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Tres años después de la confiscación de la Universidad Centroamericana (UCA) de Nicaragua, un antiguo estudiante y colaborador recuerda la institución que fue, las voces que ayudó a formar y una universidad que, aunque despojada de sus espacios, continúa viva en quienes llevan consigo su legado.

El 15 de agosto de 2023, el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo confiscó la Universidad Centroamericana (UCA) de Managua, una de las instituciones académicas más importantes de Nicaragua y un referente regional por su aporte a la educación, la investigación y el análisis de la realidad social. La decisión puso fin, de manera arbitraria, a décadas de trabajo universitario y significó también la desaparición de espacios fundamentales para la vida intelectual del país, entre ellos centros de investigación, archivos y publicaciones que habían contribuido a comprender la historia reciente de Nicaragua y Centroamérica.

A tres años de aquel episodio, conversamos con Diego*, antiguo estudiante y colaborador de la UCA, quien actualmente continúa su carrera como investigador desde el exterior. Desde sus recuerdos, reconstruye algunos de los momentos que marcaron la historia de la universidad: su papel como voz crítica frente a distintos períodos autoritarios, su compromiso con sectores históricamente excluidos y su participación en las movilizaciones que comenzaron en 2018. También recuerda la revista Envío, el IDEUCA y el IHNCA, así como aquellos espacios cotidianos, los almuerzos, las conversaciones y las amistades, que hicieron de la UCA mucho más que una institución académica. Y propone una imagen para comprender su presente: una universidad que sobrevive «en las catacumbas», porque su espíritu continúa en sus estudiantes, profesores, investigadores y colaboradores.

¿Tres hitos históricos de la UCA que quisieras recordar?

A pesar de no haber sido una institución centenaria, como otras en la región, y de haber vivido relativamente «poco», la UCA tenía un bagaje tremendo de implicaciones políticas, sociales, culturales y contribuciones científicas al país en muchas dimensiones. Quisiera subrayar que era algo que se respiraba, se tenía muy presente, y creo que motivó muchísimo a las acciones y los hitos que yo tuve la oportunidad de vivir.

En esa línea, yo destacaría que se hablaba muchísimo de la UCA como una voz democratizadora de la vida en Nicaragua. Sobre todo, por ejemplo, en los contextos autoritarios de la primera dictadura del siglo XX: la de la familia Somoza. La UCA sí fue muy beligerante. Originalmente sí tenía algunas conexiones con esta dictadura, pero, posteriormente, se distanció y muchos de sus estudiantes fueron muy críticos de esto y ese, por supuesto, es resultado de la visión y educación que la UCA daba. Algunos de los estudiantes y colaboradores fueron parte de los procesos revolucionarios que llevó a destronar esta dictadura en 1979. Ahora con errores cometidos y lecciones aprendidas, por supuesto, porque también hubo acercamientos que hoy consideramos cuestionables con la revolución sandinista… Pero sí creo que este es el primer hito que yo mencionaría: que la UCA ya había tenido experiencia con una dictadura y fue muy crítica con esta.

Otro hito relevante ocurre cuando el país empieza a moverse a dinámicas más neoliberales y de exclusión de de amplios sectores de la sociedad en los años 90, principios de los 2000. En este período, la UCA fue una institución capaz de poner dentro del debate político voces que no estaban siendo escuchadas dentro de esa avalancha de políticas neoliberales. En esta misma línea, podemos mencionar también otro hito que lleva a la confiscación de 2023: cuando Daniel Ortega regresa al poder en 2007. La UCA tenía una postura bastante crítica y reservada de los excesos del sandinismo desde el primer momento, y los estudiantes eran bastante críticos de este contexto.

Ya entre 2010 y 2013, yo ya veía organizaciones y grupos de estudiantes que protestaban contra excesos, políticas que parecían injustas o implementaciones de normativas que claramente avanzaban al autoritarismo. En 2018, cuando se implementa la reforma a la seguridad social en el país, estudiantes y colaboradores de la UCA empiezan con movilizaciones a las que otros sectores se fueron uniendo y que originaron las protestas masivas que concluyeron en la crisis que aún enfrenta el país: la completa consolidación autoritaria del régimen de Ortega.

¿Tres instituciones de la UCA que quisieras rescatar?

