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¿Cómo puede el ejemplo de San Ignacio inspirarnos a vivir una espiritualidad auténtica y comprometida en nuestros días? En #EspírituIgnacianoHoy, P. Juan Gaitán, S.J., y P. Leopoldo Galdámez, S.J., nos comparten sus reflexiones en torno a la espiritualidad ignaciana como forma de buscar a Dios hoy.

 

Ignacio de Loyola, tras su conversión, creó una espiritualidad centrada en el encuentro personal con Dios y el discernimiento constante de su voluntad. Sus Ejercicios Espirituales ofrecen un camino para vivir la fe con libertad, profundidad y compromiso, buscando “hallar a Dios en todas las cosas”.

Esta espiritualidad ha sido el corazón de la misión de la Compañía de Jesús, inspirando a muchos a crecer en interioridad, acompañar a otros y responder generosamente a los desafíos del mundo.

¿Qué nos dice Ignacio con su vida y su forma de buscar a Dios? ¿Cómo su ejemplo puede inspirarnos a vivir una espiritualidad auténtica y comprometida en nuestro día a día?

-P. Leopoldo Galdámez, S.J., desde la Curia Provincial, nos invita a reflexionar:

En primer lugar, el ejemplo y la vida de Ignacio de Loyola nos inspira en nuestras búsquedas en la vida y en nuestra búsqueda de Dios. En la llamada Autobiografía, Ignacio se refiere a sí mismo como “El Peregrino”.  Y es que su vida fue siempre un peregrinaje, un movimiento permanente, una búsqueda constante. ¿Búsqueda de qué? De un sentido para su vida. Antes de la conversión, el horizonte de esa búsqueda era el vano honor y la fama. Después del proceso interior vivido, sobre todo, en Loyola y Manresa, el horizonte fue encontrar y hacer la voluntad de Dios. Dicho de otra manera, antes de la conversión Ignacio se buscaba sólo a sí mismo (“dado a las vanidades del mundo, y principalmente se deleitaba en ejercicio de armas, con un grande y vano deseo de ganar honra”); después de la conversión, Ignacio buscaba a Dios, porque descubrió que en Dios se encontraba a sí mismo, al sentido de su vida y aquello que podía hacerle sentirse pleno y satisfecho (Contemplación para alcanzar amor, E.E.).

En nuestras propias búsquedas, Ignacio nos enseña a no dejarnos llevar por la corriente de lo que la sociedad nos propone (y, a veces, nos arrastra), sino bajar de la superficialidad, de la rutina, de lo “normal”… y emprender nuestra propia búsqueda; nos enseña a no ser conformistas ni mediocres, sino a continuar profundizando porque “siempre hay algo más…”; nos enseña a no estancarnos y a no quedarnos en nuestra zona de confort, a no perder la vitalidad y el brillo de nuestra vida.

Y todo esto, en lo que podríamos llamar “búsqueda y encuentro con Dios”. Y también aquí el ejemplo de Ignacio nos ayuda en nuestra vida actual. Su modo de buscar y encontrar a Dios lo deja plasmado en los Ejercicios Espirituales. Allí nos dice que “así como el pasear, caminar y correr son ejercicios corporales, por la misma manera, todo modo de preparar y disponer el espíritu (ánima) para quitar de sí todas las afecciones desordenadas y, después de quitadas, para buscar y hallar la voluntad divina”. Lo fundamental es prepararnos y disponernos; es decir, desear, encontrar nuestro propio modo y disponernos a un encuentro con el Señor, de una manera sencilla, natural y auténtica. Este ejercicio nos llevará a buscar y encontrar a Dios en todas las cosas, en las experiencias cotidianas; en la normalidad de nuestra vida.

El modo de buscar, encontrar y vivir a Dios en la espiritualidad ignaciana no nos alejan del mundo, de la vida, de la cotidianidad; sino todo lo contrario. Nos sumergen más en ella y nos comprometen más con ella. Desde una disposición interior, descubrimos a Dios en la realidad que nos rodea, en las experiencias cotidianas de la vida y en nuestros hermanos y hermanas que nos encontramos en nuestro caminar. Y al descubrir a Dios allí, vivimos nuestra vida con mayor sentido, hacemos nuestras tareas con “más ganas”, le ponemos más amor a todo lo que hacemos y nos apropiamos más de nuestra realidad porque allí está presente Dios. En síntesis, vivimos nuestra vida con mayor sentido, con más alegría y esperanza, con más responsabilidad y plenitud. Esa fue la experiencia de Ignacio de Loyola y esa puede ser también nuestra experiencia.

-Desde la Universidad Rafael Landívar, P. Juan Gaitán, S.J., nos comparte este fragmento:

La espiritualidad ignaciana tiene su fundamento en el seguimiento de Jesucristo, quien nos llama a ir con Él bajo el estandarte de la Cruz. Como Universidad Rafael Landívar soñamos con acoger nuestra misión de seguimiento de Cristo desde la educación integral y transformadora. Nuestro espacio de incidencia evangélica está más allá de los salones de clases, oficinas y Campus, dado que se expande al impacto significativo en los entornos.