Educador, lector voraz y narrador de historias: repasamos el camino del sacerdote salvadoreño que cumple medio siglo en la Compañía de Jesús este 2026, una vida marcada por las aulas, los libros, la memoria y las personas que se niega a olvidar.
En los últimos años, el jardín de la comunidad se ha convertido para José Aníbal Meza Tejada en una escuela inesperada. Allí riega, poda y espera cada nueva flor con paciencia. En esa afición reciente parece resumirse algo de su propia vida: después de medio siglo entre libros, aulas, comunidades y amistades, este jesuita salvadoreño sabe que acompañar es también respetar el tiempo que cada persona necesita para crecer.
José Aníbal nació en Aguilares, al norte de El Salvador, el 31 de agosto de 1955. Entró en la Compañía de Jesús en Panamá el 30 de marzo de 1976; estudió Filosofía en México y Teología en San Salvador; fue ordenado sacerdote en 1987 y desarrolló su trabajo en distintos países de Centroamérica. El hilo que une esa trayectoria, sin embargo, había empezado antes, entre palabras y personas.

La infancia de Aníbal transcurrió entre las conversaciones de la panadería y la pequeña tienda de su madre, Angelina Tejada, y el trabajo cotidiano en el taller de su padre, José Aníbal Meza, carpintero y uno de los fundadores del equipo de fútbol del pueblo. En aquel Aguilares, la vida giraba alrededor de la iglesia, el parque y el mercado, dentro de una comunidad cercana y de fe sencilla. Una de sus abuelas encomendó al pequeño Anibal a san Martín de Porres, un gesto que él recuerda con naturalidad y gratitud.
Los jesuitas llegaron después. Asumieron la parroquia, visitaron comunidades y promovieron campañas de alfabetización. Aníbal se incorporó siendo todavía joven. Enseñó a leer a los delegados de la Palabra para que pudieran acercarse directamente a la Biblia y más tarde coordinó a otros alfabetizadores. Aquella experiencia temprana le permitió descubrir el camino que orientaría su vida: acompañar a otros en el aprendizaje y ayudarlos a comprender lo que parecía indescifrable.

El llamado a la vida religiosa llegó sin señales extraordinarias. Un jesuita le preguntó si había considerado ingresar en la Compañía de Jesús. Aníbal reconoció que la idea había pasado por su mente y aceptó participar en un retiro. Aquel paso sencillo inició un camino que ya cumple 50 años. La vida del noviciado dio continuidad a lo aprendido durante la alfabetización: acompañar y confiar en la capacidad de cada persona para encontrar su propio camino.
Del noviciado recuerda especialmente al padre Néstor Jaén. Lo marcó su manera de acompañar, reconocer lo mejor de cada persona y ayudarla a desarrollarlo. De él aprendió que la libertad debe ir unida a la responsabilidad y la creatividad. Con el tiempo, esa enseñanza orientó su forma de educar y de ejercer la autoridad.
México amplió ese aprendizaje. En Filosofía encontró aulas organizadas como seminarios: había que leer antes de hablar, discutir, argumentar y hacerse cargo de las propias ideas. También conoció a chilenos y argentinos que habían huido de las dictaduras del Cono Sur. El exilio, hasta entonces una palabra de periódico, adquirió voz y rostro. Más tarde, con la guerra instalada en El Salvador, colaboró durante sus estudios de Teología en la catequesis y el acompañamiento de familias refugiadas, entre ellas las del refugio de Betania.
Fue ordenado sacerdote el 19 de diciembre de 1987 por monseñor Arturo Rivera y Damas, en la capilla del Hospital Divina Providencia. Diez años después pronunció allí sus últimos votos. Durante los diez años que separaron ambas ceremonias, la educación se consolidó como el centro de su trabajo. En el Colegio Externado de San José fue profesor, acompañó a los estudiantes y asumió responsabilidades de gestión. Para él, estas tareas formaban parte de una misma misión: crear las condiciones para que los jóvenes pudieran aprender y crecer.
Cuando le pidieron dirigir el Externado por primera vez, quiso prepararse. Conocer por dentro un colegio no le parecía credencial suficiente para gobernarlo. Hizo un diplomado en gestión de colegios jesuitas y, más adelante, pidió tiempo para estudios especiales. Su inclinación era la literatura, pero la necesidad de la Provincia era otra. Eligió una maestría en Administración Educativa en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Para él, aquella decisión no significó abandonar sus intereses, sino encontrar una forma distinta de contribuir a la misión común.
Su trabajo educativo asumió formas diversas. Fue profesor de literatura, ética, orientación cristiana y estrategias de lectura; profesor universitario y acompañante espiritual; promotor vocacional, y delegado en temas de educación. Durante cerca de dos décadas fue rector del Colegio Externado de San José, en dos periodos; del Colegio Centro América de Managua; y del Instituto San José de Honduras. También coordinó el sector de colegios de la Provincia y fue delegado ante la Federación Latinoamericana de Colegios de la Compañía de Jesús. Cuenta, entre risas, que dirigir un colegio tuvo una consecuencia inesperada: pronto le encargaron otro, y después otro más.

