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En el camino vocacional de Alejandro Cardoze, S.J., el llamado de Dios germina y acompaña en el rostro de amigos. Hoy, tras su reciente ordenación diaconal, Alejandro vuelve la mirada al inicio para reconocer que la esperanza que lo sostiene nace de la comunidad, entre amigos. Una esperanza que le acompaña en el futuro de su caminar en misión.

Alejandro Cardoze, S.J., señala dos momentos clave en su proceso vocacional. Al primero lo llama una «semilla» que plantó una tía abuela con la que creció y que, dice, influyó en la relación temprana que tenía con Dios. Un primer momento de la Buena Noticia de Jesucristo que se quedó ahí, a medida iban pasando los años.

Recientemente, Alejandro recibió, en España, la ordenación diaconal junto a Mariano Sequeira, S.J., otro compañero centroamericano. Hoy, posterior a este paso tan importante en la vida jesuita, Alejandro hace memoria del inicio, de lo que lo trajo hasta este momento. Porque para hablar de la esperanza en lo que viene, es necesario también regresar al origen. Un origen que, dice, continúa acompañándole en la misión, en los miedos, en los planes a futuro: la vocación que nació entre amigos, en compañía. Un factor que, hasta hoy, continúa presente ahí donde va.

Un primer momento de tu vocación, dijiste, viene de familia. ¿Y el segundo?

En la universidad conocí a un grupo de muchachos. Muy diverso: gente de otros movimientos, de otras iglesias. Y en esta diversidad me marcó el compromiso de ellos con sus comunidades. Yo me decía «Bueno, ¿por qué razón yo sigo siendo un católico de domingo y no doy un paso en compromiso mucho más serio en mi vida de fe que sirva para los otros?». Entonces, en este sentido, yo digo que este grupo de amigos influyó para que la primera semilla que había sembrado mi tía abuela empezara a crecer, al punto de que, de aquí, surgiría el fruto de mi vocación en la Compañía de Jesús.

Terminé la universidad y, a raíz de los cuestionamientos, de ir conversando con ellos, de ir viendo sus servicios y compromisos con sus comunidades, yo me decidí a entrar a una de estas en mi parroquia. Entonces, es por por esta razón es que digo que realmente para mí estos amigos y que los sigo conservando fueron clave fundamental, digamos que de alguna forma fueron la gota que hizo que la planta al final diera el fruto necesario.

Para mí es también bastante significativa la diversidad de este grupo. Ahí pude ver cómo Dios se manifiesta y hace su trabajo en el mundo en distintas formas a las que, a veces, hay que prestarles oído… Una anécdota que puedo contar es que una vez conversando con este grupo yo recuerdo decirles «Bueno, pero es que yo siento que para Dios soy una X, porque es que yo no tengo ningún tipo de manifestación o ningún tipo de relación especial con Dios, así como los escucho a ustedes»… Y, bueno, al cabo de los años, ahora me dicen «Bueno, mira dónde terminó la X de Dios». (Risas)

Y en medio de toda esta diversidad, ¿por qué la Compañía de Jesús?

Vamos a decir que antes de conocerla, yo tenía esta imagen «cliché» de la Compañía de Jesús: que eran «la izquierda», los «intelectuales» de la Iglesia, que los «comunistas» (risas)… No conocía, ciertamente, qué era la Compañía. Y en este tiempo en mi parroquia, cuando ya empezaban mis dudas, aquello que me inquietaba, yo le dije al párroco que necesitaba un proceso de discernimiento… Y mira que, en ese entonces, no conocía del discernimiento… Yo ni me planteaba a ser religioso, ni me planteaba a ser cura, estaba bastante lejos de mi horizonte. Así entré en la pastoral vocacional que me llevó a asistir a una feria en la que conocí a la Compañía de Jesús.

¿Cómo fue ese encuentro?

Un 21 de abril: siempre lo recuerdo porque es el día del Buen Pastor. Recuerdo que en la feria vocacional estaba un grupo de jesuitas. Lo primero que saltó a mi vista fue que se veían muy normales (risas)… «¿Por qué no andan de hábito?», pensé… Y es que uno de ellos me contó que llegaba de acompañar unos retiros. Y ahí conocí de los Ejercicios Espirituales: una experiencia que me pareció increíble, porque entre más conocía a Dios, me parecía que más me iba conociendo a mí mismo y encontrándome más con los demás. Ahí, junto a la visión de una fe comprometida para ir haciendo a la gente más partícipe del Reino, fui haciendo el clic.

Creo que lo que más rescato es esa dimensión que no se quedaba solo en lo ritual, sino que me abría a salir al encuentro de las personas. Esto, para mí, fue un regalazo que me hizo la Compañía.

Entraste, ibas en camino. ¿Hubo alguna vez duda, miedo?

Visto hoy, pareciera que nunca lo hay… Pero sí, desde el principio. Cuando entré, yo estaba en un momento de estabilidad: trabajaba en lo que me gustaba, estaba muy bien. Cuando empieza aquel gusanito de «hay algo más en todo esto», empieza un proceso de estira y encoge, empiezo a preguntarme a razón de qué yo debería de cambiar lo que estoy viviendo ahora cuando, en teoría, era también parte de la voluntad de Dios… Por qué cambiar planes

Es como lanzarte al vacío… Y digamos que es una de las cosas que sigue latente, porque en el camino del seguimiento las riendas de la vida no las lleva uno… Pero afrontar esto ha sido, para mí, desde la oración, desde creerle a Dios. Y otro elemento importante es quiénes nos acompañan en el camino, porque cuando expresás este miedo a algún acompañante, realmente aparecen desde otra perspectiva y a uno como que le quita toda esa perspectiva de grandes monstruos que aparecen.

Y hoy, después de la ordenación, ¿Qué esperás del camino que viene?

En el Noviciado, un jesuita me marcó cuando me dijo que el sacerdocio debíamos vivirlo desde el momento cero, que no debíamos esperar a que nos impusieran las manos para vivir la dimensión sacerdotal del camino jesuita. Y creo que he vivido esto desde la cercanía con la gente, esto ha significado, para mí, vivir la dimensión diaconal siempre. Yo creo que ahora, vamos a decirlo, se ha ratificado esto.

Ahora toca, además de acoger el don, seguir comprometiéndose más. Implica fidelidad, doblar rodilla no solo para pedir la gracia, sino para siempre permanecer a los pies de la gente. Es buscar cómo seguirle diciendo «sí» al Señor, cómo vivir con la toalla ceñida, así como Él en la Última Cena, para seguir lavando los pies a la gente. Creo que es un momento de poner a prueba la disponibilidad de servicio a la gente y no de servirme a mí mismo, no de servir a mis ideas, no de servir a mis gustos, no de servir a mi tiempo, sino estar realmente disponible para los demás, guardando un sano equilibrio siempre también.

Creo que tener claridad. Que nunca se me olvide que, al final, ser diácono no es algo para mí, sino para la gente.