La parroquia hondureña fundada por los jesuitas en 1976 celebra este 15 de mayo su fiesta patronal entre el recuerdo de los mártires del pasado y el reclamo de justicia por los líderes asesinados en el presente: un camino de historia, resistencia y fe desde las comunidades.
En Tocoa, las campanas nunca han sonado solo para llamar a misa.
Han repicado después de entierros, durante marchas campesinas, tras amenazas militares y también en días de fiesta popular. Este 15 de mayo de 2026 volverán a escucharse en honor a San Isidro Labrador, patrono de quienes trabajan la tierra. Pero, en el Bajo Aguán, incluso las celebraciones religiosas cargan memoria.
La parroquia San Isidro Labrador llega a su fiesta patronal atravesada por una historia de más de medio siglo donde se mezclan evangelio, organización popular, persecución militar y defensa del territorio. Entre procesiones, cantos y convivios comunitarios estarán presentes los nombres de quienes murieron defendiendo la vida en una de las regiones más conflictivas de Honduras.
El recuerdo más reciente es el de Juan López, regidor municipal, delegado de la Palabra y coordinador de la Pastoral Social, asesinado a tiros el 14 de septiembre de 2024 al salir de una ermita en la colonia Fabio Ochoa. También volverá a pronunciarse el nombre de Carlos Escaleras Mejía, el ambientalista asesinado en 1997 tras denunciar la destrucción de los ríos y bosques del Aguán. En Tocoa, los muertos siguen formando parte de la conversación cotidiana.

Por eso la fiesta de San Isidro no será solamente una celebración religiosa. Será también un acto de memoria.
Una parroquia nacida entre polvo y migración
Cuando la Iglesia católica creó la parroquia San Isidro Labrador, el 14 de noviembre de 1976, Tocoa era todavía un pueblo áspero y polvoriento. Muchas calles eran de tierra, no había electricidad en amplias zonas y las mujeres seguían cargando agua desde el río. La reforma agraria había convertido el valle del Aguán en una frontera agrícola que atraía a centenares de campesinos expulsados por la pobreza y otros conflictos.
A ese territorio llegaron los jesuitas.

El primer párroco fue el sacerdote español Fernando Bandeira S.J., acompañado por los jesuitas Guadalupe Carney S.J. y Jesús Sariego S.J., junto a las Hijas de la Caridad Sor María Martínez y Mayte Aburto. En Sonaguera trabajaban también los padres Antonio Ocaña S.J. y Valentín Menéndez S.J., junto a las hermanas Miren Izaguirre e Isabel Toribio. No había entonces una estructura consolidada, más bien, mucha migración, cooperativas nacientes, conflictos por la tierra y una tensión social que crecía rápidamente en todo el Bajo Aguán.

La apuesta pastoral fue clara desde el inicio: construir una Iglesia itinerante, cercana a las comunidades campesinas y marcada por la teología latinoamericana posterior a Medellín y por el impulso pastoral que había dejado en Centroamérica el martirio de Rutilio Grande S.J.. Los misioneros recorrían aldeas y cerros aplicando el método “ver, juzgar y actuar”, convencidos de que la fe no podía separarse de la vida concreta de la gente.
Aquella Iglesia aprendía mientras caminaba.
El padre Jesús Sariego S.J. elaboró entonces un pequeño folleto de formación llamado Platiquemos pues, escrito con palabras y expresiones tomadas directamente de los campesinos del Aguán. El texto mezclaba humor popular, reflexión bíblica y análisis de la realidad. Algunos recuerdan que las reuniones terminaban en carcajadas antes de entrar a la discusión seria.
De aquella época sobrevivió una frase convertida casi en símbolo local. Un día, Sariego le preguntó al carpintero don Chico Ramírez cuánta madera hacía falta para reparar el techo de la vieja casa cural. El hombre dejó quieto el martillo, miró hacia ningún lugar y respondió con calma:
—Mire, padre… al final se saberá.
La frase terminó retratando una región donde casi todo estaba todavía por definirse.
La Iglesia bajo sospecha
El crecimiento de las cooperativas campesinas y de las comunidades eclesiales comenzó pronto a despertar sospechas entre militares y terratenientes.
La primera gran ruptura llegó en noviembre de 1979, cuando el padre Guadalupe Carney S.J. fue expulsado de Honduras acusado de promover organización campesina. Su salida provocó una movilización inédita de comunidades rurales que ya reconocían en la parroquia un espacio de apoyo y dignidad.
James Francis Carney fue un jesuita estadounidense que dedicó su vida a acompañar a las comunidades hondureñas: de ahí que eligiera el nombre «Guadalupe Carney», en honor a la virgen morena, para acercarse mejor a las y los feligreses. Desapareció en la selva hondureña en 1983, acompañando como capellán a una columna de guerrillera del Partido Revolucionario de los Trabajadores Centroamericanos.
Carney siguió vinculado a las luchas campesinas incluso después de su expulsión. En 1983 desapareció en Olancho durante una operación militar. Sus restos nunca fueron encontrados. Para muchas comunidades del Aguán, el padre Lupe se convirtió desde entonces en una figura martirial.
La persecución apenas comenzaba.
En los primeros años de la década de 1980, Honduras se convirtió en pieza estratégica de la política estadounidense en Centroamérica. Mientras las guerras avanzaban en Guatemala, Nicaragua y El Salvador, el Bajo Aguán empezó a militarizarse. Delegados de la palabra, catequistas y líderes cooperativistas quedaron bajo vigilancia permanente.
La parroquia también.
Tras la salida de Bandeira, asumió como párroco José Manuel Capellín S.J., “Menín”, en una etapa de transición marcada por la tensión y la incertidumbre. A finales de enero de 1983 llegó el gallego Manolo Maquieira S.J., recién ordenado. Meses después se incorporó como maestrillo el joven Ismael Moreno S.J., “Melo”, que años más tarde se convertiría en una de las voces más conocidas de la Iglesia hondureña. También acompañaron aquellos años el sacerdote diocesano Manuel Garrido y después el jesuita estadounidense José Owens S.J.