Desde antes de ingresar a la Compañía, hasta los años de mayor responsabilidad en ella, los libros nunca dejaron de acompañarlo. Uno de los primeros que lo marcaron fue Ana Karenina, prestado por una amiga que estudiaba en San Salvador. Luego llegaron Saint-Exupéry y los volúmenes que los jóvenes jesuitas compartían con él. Su camino como lector nació de una cadena de encuentros y libros prestados. Por eso, en su memoria, cada obra permanece unida al rostro de quien se la dio a conocer.
La literatura acabó siendo más que una afición. Estudió Letras en la Universidad Centroamericana y elaboró, junto con un compañero, una tesis sobre las novelas de Manlio Argueta. Entre sus maestros cita a Francisco “Paco” Escobar y al pintor e historiador del arte Roberto Huezo, a quienes resume con una palabra que para él tiene peso: humanistas. De aquellos años conserva también la historia de un trabajo sobre la capilla del Externado que se perdió entre mudanzas. Pareciera que la pérdida de ese escrito importa menos que el aprendizaje que le dejó.
Cada vez que llega a un país, busca a sus escritores. Cree que una novela, un poema o una carta revelan cosas que no aparecen en los informes. Chile, por ejemplo, existía en su imaginación antes de que viviera allí: en Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Violeta Parra y la memoria de Salvador Allende. Ya instalado, leyó el epistolario de Mistral. Otros conocen un lugar mediante monumentos y estadísticas; él procura entrar por las historias que una sociedad cuenta sobre sí misma.
Esa costumbre pasó al aula. La literatura no es para él un inventario de autores, sino una conversación sobre la condición humana. Un poema de Mistral, un relato de García Márquez o los versos de Miguel Hernández pueden iluminar una discusión sin convertirse en una demostración de erudición.
Quienes lo conocen suelen destacar también su memoria. Aníbal ha sabido cuidar amistades durante décadas y es capaz de recordar conversaciones y pequeños detalles que otros creían olvidados. Guarda nombres, fechas, conversaciones y escenas, pero la precisión no es lo más llamativo, porque su memoria no parece solo un archivo de datos, sino un registro de rostros. Recordar es, en su caso, una manera de decir al otro que todavía ocupa un lugar.
De ahí nace otra de sus cualidades: contar historias. Dice que la heredó de su madre. Rara vez presenta un hecho en línea recta; introduce un personaje lateral, rescata un gesto y deja que la escena complete lo que las ideas no podrían. Sus relatos no suelen terminar en él, sino en quienes encontró por el camino.
La amistad ha sido una parte central de su vida. A lo largo de los años ha mantenido vínculos con compañeros jesuitas, laicos y laicas, y antiguos alumnos de distintos países. Agradece a la Compañía de Jesús la oportunidad de haber conocido a tantas personas y saber que su vocación también se ha construido con otros. Quizá por eso su manera de educar siempre estuvo unida a la cercanía y al esfuerzo por hacer que cada persona se sintiera vista y acompañada.
También habla con serenidad de las dudas que ha tenido a lo largo de su vocación. Algunas surgieron cuando las tareas administrativas le restaron espacio a aquello que daba sentido a su trabajo y tuvo que volver a sus motivaciones iniciales. No se considera un místico, pero dice haber reconocido a Dios en las personas y en la literatura.
Al celebrar sus 50 años en la Compañía, reúne los recuerdos de las aulas, los equipos de profesores, los colegios que dirigió, los programas que coordinó, los libros que recibió y fue incorporando a su biblioteca, y las amistades cultivadas durante décadas. En la actualidad, continúa sirviendo desde la docencia de gramática, lenguaje y redacción. A ese recorrido se ha sumado recientemente la jardinería, una afición que le ofrece un espacio cotidiano de cuidado y contemplación.

Cuando se le pregunta qué diría a un joven que se plantea la vida religiosa, guarda silencio unos segundos. “Que viva”, responde con claridad y sencillez. Después añade: “Y que, si se siente llamado a servir, dé el paso”. La imagen final es la de Anibal ante sus plantas, consciente de que ninguna de ellas florece antes de tiempo. Tras 50 años como jesuita, sigue confiando en la vida, acompañando sus procesos y respetando el tiempo que cada uno necesita para crecer.
