Keny Fitoria, S.J., recoge en este texto la esperanza de acompañar a las y los jóvenes: un don y, a la vez, un reto de acción pastoral. A partir de la experiencia de acompañamiento a la comunidad MAGIS en Nicaragua, este testimonio comparte aprendizajes, desafíos y frutos de un proceso vivido desde la escucha, el discernimiento y la espiritualidad ignaciana.
En la compleja realidad que vivimos hoy, acompañar a los jóvenes en la búsqueda de la voluntad de Dios se convierte, al mismo tiempo, en un don y en una tarea exigente. Es un don porque permite contemplar la alegría esperanzada que brota del corazón joven, una alegría que abre caminos de encuentro, de acogida y de disponibilidad para compartir la vida y el amor con los demás. Esta alegría que se expresa en palabras, gestos y acciones concretas, nos hace partícipes de la alegría de Dios que sigue saliendo al encuentro de nuestra historia y la renueva a través de la mirada llena de esperanza de la juventud.
Pero este acompañamiento es también un desafío pastoral. En el contexto actual, los jóvenes enfrentan múltiples dificultades, tanto en el ámbito social como en el eclesial, que interpelan nuestra manera de estar con ellos. Acompañarles implica disponerse a caminar a su lado, escuchar con profundidad sus alegrías y tristezas, acoger sus ilusiones y deseos, y sostener con paciencia sus frustraciones, animándolos a reconocer la acción de Dios en sus proyectos y en los frutos que van alcanzando.

A lo largo de este año, he tenido la gracia de acompañar a la comunidad juvenil MAGIS en Nicaragua, una experiencia que ha sido fuente de profundo aprendizaje y consolación. En el compartir cotidiano con los jóvenes, he podido reconocer cómo Dios actúa silenciosamente en sus vidas, despertando en ellos el deseo de buscar su voluntad y de descubrir su presencia en cada aspecto de la realidad. En la vida de esta comunidad se encarna con fuerza la espiritualidad ignaciana, la cual, invita a encontrar a Dios en todas las cosas.
De manera particular, la experiencia de los Ejercicios Espirituales vividos entre el 28 y el 30 de noviembre en el Centro Ignaciano Pedro Arrupe se constituyó en un espacio privilegiado de encuentro con el Señor. Fue un tiempo de gracia en el que cada joven logró entablar un diálogo con Dios, expresando así, las inquietudes más profundas de su corazón, dejándose tocar por sus mociones e invitaciones.
Nuestro encuentro de oración estuvo dirigido por José Antonio Pacheco, quien nos ayudó a entrar en ambiente de oración y recogimiento. En esta experiencia nos acompañaron el espíritu comunitario y la experiencia de sabernos profundamente amados y acompañados por Jesús. Reflexionamos a través de la metodología del “Compañero de Camino”, entablando diálogo interior que nos llevó a la profundidad del conocimiento de Jesús para más amarlo y seguirlo.
Finalizamos con la Eucaristía el día domingo, presidida por el padre Manuel Santiago, SJ, también nos acompañó el Hermano Rafael Renedo, SJ, sus testimonios de vida y entrega nos anima a seguir adelante con la invitación de Jesús a la cena que recrea y enamora, a partir y compartir nuestras vidas como lo hizo nuestro amigo Jesús en la última cena.
Estas experiencias, vividas en el silencio y la oración, se revelan como el modo concreto en que Dios sigue hablando al corazón y orientando los caminos de discernimiento y de vida de los jóvenes.

Desde esta experiencia de acompañamiento, se reafirma la convicción profundamente ignaciana de que Dios continúa obrando en la historia concreta de los jóvenes, invitándolos a vivir con mayor libertad interior, disponibilidad y generosidad. El acompañamiento pastoral, vivido como servicio humilde y atento, se convierte así en un espacio privilegiado de discernimiento, donde se aprende a escuchar al Espíritu que guía, consuela y envía. En este camino compartido, acompañantes y jóvenes somos llamados a crecer en la fe, a dejarnos transformar por el encuentro con el Señor y a responder con esperanza y compromiso, a su invitación de servir y amar en todas las esferas de la vida.

