Skip to main content

No basta sentirse llamado a ser jesuita. Esa llamada debe ser acogida y reconocida por la Compañía de Jesús. La vocación es una conversación entre tres: Dios, la persona y la Compañía. Dios inicia el diálogo, la persona escucha y responde, y en su respuesta invita a la Compañía a hacerse «testigo» de ese diálogo. Tanto la persona como la Compañía buscan “discernir” la voluntad de Dios sobre el que se siente llamado.

En este discernimiento compartido es indispensable que la persona conozca bien la Compañía real, sus miembros y sus obras. Sus virtudes y sus defectos, sus opciones apostólicas…

Es igualmente esencial que la persona se deje conocer como es, que se manifieste con transparencia, sin ocultar nada. Si verdaderamente buscamos lo que Dios quiere, la persona debe desear y permitir que quienes lo acompañan en su discernimiento le conozcan sus cualidades y limitaciones lo mejor posible.