El Colegio Loyola, obra de la Compañía de Jesús en Guatemala, abrió el año lectivo 2026 con la experiencia “Creados para más”, una jornada inspirada en la espiritualidad ignaciana y el MAGIS para reconectar con el sentido profundo y transformador de la vocación de la docencia. En esta entrevista, Carlos Herrera, S.J., del equipo de pastoral del colegio, reflexiona sobre esta propuesta y su aporte a una educación que acompaña personas y procesos.
Con el deseo de iniciar el año escolar desde un lugar más consciente, hondo y comprometido, el Colegio Loyola, obra de la Compañía de Jesús en Guatemala, abrió su ciclo lectivo 2026 con “Creados para más”, una experiencia formativa y espiritual dirigida principalmente a su cuerpo docente, y vivida también por el equipo de Administración y Mantenimiento en una versión adaptada. Más que un retiro tradicional, la propuesta fue concebida como un espacio de encuentro, reflexión y experiencia que invitó a las educadoras y educadores a reconectar con el sentido profundo y transformador de su vocación.
Carlos Herrera, S.J., parte del equipo de pastoral del colegio, acompañó a la comunidad educativa en el encuentro. En esta conversación, Carlos profundiza en la experiencia, su inspiración en la espiritualidad ignaciana y el MAGIS, la invitación a detenerse para escuchar la propia experiencia y reconocer la docencia como una llamada a acompañar personas y procesos vitales.
¿De dónde surge la inspiración para proponer esta jornada?
La inspiración surge de una antigua campaña de Vocaciones Jesuitas que también se llamó Creados para más, en la que se insinuaba la pregunta del llamado de Dios (¿qué me está pidiendo Dios?) como un momento en el que todas las personas estamos llamadas a detenernos. En ese sentido, nuestra experiencia «Creados para más» buscaba ayudar a entender nuestra misión educativa desde un lugar más hondo, más consciente y más comprometido con el servicio a los demás. Es la experiencia del magis como centro y origen de la espiritualidad ignaciana. Para lograrlo, el taller propone detenerse, escuchar la propia experiencia y reconocer que la vocación docente es una llamada a acompañar vidas y procesos, no solo a transmitir contenidos, por eso requiere de todos una actitud fundamental o lugar espiritual desde el cual asumir las complejidades que nuestra tarea nos presente.
¿Cuántas personas participaron? ¿Quiénes lo acompañaron? ¿Qué actividades realizaron?
En el taller participaron 45 educadoras y educadores de los distintos niveles (preprimaria, primaria y secundaria) del Colegio Loyola, incluyendo docentes que se integran por primera vez a la comunidad educativa. La experiencia fue acompañada por Carlos Herrera, S.J., del equipo de pastoral del colegio. A lo largo de la jornada se realizaron diversas actividades, entre ellas: Ejercicios corporales de disposición y conciencia, una experiencia sensorial (Sensorama) como punto de partida para «sentir y gustar», espacios de silencio y reflexión personal, dinámicas de diálogo y escucha en pequeños grupos de vida y momentos de oración y envío, orientados a vincular la experiencia personal con la misión educativa.
¿Por qué está dirigido a educadoras y educadores?
Porque las educadoras y educadores no solo enseñan materias, sino que acompañan personas en procesos vitales. En una institución de inspiración ignaciana, el rol del docente implica una dimensión vocacional y formativa que va más allá del aula. Este taller reconoce que quienes educan también necesitan espacios para detenerse, cuidarse interiormente y reconectar con el sentido de su misión, especialmente en un contexto educativo que exige presencia, escucha y compromiso humano.
¿Por qué realizarlo antes de iniciar el año escolar?
Realizarlo antes del inicio del ciclo escolar permite que las y los docentes comiencen el año desde un lugar interior más consciente y dispuesto, y no solo desde la prisa o las exigencias administrativas. Este espacio funciona como un punto de partida que ayuda a alinear la experiencia personal, la identidad institucional y la misión educativa, favoreciendo un inicio de año más integral y con mayor sentido.
¿Por qué invitar a la comunidad educativa a vivir experiencias de espiritualidad ignaciana?
Porque la espiritualidad ignaciana propone una forma concreta de vivir la fe en lo cotidiano, integrando la experiencia, la reflexión y la acción. Invitar a la comunidad educativa a vivir estas experiencias es apostar por una educación que forme personas conscientes, compasivas y comprometidas. Estas experiencias ayudan a reconocer que Dios se hace presente en la vida diaria, en el trabajo educativo, en la relación con los estudiantes y en la construcción de comunidad.
¿Influye de alguna forma en la misión de educar?, ¿Cómo?
Sí, influye directamente. Cuando un educador se reconoce acompañado, cuidado y enviado desde su vocación, su manera de enseñar y acompañar se transforma. Estas experiencias fortalecen la calidad humana del quehacer educativo, promoviendo una educación más cercana, reflexiva y coherente con los valores del colegio. Educar desde el magis ignaciano implica enseñar con mayor profundidad, acompañar con mayor sensibilidad y servir con mayor conciencia del impacto que se tiene en la vida de los estudiantes.
¿Por qué seguir apostando por estas iniciativas?
Porque la formación integral de una comunidad educativa no se sostiene únicamente con programas académicos, sino también con espacios que cuiden la dimensión humana y espiritual de quienes educan. Seguir apostando por estas iniciativas es reafirmar el compromiso del Colegio Loyola con una educación que transforma, que acompaña procesos y que entiende la docencia como una misión al servicio de la vida, la justicia y la esperanza.