Uf, solo tres está difícil… Las menciono solo para realizar el ejercicio, pero no disminuyo la importancia de otras. En primer lugar viene a mi mente la revista Envío: una revista con profunda trayectoria de análisis sociopolítico, cultural, económico, diplomático dentro de Nicaragua y la región centroamericana y que recogió voces de muchísimas personas a lo largo de las décadas. Es, sin duda, un vacío que pesa muchísimo, porque era como un compás mensual para analizar la trayectoria del país. Incluso funcionaba como una especie de oráculo en muchos sentidos, porque si hacemos un trazo de los volúmenes podemos ir viendo la historia del país y varias advertencias, casi como «profecías», que se fueron cumpliendo.

En segundo lugar, el Instituto de Educación de la UCA (IDEUCA), que trabajaba activamente con investigaciones sobre educación en la línea de buscar una educación integral: mejores profesionales, pero también mejores personas, con visión profunda. En algún momento, de buena voluntad, participó en espacios con el Ministerio de Educación. Posteriormente el IDEUCA fue desplazándose de estos por la voz crítica que manejaba. Creo que es esta voz, precisamente, la que conviene rescatar.

Un tercer nombre es el Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica (IHNCA). He tenido la oportunidad de estudiar en el exterior y sí debo remarcar que me sorprende la cantidad de investigadores y centroamericanistas de distintas latitudes y espacios en los que he participado que tenían conexiones, bebían de sus insumos y lamentaron muchísimo la pérdida de ese instituto. Era un repositorio de información histórica como ningún otro en Centroamérica y contribuyó a muchísimas investigaciones, no solamente Nicaragua, sino, como digo, en todas las latitudes.

Y para cerrar: tres recuerdos de la UCA que siempre llevás con vos.

Quizá lo cotidiano.

No tengo un lugar específico, pero menciono primero los almuerzos. Me hacen muchísima falta. Después de investigaciones, clases o discusiones, eran espacios de profunda convivencia, análisis… Cuestiones que no hallás en los libros, pues: interacciones con gente muy capaz.

Y en esta misma línea pero en términos más humanos, las interacciones, los amigos. Yo venía de estudiar en el Colegio Centro América, y, ciertamente, sí hay como un perfil muy «cerradito» de nosotros, los estudiantes… Entonces, para mí, ir a la UCA fue como romper esta burbuja para toparme con amigos de todas partes del país, distintos acentos, distintas condiciones socioeconómicas, acercarnos, visitar nuestras casas. Ese tipo de cosas que no se planifican, pero que suceden en espacios como la UCA. Son colegas, amigos que hoy forman parte de mi red.

Creo que, aunque trágico, también quisiera incluirlo: cuando estábamos ahí, en esa noche del 18 de abril de 2018, cuando iniciaron las protestas y la crisis en el país. Estábamos descontentos con la injusticia, con la reforma a la seguridad social, pero protestábamos en una cuestión pacífica, tranquila, entre compañeros y profesores. Recuerdo cómo miembros de la Juventud Sandinista (de esos brazos represores del Gobierno) empezaron a cercarnos, a lanzarnos piedras y tuvimos que refugiarnos en el campus.

Recuerdo que yo corrí hacia la Facultad de Humanidades. Escuchaba las pedradas, vidrios rotos, gritos… Lo menciono porque, para mí, fue darme cuenta de que estaban violando algo sumamente sagrado: la autonomía universitaria. No dimensioné en ese entonces que ese momento en particular iba a desembocar en la confiscación de hace tres años. Lo recuerdo como algo trágico, sí, pero creo que también como una consecuencia del estilo de la universidad, siempre consecuente con lo que decía y hacía.

Y quiero agregar un cuarto, porque creo que es algo que no se menciona cuando hablamos de la confiscación de la UCA, y es que la Universidad está «sobreviviendo en las catacumbas»… Yo siempre hago una analogía a la historia de la Compañía de Jesús, en el momento de la supresión de 1773. Es verdad que la suprimen, pero muchos jesuitas sobreviven en Rusia. En este sentido, creo que la analogía histórica también ayuda a entender lo que está sucediendo hoy con la UCA: fue suprimida de forma arbitraria, completamente robada, pero mucho de su personal, estudiantes, profesores, investigadores, estamos, digamos, en catacumbas. En distintos espacios también sobreviviendo y haciendo cosas. Entonces, de alguna manera, con nosotros la UCA sobrevive bajo esa dinámica.

*Se utiliza un seudónimo para proteger la identidad del entrevistado.