La vocación en la Compañía de Jesús es una sola para todos sus miembros y es plenamente apostólica: ser jesuita es ser “enviado”. La misión que nos define es el compromiso en la lucha por la fe, la justicia y la reconciliación.
En esta única misión participan los jesuitas de dos maneras complementarias: como sacerdotes o como hermanos. No se trata de vocaciones distintas, sino de una misma llamada vivida de modos diversos.
Todos compartimos:
- una misma consagración a Dios según el carisma de san Ignacio;
- una misma responsabilidad en la construcción de comunidades fraternas de vida y de trabajo;
- una misma y exigente formación espiritual y humana.
Los hermanos participan en todas las expresiones de la misión apostólica que no requieren la ordenación sacerdotal (CG 32, D. 2, n. 22). Su servicio se expresa, entre otros ámbitos, en:
- tareas de administración en colegios, parroquias y comunidades jesuitas;
- enseñanza y acompañamiento en obras educativas;
- pastoral parroquial: catequesis de adultos, formación de catequistas y animación de grupos;
- servicios técnico-profesionales como contabilidad, mecánica, enfermería y otros.
El mayor número de sacerdotes y la visibilidad de sus ministerios ha hecho que, en ocasiones, el servicio indispensable de los hermanos quede en segundo plano. Sin embargo, su aportación ha sido y sigue siendo fundamental, tanto en responsabilidades de gran alcance —como la administración provincial o la docencia— como en servicios sencillos y cotidianos que sostienen la vida y la misión.
Por su parte, el ministerio sacerdotal en la Compañía ha asumido diversas formas a lo largo de la historia, desde los ministerios propiamente sacerdotales —predicación, sacramentos, acompañamiento espiritual— hasta tareas apostólicas en campos como la educación, la investigación, la medicina, la diplomacia o el mundo del trabajo.
“. La movilidad propia de la universalidad apostólica, la multiplicidad de los ministerios pastorales y, en definitiva, la necesidad de ayuda para realizar la misión, llevaron a San Ignacio a recibir en el Cuerpo de la Compañía una diversidad de miembros».
«Los hermanos, al igual que los presbíteros, se integran en la Compañía en razón de la única y común llamada del Señor a seguirlo en la radicalidad evangélica de la vida religiosa. Una común llamada que comporta, sin embargo, una diversidad de dones. La vocación a la vida religiosa es distinta de la vocación al sacerdocio. ‘Podríamos decir, por tanto, que el Hermano encarna la vida religiosa en su esencia y puede por lo mismo ilustrarla con claridad particular'»
(C.G. 34, Decreto «El Jesuita Hermano» Nº3 y 6).
