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  • Si, reconociéndote pecador, sin embargo, te sientes llamado a ser compañero de Jesús, como lo fue San Ignacio.
  • Si quieres comprometerte bajo el estandarte de la cruz en la lucha crucial de nuestro tiempo: la lucha por la fe y la lucha por la justicia que la misma fe exige.
  • Si quieres ser misionero en el mundo de hoy, donde hay dos tercios de la humanidad a los cuales no ha sido anunciada la Salvación de Dios.
  • Si quieres ser un hombre con una misión, dispuesto a marchar a donde seas enviado por tus superiores, por quienes te envía Cristo, el Enviado del Padre.
  • Si quieres buscar la libertad e integral de la humanidad, que lleva a la participación en la vida del mismo Dios.
  • Si quieres contribuir a la tarea de continuar la obra salvadora de Cristo en el mundo, que consiste en reconciliar a los hombres con Dios y entre sí mismos y con la creación, de modo que con el don del amor y la gracia divina puedan construir una paz basada en la justicia.
  • Si quieres comprometerte hasta la muerte con los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia, para poder estar totalmente unido con Cristo y participar de su libertad para estar al servicio de cuantos te necesitan.
  • Si quieres pertenecer a una comunidad apostólica esparcida por el mundo para prestar cualquier servicio en la Iglesia, que contribuya a la mayor gloria de Dios y al bien más universal.
  • Si quieres pertenecer a una comunidad de amigos en el Señor que es al mismo tiempo religiosa, apostólica, sacerdotal y ligada al Romano Pontífice por vínculo especial de amor y de servicio.
  • Si quieres entregarte totalmente al servicio de la fe y a la promoción de la justicia, en comunión de vida, trabajo y sacrificio con los compañeros que se han congregado bajo la misma bandera de la cruz, en fidelidad al Vicario de Cristo, para construir un mundo al mismo tiempo más humano y más divino. (Tomado del Decreto 2 de la Congregación 32)