Conversamos con José España, ingeniero civil salvadoreño beneficiario de una beca gestionada por P. Rafael de Sivatte, S.J. En la entrevista, José nos acerca a un retrato cercano de P. Sivatte, que deja en él y en quienes lo conocieron un legado de compromiso, de entrega y de testimonio del amor de Cristo a través del trabajo por el servicio a los demás.
José España, ingeniero civil salvadoreño de 43 años de edad, no logra construir una oración sin que las lágrimas invadan su rostro. Esta mañana, José está hablando de un hombre al que, dice, considera como su padre.
Cuando logra recomponerse, José ahonda más en el retrato que pretende realizar: hace dos décadas conoció, en su graduación del bachillerato, a este hombre. Lo vio por primera vez, dice, en la mesa de honor, esa comitiva que entrega diplomas, estrecha manos y sonríe para las fotos en estas ceremonias. Este hombre, el que después consideraría como su propio padre, estaba ahí para entregarle algo más que un título, estaba ahí para cambiarle la vida.
Lo conoció cuando era más joven y tenía otras concepciones del mundo. Pensaba, por ejemplo, que no había formación más allá del bachillerato. Pensaba, por ejemplo, que los sacerdotes eran hombres que estaban “allá”, dice, con una expresión burlona, “en el altar, allá arriba”. Pensaba, por ejemplo, que si los sacerdotes estaban “allá”, él y las personas como él estaban “acá”, “abajo”, “con los pecadores”.
El hombre que conoció esa mañana en el Centro Escolar de la Merced, de Fe y Alegría, en Coatepeque, al occidente de El Salvador, era P. Rafael de Sivatte, S.J., jesuita nacido en Barcelona que había llegado a El Salvador por primera vez en la década de los 80 y que se establecería en el país en los 90, movido por un profundo deseo de servicio continuando con el legado de sus compañeros mártires asesinados en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA) en el contexto del conflicto armado salvadoreño.
Este hombre le enseñaría, con el paso del tiempo, que hay más por aprender. Y que los religiosos, que los sacerdotes, son iguales al resto. “Hermanos, amigos”, agrega José.
José, ¿Cómo fue su primer encuentro con P. Sivatte?
Fue en nuestra graduación de bachillerato, en 2003-2004. Él estuvo en la mesa de honor. Si no me equivoco, la promoción fue nombrada en honor al Padre Melvin o al mismo Padre Sivatte. En ese momento todavía era un encuentro formal: nos saludó, nos entregó el título… y nada más. La cercanía vino después, en la UCA.
¿Qué cambios hubo en su vida al recibir la beca?
Fue un cambio enorme. En el campo lo normal era terminar noveno grado o, con suerte, bachillerato. Con la beca, nuestras metas se ampliaron: estudiar una carrera universitaria, soñar más allá. Yo opté por ingeniería civil, otros por derecho, comunicación o contabilidad. Nos abrió un horizonte nuevo.
¿Cómo influyó el acompañamiento del Padre en esos primeros años de universidad?
Muchísimo. Él sabía que veníamos con muchas deficiencias académicas y estuvo pendiente de nosotros. Nos visitaba en la casita, se aseguraba de que tuviéramos refuerzo en matemáticas o lenguaje. Siempre estaba animándonos.
¿Tuvo momentos de duda o de querer rendirse?
Sí, sobre todo en los últimos ciclos. Recuerdo una vez que fui a decirle al Padre: “Ya no voy a seguir”. Estaba cansado, temía perder materias y atrasarme un año. Él me escuchó, me animó y me abrazó. Me dijo que ya estaba por terminar y que no podía echarme para atrás. Ese día fue decisivo para seguir adelante.
¿En qué momento pasó a ser casi parte de su familia?
Con el tiempo, la relación cambió: ya no era “el que nos beca” sino alguien de la familia. Podíamos contarle problemas de la casa, pedirle consejos, confiar en su palabra. Nos visitaba, compartía con nosotros, y también nos abría su tiempo aunque estuviera ocupado. Conoció a mi esposa y a mis hijos. Con mi hijo mayor tenía un cariño especial. Incluso bautizó a mi hijo menor. En mi casa lo recibíamos con mucha alegría, siempre le preparábamos sus comidas favoritas: carne de cerdo o mariscos.
¿Hay alguna anécdota que refleje su manera de acompañarles?
Muchas. Una de las más bonitas eran las convivencias en la playa: él nos decía “ustedes diviértanse, ya terminaron el ciclo”. Nos compraba pelotas y redes de voleibol y se sentaba feliz a vernos jugar. También en las reuniones de la casita participaba como uno más. Nos hizo sentir que los religiosos no estaban “allá arriba”, sino cercanos, como hermanos.
Si tuviera que quedarse con una enseñanza del Padre Sivatte, ¿cuál sería?
La entrega incondicional a los demás. Él nunca se guardó nada: ni en los momentos de enfermedad dejó de dar clases, de celebrar misa, de acompañarnos. En él se cumplía de verdad el lema ignaciano: “En todo amar y servir”.
