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Hoy celebramos a San Ignacio de Loyola, el peregrino que nos enseñó a encontrar a Dios en todas las cosas y a dejarnos conmover por la realidad del mundo. Que esta fiesta no sea solo memoria, sino también un llamado a mirar con los ojos de la fe, a dejarnos enviar de nuevo y a seguir construyendo esperanza allí donde más se necesita. Compartimos el mensaje de nuestro Provincial, el P. Leopoldo Galdámez, S.J., con motivo de esta celebración.

“El primer punto es ver las personas, las unas y las otras; y primero las de la haz de la tierra, en tanta diversidad, así en trajes como en gestos: unos blancos y otros negros, unos en paz y otros en guerra, unos llorando y otros riendo, unos sanos, otros enfermos, unos naciendo y otros muriendo, etc.” (EE 106).

Una vez más celebramos la fiesta de San Ignacio de Loyola y una vez más damos gracias a Dios por lo que a través de él nos ha dado: un modo particular de vivir nuestra fe y de situarnos en el mundo.  Efectivamente, nuestra celebración la realizamos contemplando nuestro mundo herido y sufriente desde la mirada de Dios. Y con esta actitud contemplamos que unos viven con euforia el mundial de futbol, otros celebran grandes éxitos económicos, avances tecnológicos, conquistas espaciales… mientras que otros viven la zozobra de la vida migrante, expuesta a abusos, atropellos y deportaciones; otros lloran la tragedia del terremoto en Venezuela; otros viven bajo el peso de los gobiernos autoritarios y dictatoriales, que cada vez se imponen más en nuestra región; otros sufren día a día el horror de la guerra, a las que ya casi no dan cobertura los medios de comunicación… otros sencillamente luchan por sobrevivir en condiciones socioeconómicas de miseria e injusticia.  Un mundo complejo, en el cual, a pesar de los maquillajes y anestésicos, no se ocultan el dolor y el sufrimiento.

Contemplamos ese mundo desde la fe y la esperanza. A través de San Ignacio, Dios nos ha llamado vivir la experiencia de ser “puestos” con el Hijo de Dios cargando con la cruz y llamados a servirle. Como bien dice la Congregación General 35, desde esa experiencia nos ponemos con Cristo en el corazón del mundo (CG 35, D. 2, n. 4). Para, desde allí, escuchar en lo más profundo de nuestro corazón “Hagamos redención del género humano” (EE 107). Y así, nuestra celebración no se queda sólo en el recuerdo de un gran hombre, en la formalidad litúrgica o en un compartir fraterno; sino que nos renueva, nos revitaliza y nos impulsa a continuar con nuestra misión.

Nuestra celebración nos invita a contemplar la realidad “con los ojos de la fe, con la visión a la que nos ha habituado la Contemplación para alcanzar amor… y a darnos cuenta que, “Dios actúa en el mundo. Reconocemos las huellas del trabajo de Dios, del gran ministerio de reconciliación que Dios ha comenzado en Cristo, y que se realiza en el Reino de justicia, paz e integridad de la creación” (CG 36, D. 1, n.3). Con esa mirada, acogemos el dolor y el sufrimiento de nuestro mundo y aprendemos a descubrir los signos de vida y esperanza, a través de gestos de cercanía, solidaridad, compasión, ternura, fraternidad… gestos a través de los cuales se hace presente el amor de Dios.

En los pequeños y grandes gestos y acciones de la Iglesia, de la Compañía y de muchos hombres y mujeres de buena voluntad. En el trabajo cotidiano en cada una de nuestras obras, desde el más sencillo hasta el más grande, el Dios de la vida se va haciendo presente para transformar la realidad de muerte; para llevar consuelo y esperanza; para hacer presente su reino. Con esta confianza, contemplamos al mundo en su cruda realidad, reconocemos el valor del trabajo que cada uno y cada una hace y descubrimos la misteriosa acción de Dios; renovamos nuestra esperanza y nuestro compromiso con esa realidad.

Que nuestra celebración sea un agradecer a Dios por este modo de situarnos frente a Él y frente al mundo, un dejarnos llenar de su gracia y un comprometernos más con nuestra misión.

Un abrazo fraterno y feliz Día de San Ignacio.