¿Qué cualidades se requieren para ser jesuita? En primer lugar, ser una persona normal: capaz de amar, de reír y de llorar, de arriesgarse y de sentir el miedo del riesgo.
Más concretamente, el jesuita debe ser un hombre:
- enamorado de Jesús, de fe profunda y suficientemente formada, capaz de un compromiso serio con la realidad,
- con suficiente madurez afectiva y social; capaz de establecer relaciones profundas de amistad, capaz de tolerar frustraciones, de respetar la complejidad de la vida y de las personas, capaz de trabajar en colaboración con otros,
- de una capacidad intelectual suficiente para desempeñar la difícil misión de la Compañía y para asimilar la larga preparación que esa misión exige.
En contra de lo que muchos piensan, para ser jesuita no hace falta ser un «genio» ni un superdotado. Pero sí se requiere que la persona sea capaz de comprender la vida en profundidad, sin ingenuas simplificaciones,
de corazón grande, que no se contente con hacer «cosas buenas» sino que piense siempre en dar lo mejor, en responder a la mayor necesidad del momento, en buscar «lo que más conduce al fin para el que somos creados» (Meditación del Principio y Fundamento, de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio).
Esta dimensión del mayor servicio, del querer estar «en las encrucijadas», no responde a ningún delirio de grandeza por parte de los jesuitas, sino al carisma de San Ignacio que quiso una Compañía de Jesús ágil, dispuesta y bien formada para las misiones más difíciles y exigentes.
Es evidente que este carisma de la Compañía exige que los que quieran entrar en ella sean algo más que «buenagente». Requiere del jesuita bondad y cualidades humanas en un grado tal que le permitan vivir la complejidad de esta vocación.
Estos son los jesuitas que necesita hoy el mundo y la Iglesia. Hombres impulsados por el amor de Cristo, que sirvan a sus hermanos sin distinción de razas o clases. Hombres que sepan identificarse con los que sufren, vivir con ellos, hasta dar la vida en su ayuda.
