Las universidades jesuitas de Centroamérica nacieron para responder a las necesidades educativas de una región en transformación y, con el paso de los años, consolidaron una identidad marcada por la excelencia académica y el compromiso con la fe, la justicia y los sectores más vulnerables. Ante los 50 años de nuestra Provincia, P. Mario Ernesto Cornejo, S.J., muestra en este recorrido por su historia cómo, frente a los desafíos políticos y sociales de ayer y de hoy, su misión sigue siendo poner el conocimiento al servicio de la dignidad humana y el bien común.
Por Mario Ernesto Cornejo, S.J. – Rector de la UCA El Salvador
Durante las décadas de los cincuenta y los sesenta, los gobiernos centroamericanos impulsaron la consolidación del mercado común; a nivel latinoamericano, estaba en auge el modelo de industrialización por sustitución de importaciones. En este contexto, ante la creciente necesidad de formar profesionales competentes la Compañía de Jesús, con su larga experiencia educativa, decidió fundar una universidad centroamericana, con sedes en algunos países del istmo.
Esa decisión cristalizó en la creación de la Universidad Centroamericana (1960) en Nicaragua, la Universidad Rafael Landívar (URL, 1961) en Guatemala y la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA, 1965) en El Salvador, cada una independiente de las otras debido a las restricciones de las legislaciones nacionales. Así inició la historia universitaria jesuita en Centroamérica, caracterizada por el compromiso con la calidad académica y, unos pocos años después, por un creativo y
profundo compromiso social, enriquecido por los cambios sociales y eclesiales de la década de los sesenta.
Bajo el mismo contexto, en la Iglesia Católica, el Concilio Vaticano II llamó a escuchar las esperanzas y angustias de las personas, especialmente de las más pobres. En Medellín, los obispos latinoamericanos asumieron la opción preferencial por los pobres. El entonces superior general, Pedro Arrupe, promovió la renovación de la Compañía en esa misma línea, de tal forma que la Congregación General 32 formuló la misión jesuita en torno al binomio “fe y justicia”. Así, en1969, los jesuitas de la viceprovincia centroamericana atendieron dicho llamado, en unas sociedades latinoamericanas cada vez más conscientes de las
desigualdades e injusticias, así como de la capacidad organizativa de la ciudadanía para cambiar esta situación en dirección de la dignidad humana y el bien común.
En 1976, año de la fundación de la provincia centroamericana de la Compañía de Jesús, las universidades jesuitas de la región renovaron su vocación universitaria poniendo lo mejor de su quehacer al servicio de la sociedad en la que estaban presentes. En Nicaragua, la UCA de Managua dio un voto de confianza al gobierno revolucionario sandinista, pero de una manera crítica y fiel a su autonomía universitaria. En Guatemala, la Universidad Rafael Landívar optó por un proceso de consolidación y expansión institucional, el cual le permitió llevar la educación superior a zonas campesinas e indígenas. En El Salvador, la UCA desarrolló un posicionamiento universitario profético ante las injusticias estructurales y las grandes violaciones a los derechos humanos que sufrían las mayorías empobrecidas.
Al igual que Jesús de Nazaret, en diversos momentos de su historia, las universidades jesuitas se han vuelto objeto de sospecha, persecución y violencia por su solidaridad con los más pobres. En 1989, seis jesuitas y dos colaboradoras fueron asesinados en la UCA de El Salvador por el ejército salvadoreño. En 2022, la UCA de Managua fue cerrada por no plegarse a los deseos e intereses de la dictadura Ortega-Murillo. Actualmente, no son pocas las tensiones que enfrenta la Universidad Rafael Landívar por su participación honesta e independiente en órganos colegiados para la elección de funcionarios de segundo orden.
En el presente, la URL y la UCA enfrentan los retos de toda institución de educación superior: una fuerte competencia en el mercado educativo, la mejora continua de la calidad académica, el decrecimiento demográfico y, como una vuelta al pasado, el creciente acoso por parte de sectores del poder político y/o económico. De aquí, para muchos, surge la preocupación sobre cómo sobrevivir, cómo mantener la relevancia y capacidad de influencia.
Si volvemos la mirada a la historia aquí compartida, cualquiera que sea la respuesta que se dé a esas interrogantes, las universidades jesuitas centroamericanas deben mantener en el centro las esperanzas y angustias de las personas desfavorecidas, y dar el mejor servicio universitario a los pueblos de la región. Hoy vuelve a ser urgente un honesto y evangélico posicionamiento ante las grandes problemáticas sociales. Inspiradas en Ellacuría, la URL y la UCA han de cargar y hacerse cargo de la realidad centroamericana con el fin de dar una voz universitaria a quienes más sufren la injusticia y ofrecer soluciones creativas y conformes a la dignidad humana y al bien común.
