paradigma y otra cosmovisión, cómo Dios actúa y sigue revelándose en estas realidades.

El legado que Ignacio nos deja es siempre retador e inspirador. Frente a corrientes fundamentalistas e intransigentes, la espiritualidad ignaciana nos invita a descubrir a Dios en el otro y en lo otro, a desabsolutizar lo propio y a abrirse a lo diferente. Solo de esta manera es posible un acercamiento fraterno, humilde, cercano y solidario. No hay mejor acompañamiento que el que ve al otro y es visto por el otro como un compañero de camino en el que cada uno reconoce su situación y no impone sus puntos de vista al otro.

Y por último, el ingrediente fundamental es el cariño, la generosidad y la entrega a fondo perdido. Solo desde ahí podemos acompañar personas, comunidades y grupos que desean caminar hacia el horizonte de una fraternidad universal que no es otra cosa sino el Reino de Dios. Ignacio nos brinda las claves, las actitudes y el talante que necesitamos para descubrir la realidad de Dios en medio de nosotros.

-P. Jorge Sarsaneda, S.J., de la Pastoral Indígena, en Panamá, nos comparte su reflexión «Deuda no saldada en Panamá»:

 

“Deberíamos escuchar más a los pueblos indígenas

 y aprender de su forma de vida”

(Papa Francisco, feb. 2023-reunión Fida)

 

Para los jesuitas en Panamá no es ninguna novedad trabajar entre indígenas. En 1582, de paso al Perú, fue el primer lugar en donde estuvieron los jesuitas, en lo que hoy llamamos Centroamérica; en 1582, se estableció la primera residencia y en 1584, un colegio que, años después, se convirtió en la Universidad San Javier. Desde 1606 se formó una misión en la que quisimos involucrarnos.

 Para vergüenza nuestra y siguiendo la práctica «normal» de aquellos tiempos, los padres de la Compañía fueron comisionados por el gobierno para entrar en «la nación de los guaymíes», ya que por las armas no habían podido «reducirla».  En tres años, cuenta el P. Velasco sj, se formó una cristiandad «tan floreciente y numerosa como desgraciada».  El gobernador quiso utilizar estos indios en las minas y los padres jesuitas (el P. Julio Pesci, entre otros) se opusieron, lo cual les ganó la enemistad de las autoridades. Murió el misionero y los españoles impusieron su yugo, esto trajo la rebelión y el fin de aquella misión en el siglo XVII.

Nuevamente, en 1700, un panameño, Esteban Ferriol volvió a la serranía del Tabasará. Llegó a dominar el idioma de los indios, dicen las crónicas, y poco a poco logró formar algunos pueblos. Trabajó en la evangelización y en la formación en algunas artes mecánicas durante 36 años y pasó luego a la misión del Darién.  En 1745 llegaron a trabajar entre los ngäbe los PP. Aspérgalo y Portolani, siempre apoyados por el Colegio de Panamá. La misión continuó hasta la expulsión en 1767.

En 1977, la Compañía recibe las parroquias de Remedios y San Félix (Chiriquí) para trabajar principalmente con los indígenas ngäbe de esa zona (¡210 años después!). Cuarenta años más tarde, se entregó la parroquia y la Compañía pasó a ocuparse de trabajos con indígenas solamente cuando algunos jesuitas lo intentaron así, aunque sea una opción de la provincia. Tenemos una deuda con los pueblos originarios de Panamá que aún no hemos saldado del todo.

¿Qué nos diría san Ignacio hoy, además de publicar que tenemos una opción apostólica, para trabajar entre los pueblos originarios? Nos recordaría que: «La validez de nuestra misión será tanto mayor cuanto mayor sea nuestra solidaridad con los pobres (Cong. Gral. 33,107). Supongo que san Ignacio celebraría este 31 de julio acentuando nuestro trabajo, fortaleciendo nuestro seguimiento de Jesús, anunciando más su Palabra y poniéndola en práctica, combatiendo junto a los pobres por una mayor justicia.