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Acompañar Ejercicios Espirituales no se trata de forzar ni marcar el camino de otros, sino de aprender a escuchar, respetar los tiempos y dejar que sea Dios quien actúe: Así lo vive P. Mario Miguel Gutiérrez, S.J., director del Centro de Espiritualidad Ignaciana Arena Blanca, en Honduras, quien hoy comparte su experiencia de acompañar procesos interiores de pausa en contextos acelerados y complejos.

P. Mario Miguel Gutiérrez, S.J., director del Centro de Espiritualidad Ignaciana (CEI) Arena Blanca en Honduras, describe la espiritualidad como una «fuerza interior»: aquella fuerza que deberíamos de tener para realizar nuestros ideales, explica. Esta fuerza, unida a la mística de de San Ignacio de Loyola, constituye el núcleo de la espiritualidad ignaciana, la misión central de Arena Blanca.

Arena Blanca se dedica a transmitir la experiencia de esta espiritualidad. P. Mario Miguel se encarga, además de la dirección del centro, del acompañamiento de esta experiencia: «Nos dedicamos a ofrecer herramientas espirituales que ayuden a las personas a ver con claridad hacia dónde Dios quiere llevarles. A descubrir la voluntad de Dios en sus vidas», explica.

El CEI apuesta por ofrecer esta experiencia más enmarcada en la cotidianidad, dirigida también a laicas y laicos. «Porque, creo, hoy más que nunca tenemos necesidad de profundizar en la vida, sobre todo en tiempos complejos o de convulsión», dice P. Mario Miguel.

Acompañar Ejercicios Espirituales es, para él, una experiencia que conlleva retos y esperanzas. Los retos, cuenta, recaen en encontrar la forma de dejar que sea Dios el que guíe a la persona y que el acompañante sea, más bien, un instrumento de su voluntad. Y, de este reto, de esta escucha de voluntad, nace la esperanza del acompañamiento espiritual: «surge un nuevo modo de evangelizar. Una forma de ver cómo Dios va mostrando la ruta de vida para una persona«. Esto, dice, es valioso.

El acompañamiento espiritual desde la espiritualidad ignaciana ofrece hoy un espacio para detenerse y escuchar. No para dar respuestas inmediatas, sino para acompañar procesos, respetar ritmos y abrir caminos de discernimiento. Acompañar, desde esta perspectiva, no es conducir la vida de otros, sino confiar en que Dios sigue actuando en lo profundo de cada historia. Y es precisamente aquí, en este acompañar discreto y fiel, donde la espiritualidad ignaciana encuentra su raíz.