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El Colegio Loyola, en Guatemala, celebra hoy 68 años de fundación. Carlos Herrera, S.J., jesuita en formación que desarrolla su Magisterio en el colegio, comparte hoy un retrato de la comunidad educativa en ocasión del aniversario a la luz de su acompañamiento: una comunidad marcada por la identidad ignaciana que demuestra hoy, seis décadas después de su fundación, que Dios continúa construyendo el Reino en esta misión educativa.

Llegué al Colegio Loyola Guatemala hace un año, enviado a una misión que desde el inicio se me presentó como exigente y, al mismo tiempo, llena de promesas. Mi magisterio se ha ido configurando, desde el comienzo, en torno a la vida pastoral, pero con varios matices: primero como docente de Formación Cristiana, luego también de Ética y Filosofía; como maestro tutor de estudiantes de último año de bachillerato; como encargado de la formación de maestros acompañantes de secundaria en temas vinculados a la espiritualidad y al acompañamiento ignacianos; y, actualmente, como coordinador de la pastoral del colegio.

El Colegio Loyola es, probablemente, uno de los colegios de nuestra Provincia Centroamericana donde la identidad ignaciana se ve con mayor explicitud. Se encuentra uno por todos lados el monograma de la Compañía, la frase Ad maiorem Dei Gloriam y el rostro de San Ignacio, infaltable en cualquier colegio “Loyola”. Los estudiantes crecen con esta identidad a su alrededor, y esa identidad se convierte para ellos en un modo concreto de ser. Por eso creo que las experiencias que se ofrecen, digamos, espirituales, tienen tanto éxito, porque permiten que estudiantes y colaboradores conecten con lo más hondo de su ser y, al mismo tiempo, se encuentren con un Dios que no puede sino amarlos.

Desde el inicio de mi misión han resonado en mí las palabras del Padre Provincial cuando me destinó: “A cuidar la presencia y la figura”. Una invitación que remite a aquella intuición tan profunda de san Juan de la Cruz: que no hay otra vía para curar la dolencia del amor. He intentado que esa sea la tónica de mi paso por este colegio: presencia y figura, escucha atenta y palabra que anima. Y también he podido experimentar cómo esa misma presencia me ha sido ofrecida por otros cuando el peso de la carga se ha hecho difícil. La presencia y la figura de los demás alivian el cansancio y sostienen el camino.

Para mí, el magisterio podría resumirse así: poner la mente, el corazón y las manos en el momento presente para transformarlo en algo mejor. En el Loyola se vive con mucha intensidad. Es una gran escuela para cualquiera que desee un magisterio retador. Aquí he experimentado profundas alegrías y consolaciones, pero también situaciones complejas que han exigido de mí atención fina y, sobre todo, la gracia de saber ponerme en manos de Dios.

Celebrar un aniversario de fundación es reconocer que una obra educativa como el Colegio Loyola sigue siendo hoy un lugar donde Dios continúa construyendo su Reino. Acompañar ese camino, desde la misión que se me ha confiado, es una gracia que agradezco profundamente.