¿Qué es la dimensión sociopastoral de la Red Jesuita con Migrantes Centroamérica? Hoy, en el marco del reciente encuentro junto a referentes de la Red de Atención de México, conversamos con Norma Hernández, coordinadora de la RM CA, sobre el trabajo de la dimensión sociopastoral: el corazón del acompañamiento a personas migrantes y refugiadas en la región.
En el marco del encuentro de la Dimensión Socio Pastoral de la Red Jesuita con Migrantes Centroamérica (RJM CA), realizado los días 18 y 19 de mayo junto a referentes de la Red de Atención de México, las y los participantes reflexionaron sobre el sentido de esta misión compartida y renovaron su compromiso de acompañar a personas migrantes, refugiadas y desplazadas desde la dignidad, la justicia y la fraternidad.
Pero, ¿qué es exactamente la dimensión sociopastoral? ¿Qué hace y por qué es tan importante dentro del trabajo de la red? En ese contexto, conversamos con Norma Hernández Torres, coordinadora de la RJM CA, sobre el trabajo de la dimensión sociopastoral, los desafíos actuales en la atención a personas en movilidad y las esperanzas que siguen sosteniendo esta misión.
¿Qué es la dimensión sociopastoral dentro de la Red Jesuita con Migrantes?
La dimensión sociopastoral responde a una de las tres dimensiones que conforman el trabajo o el apostolado social migratorio de la Compañía de Jesús a nivel de las Américas. En 1999 el hermano Raúl González definió en un documento cómo iba a estar conformado el trabajo de la Red Jesuita para Migrantes. Él hablaba de tres dimensiones: la dimensión sociopastoral, la dimensión de investigación y la dimensión de incidencia.
Entonces la dimensión sociopastoral la definía como el fundamento del trabajo de la red jesuita con migrantes, porque es donde está el contacto con las personas para la atención, para la promoción de sus derechos y de esa promoción de la justicia que se requiere sobre las personas en movilidad.
Se define como ese contacto en la atención y promoción de las personas que están en movilidad, las personas que están migrando, pero también las refugiadas y las desplazadas.
¿Cuáles son las actividades concretas que realiza esta dimensión?
Las actividades concretas son la atención directa en albergues, centros de atención y casas de alivio, como le hemos llamado.
Por ejemplo, la Casa Pedro Arrupe, entre la frontera de Panamá y Costa Rica, en Paso Canoas, Costa Rica, es una casa de alivio. También está Casa Myrna Mack, en Guatemala, donde se atiende y es una casa de paso. Allí van a recibir alimentación, a bañarse y reciben atención psicosocial. Ese es el primer elemento: la atención directa a personas en movilidad, refugiadas y desplazadas a través de estas casas.
Luego está toda la atención psicosocial, que es atender, cuidar y promover a estas personas desde la contención emocional, desde todo lo que tiene que ver con las situaciones personales que van viviendo, y generar esperanza y cuidado en ellas. También está la atención legal. A través de bufetes de abogados se promueven los derechos de las personas en movilidad, el acceso a documentación, procesos de regularización y procesos de protección internacional.
Y también está el tema espiritual, porque entendemos ampliamente el tema pastoral como una misión de promover la fe, el cuidado, la justicia y la esperanza. Desde allí también está este tema de escucha y de promover el acompañamiento a nivel religioso, desde la diversidad de creencias que viven estas personas. Pero concretamente desde la espiritualidad también, de creer en Dios y de promover ese contacto con la gente.
¿Quiénes conforman esta dimensión sociopastoral?
La conforman todas aquellas personas de los equipos que pertenecen a las distintas obras de la Red Jesuita con Migrantes y que trabajan directamente con las poblaciones en movilidad.
Son psicólogos, psicólogas, abogados, religiosos, sacerdotes, voluntarios, voluntarias y trabajadoras sociales que están allí atendiendo a estas personas y brindando servicios. Algunos también trabajamos con otras organizaciones.
Entonces son grupos de equipos que están directamente vinculados al tema de atención. Es una diversidad de personas y de saberes, pero sobre todo de personas enfocadas en atender.
¿Cuáles son algunos de los principales retos que enfrentan actualmente?
Ahorita que hemos estado reunidos las personas que pertenecemos a esta dimensión, uno de los retos o desafíos que mirábamos es el contexto actual, que cada vez cambia. Hace un año atendíamos a personas que venían desde el sur de América: venezolanos, colombianos, ecuatorianos y extracontinentales, de muchas nacionalidades de África y Asia, que venían cruzando el Darién e iban hacia Estados Unidos.