La Iglesia local atravesaba entonces uno de sus momentos más delicados: amenazas, infiltraciones y creciente presión militar. La expulsión de Guadalupe Carney S.J., la persecución contra catequistas y cooperativistas, y más tarde la expulsión de la hermana Marina Eseverri dejaron claro que el Bajo Aguán era ya un territorio bajo sospecha.
Marina, española-venezolana llegada en 1977 por invitación de Carney, vivía modestamente en el barrio San Isidro. Organizaba grupos de mujeres, cosía para sostenerse y recorría comunidades rurales acompañando procesos populares. El ejército la vigiló durante años. Finalmente fue expulsada en abril de 1985.
Las botas de Manolo
Con Maquieira como párroco, la parroquia endureció su perfil profético.
Impulsó proyectos comunitarios, fortaleció la Pastoral Social, acompañó cooperativas campesinas y respaldó iniciativas de derechos humanos en medio de un clima de miedo. Durante aquellos años nacieron el Comité para la Defensa de los Derechos Humanos y el Socorro Jurídico, mientras las comunidades rurales seguían denunciando capturas, torturas y desapariciones.
Quienes conocieron a Manolo recuerdan un carácter frontal, mezcla de terquedad gallega y cercanía campesina. También recuerdan unas botas de punta durísima que él mismo llamaba “antirrepresivas”.
La anécdota todavía circula en Tocoa.
Una noche de septiembre de 1989, varios militares llegaron a la casa cural para “bajar tensiones”. Uno de los coroneles insinuó que no tendría problema en matar sacerdotes si era necesario. Maquieira se levantó, lo agarró por el uniforme y lo expulsó a puntapiés de la casa parroquial.

“Por lo menos se han de acordar de mí toda la vida”, solía bromear sobre sus botas.
Pero la resistencia parroquial no se sostuvo solo desde los jesuitas. Las Hijas de la Caridad, catequistas rurales, delegados de la palabra y líderes campesinos mantuvieron viva una red comunitaria que sobrevivió a años de persecución. Desde los botiquines comunitarios hasta los pequeños proyectos agrícolas, la parroquia fue construyendo una pastoral donde evangelización y organización popular caminaban juntas.
Una Iglesia que formó comunidad
Durante los años ochenta y noventa, San Isidro Labrador se convirtió en uno de los principales centros de organización eclesial y social del Bajo Aguán.
El padre Manolo, junto a otros jesuitas y numerosos agentes pastorales laicos, impulsó procesos juveniles, formación bíblica, y acompañamiento campesino. En la casa cural nació incluso un proyecto juvenil conocido como “los cipotes”, que después funcionaría en un edificio bautizado como “La Palomera”.
También florecieron nuevas vocaciones.
En 1985 comenzó a funcionar el preseminario en Olanchito, por donde pasaron jóvenes como Juventino Mendoza, Amadeo y Joche. Más adelante se ordenarían el jesuita hondureño Juan Ramiro Martínez y el sacerdote diocesano Isaúl Argueta, primer sacerdote originario de la diócesis de Trujillo.
Mientras tanto, el equipo del ERIC —fundado por Jesús Sariego S.J. José María Tojeira S.J. y Chicho Ocaña S.J. — junto a Radio Progreso, continuó acompañando a las comunidades campesinas y denunciando la violencia en el Aguán.
La parroquia también impulsó experiencias de organización social más amplias. Entre ellas estuvieron el Grupo de Reflexión y Acción Social (GRAS) y la Asamblea Permanente de Organizaciones Populares del Aguán (APOPA), espacios donde coincidieron campesinos, sindicalistas, maestros y líderes populares.
Uno de ellos fue Jesús “Chungo” Guerra, antiguo delegado de la palabra y dirigente campesino, asesinado en 1991.
A comienzos de los años noventa, la parroquia vivió una nueva transición. El traslado de Manolo Maquieira S.J. a Arcatao, en El Salvador, y de otros jóvenes jesuitas habían debilitado el equipo pastoral. Para fortalecerlo llegó en diciembre de 1991 el jesuita hondureño Juan Ramiro Martínez, quien sería ordenado sacerdote en 1992. Ese año, el trabajo parroquial quedó encabezado por Ismael Moreno S.J., “Melo”, como párroco, junto a Juan Donahue, S.J. y el jesuita hondureño Wilmer Pereira.