Ahora, a partir de la llegada de Donald Trump al poder, ha cambiado el contexto. Estados Unidos ha ampliado su frontera y ha delimitado muy bien el ingreso. Su estrategia de miedo ha avanzado y ha sido muy eficaz, junto con las deportaciones que se están viviendo. Entonces ahora ya no hay gente que va hacia Estados Unidos, sino personas deportadas o que han estado varadas esperando en México y ahora regresan hacia el sur.
Se ha dado una nueva dinámica y responder a estos cambios es un desafío. Estas personas vienen en condiciones emocionales muy difíciles, porque hay desesperanza, frustración y todo un tema emocional que les afecta. Está la frustración de no haber logrado su sueño, porque para ellos y ellas ir hacia Estados Unidos era un sueño.
Entonces la atención psicosocial y emocional es un desafío. También en temas de narrativas y comunicación, por los estereotipos y estigmas que se generan en torno a ser «deportado». Nadie quiere decir que es retornado porque se ve como fracaso, y también por toda esta visión que muchos gobiernos han producido: que un retornado es un terrorista o un criminal. Y muchas veces no es así. Hemos visto las redadas que se han dado en Estados Unidos, donde personas saliendo del trabajo o del supermercado han sido detenidas.
También no estábamos preparados, y todavía no lo estamos del todo, para los procesos de integración y reintegración. Hay gente que llevaba veinte años en Estados Unidos y está siendo deportada a Guatemala, Honduras o El Salvador. Ya no tienen arraigo en estos países y tienen que volver a iniciar de cero, algunos incluso con menores de edad.
Son muchos los retos y desafíos. Sobre todo a nivel de red, cómo ir visibilizando estas situaciones y articulándonos para trabajar mejor y atender mejor a estas personas. Pero también no solo atenderlas, sino pensar cómo esto sirve para incidir sobre los Estados y diversos grupos para promover los derechos, porque estamos hablando de derechos y de justicia.
En medio de esa realidad tan dura, ¿dónde encuentran esperanza?
Aunque todo esto genera muchos desafíos porque es muy fuerte la realidad, el reto también es no perder la esperanza y visibilizar las iniciativas que se están realizando de atención y que son replicables. Eso es lo que hemos hecho en el encuentro sociopastoral: visibilizar iniciativas de las que podemos aprender.
Por ejemplo, en Arcatao, El Salvador, se están promoviendo los círculos de fraternidad, donde todos y todas somos hermanos y hermanas, donde ves al otro y a la otra como tu hermano a partir de la encíclica Fratelli Tutti del Papa Francisco. Se generan grupos de reflexión para integrar a los migrantes que están llegando y reflexionar en torno a que todos y todas somos hermanos.
En Panamá también se está generando la integración de niños y niñas para el refuerzo escolar con un programa que se llama Tejiendo Amaneceres. Ya solo el nombre da esa posibilidad de tener el derecho a la educación para niños y niñas migrantes o de familias migrantes asentadas en Panamá.
En Guatemala también se promueve un grupo de mujeres migrantes emprendedoras. A partir de capacitarlas y darles nuevas herramientas, están logrando la posibilidad de tener un ingreso digno, aunque un trabajo formal sería lo ideal. Pero en el contexto donde están, sin papeles y sin encontrar trabajo, esto les permite tener una entrada económica y mejorar sus condiciones de salud y vivienda.
Entonces, en medio de todo eso, hay gente trabajando y aunando esfuerzos, y eso es una esperanza. Posibilita ese deseo que el Papa Francisco nos impulsó: sentirnos y vivirnos todos y todas como hermanos y hermanas, desde esa humanidad que compartimos. La apuesta por la fraternidad universal es lo que nos lleva a hacer todo esto. Y luego también la fe y la justicia, promovidas desde nuestro quehacer como obra de la Compañía de Jesús.
¿Por qué trabajar en red?
Porque solos no podemos hacer mucho; unidos somos más fuertes. Por ejemplo, el bufete de la Universidad Rafael Landívar, en Guatemala, nos ayuda a nivel legal. También hay psicólogos y psicólogas de distintas universidades que están aportando. Está Fe y Alegría con el tema de la educación… Estos son algunos ejemplos.
Entonces, al unir esfuerzos y capacidades de cada una de las obras, el trabajo se vuelve más integral, que es la visión que queremos desarrollar desde la red. Una atención integral no se logra con un solo equipo y menos con pocos recursos. Entonces, aunando esfuerzos desde las distintas obras se logra esa posibilidad de brindar una atención más integral a quienes participan de estos procesos.
Ese es el trabajo en red: que cada obra y cada institución ponga su quehacer en línea de un proyecto común, que es esta misión de acompañar y servir a migrantes, refugiados y desplazados.
*Fotografías: Cortesía RJM CA