La llegada de Juan Ramiro dio nuevo impulso a la línea de educación popular. Junto a la misionera laica Isabel Vinent, “Chabelita”, impulsó el proyecto Tatascán, desde donde se elaboraron materiales de formación, boletines parroquiales y los insumos pastorales de la Santa Misión de 1993.
A P. Melo le siguieron los PP. Andreu Oliva, S.J., y Pedro Marchetti, S.J., que acompañaron a la parroquia entre 1997 y 2001. En el nuevo milenio, la parroquia San Isidro Labrador recibió las vocaciones y acompañamiento de los PP. Juan José Colato, S.J., entre 2002 y 2015; Gregorio Vásquez, S.J., entre 2016 y 2024 y Carlos Orellana, S.J., actual párroco que sirve desde 2025.
Entre los Vicarios Parroquiales que pasaron por San Isidro Labrador se encuentran los PP. Gustavo Fernández, S.J., Roberto Grimaldi, S.J., Julio César Sosa, S.J., Guillermo Soto Tock, S.J., Miguel Ángel Vásquez, S.J., Julián González Barrios, S.J., Tomás Cacho, S.J., P. Antonio «Chicho» Ocaña, S.J., P. Erick Hernández, S.J. y P. Virgilio Suira, S.J. Los PP. Juan José Colato, S.J., y Carlos Orellana también fueron vicarios antes de párrocos.
Vidas que se volvieron símbolo
Las décadas pasaron, pero la violencia nunca desapareció del Aguán.
Uno de los nombres que permanece grabado en la memoria regional es el de Carlos Escaleras Mejía, asesinado en 1997 tras denunciar la contaminación del río Guapinol y la destrucción ambiental provocada por proyectos extractivos. La montaña que defendió lleva hoy su nombre: Parque Nacional Carlos Escaleras Mejía.
Y después llegó Juan López.
Durante más de veinte años, López coordinó la Pastoral Social de San Isidro Labrador. Delegado de la Palabra y miembro del Consejo Nacional Apostólico de los jesuitas en Honduras. Era también regidor municipal y uno de los rostros visibles de la defensa del río Guapinol y San Pedro, frente a proyectos mineros denunciados por las comunidades.

Su asesinato, en septiembre de 2024, golpeó profundamente a la parroquia.
La reacción fue inmediata. En la misa del domingo siguiente, el actual párroco, P. Carlos Orellana S.J., denunció públicamente el crimen y exigió justicia. En Tocoa, el silencio nunca ha sido una opción sencilla para la Iglesia.

Una fe que se volvió territorio
Hoy la parroquia articula cerca de 130 comunidades campesinas, garífunas y misquitas del Bajo Aguán. Delegados de la palabra, catequistas, grupos juveniles, pastoral familiar y organizaciones sociales mantienen una vida comunitaria intensa en una región donde la violencia continúa marcando la vida cotidiana.

Pero en San Isidro Labrador la fe rara vez aparece separada de la tierra, el agua o la memoria.
Por eso, cuando este 15 de mayo las comunidades vuelvan a reunirse para celebrar a su patrono, no pedirán únicamente buenas cosechas. Pedirán también justicia para sus muertos, protección para quienes defienden el territorio y un futuro menos atravesado por el miedo.
Las y los feligreses de San Isidro Labrador participan año con año en el Festival ambiental en el marco de la conmemoración del martirio de Carlos Alfonso Escaleras, expresión pacífica de exigencia de respeto a la justicia, la dignidad y los derechos humanos y ambientales. Fotos: Facebook Parroquia San Isidro Labrador.
En los cerros de Abisinia, en las riberas del Guapinol y San Pedro o en los barrios populares de Tocoa, muchos siguen convencidos de algo que los jesuitas repitieron desde los años setenta: que el Evangelio no puede anunciarse lejos de la vida concreta de la gente.
Y quizá por eso, a más de medio siglo, las campanas de San Isidro siguen sonando como han sonado siempre en el Aguán: a celebración, a duelo y también a resistencia y esperanza.
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Esta nota se basa en el Borrador de historia de la parroquia de Tocoa redactado en 1993, en el informe Jesuitas en Honduras: 50 años (1946-1996) de P. Ricardo Falla S.J., y en los hechos recientes documentados sobre el asesinato de Juan López y el legado de Carlos Escaleras Mejía. Todas las fechas, nombres y anécdotas mencionadas provienen de esas fuentes.
