En este texto, Augusto Jarquín, novicio jesuita, nos ofrece una mirada sincera de su historia vocacional, que define como una nueva oportunidad para volver a empezar. Augusto aborda las preguntas, la búsqueda de plenitud, las dificultades y el desánimo, los rostros que acompañan y, sobre todo, la presencia del Dios de Jesús que sigue llamándole por su nombre.
Yo te esperaba. Tres palabras que marcaron mi vida y se convirtieron en consigna y en un ofrecimiento de amor. Con ellas el Señor confirmó mi vocación a la vida religiosa en la Compañía de Jesús durante el mes de Ejercicios Espirituales en mi primer año de noviciado en Panamá.
Aquel encuentro profundo, íntimo y consciente con el Creador respondió una pregunta que me venía acompañando desde hacía tiempo: ¿por qué no me siento pleno?, ¿qué falta en mi vida? La respuesta fue clara: me faltaba corresponder al propósito de vida que Él tenía pensado para mí, atreverme a dar el paso y dejar que su voluntad entrara en mi historia.
Desde entonces todo ha sido una nueva oportunidad. Un comenzar de nuevo. He aprendido a agradecer cada paso que me ha traído hoy hasta aquí y a disponer mi mente, mi cuerpo y mi corazón para lo que Él quiera mostrarme. Ha sido también una oportunidad para dejarme sorprender por el Dios de Jesús que, a pesar de mi fragilidad, me llama por mi nombre.

Algo que me ha sostenido en este tiempo es dejar de buscar más signos y, en cambio, profundizar, gustar, integrar y vivir lo que Jesús ya me reveló. Él ha querido entrar en mi historia y sanarla desde dentro. Y así, poco a poco, voy aprendiendo a situarme en la identidad del religioso y a vivir desde ahora como tal.
Por supuesto, esta gracia no me ha librado de los momentos de dificultad, frustración, desánimo o desolación que son parte de esta vocación contracultural. Pero he ido entendiendo que no es imposible; se trata de asumir un estilo de vida auténtico, dejar mi agenda y permitir la de Dios. Darle a Él el timón y el acelerador. Dejarme acompañar por mis superiores, reconocer mi pequeñez y ofrecerme tal como soy, confiando en que Él hará algo grande desde ahí.
Antes de continuar, quiero decirles algo a los jóvenes, y también a los adultos: permitan a Dios ser Dios. Ábranle el corazón a su propuesta para ustedes y vivan desde el reconocimiento de ese amor en exceso que recibimos a diario. El verdadero amor solo se experimenta amándolo a Él. Si tienes dudas, inquietudes o preguntas, no las escondas: exprésalas. Pídele al Señor que te muestre el camino. Yo sigo caminándolo y puedo decirte que sí, es posible, basta poner de tu parte.
Mi historia vocacional también está llena de rostros, nombres e historias que me sostienen y me recuerdan la cercanía de Dios. Personas que me inspiran a seguir dando pasos, pequeños pero firmes, hacia un sí más definitivo. Sería interminable mencionarlos, pero sé que cada uno forma parte del mosaico humano que Dios ha ido tejiendo conmigo. Porque, aunque la vocación es gracia, también se alimenta en la gente: en la espiritualidad encarnada, en amistades sinceras que te confían sus dolores y esperanzas y te devuelven todo en amor, aunque no tengan más que eso para ofrecer. Solo amor.

He descubierto que la familiaridad con Dios; tan esencial en el noviciado, se cultiva en la oración personal, en la vida comunitaria con mis compañeros y con las personas humildes que anuncian, sin saberlo, la presencia del Rey Eterno.
Hoy continúo esta etapa en la República Dominicana, junto a seis compañeros de seis países distintos. Nos animamos como amigos en el Señor en un camino que mezcla renuncias y brotes de amor. Agradezco poder vivir desde ahora la universalidad del Cuerpo Apostólico de la Compañía, aprendiendo el modo de hacer Reino en el Caribe, una región marcada por pobreza, violencia y desigualdad, pero también por una esperanza que florece cada vez más.
En el día a día del noviciado profundizo en la teología de los Ejercicios, trato de llevar a la vida sus frutos, me familiarizo con los documentos del Instituto, reflexiono sobre los votos y reconozco la presencia de Dios en todo lo que hago, incluso en las tareas más sencillas y humildes.

Junto a otro novicio acompañamos a grupos de adolescentes y jóvenes; visitamos a enfermos en situación de abandono y pobreza. Este encuentro con el Cristo sufriente de hoy humaniza mi vocación y me impulsa a soñar con ellos en un futuro distinto. Otro mundo es posible si todos ponemos algo.
Todo esto podría resumirlo en un puñado de líneas que, quizá para ustedes, suenen a poema; pero para mí, son una oración que recoge las gracias recibidas en este tiempo. Con ellas sigo diciendo sí al Señor, con ilusión y con la alegría evangélica que solo brota cuando uno se sabe profundamente amado y quiere darse por amor.
Noviciado
Lugar del profundo encuentro
entre el Amado y su amante;
lugar propicio para la acogida
del hijo que se había perdido
y ha retornado: ha vuelto a la vida.
Lugar de la misericordia,
donde el pecador se siente
abrazado y perdonado
por un exceso de amor.
Lugar de lo humano y lo divino,
donde se entreteje
la fragilidad y la santidad.
Lugar del silencio,
para dar paso a la comunicación
de corazón a corazón,
al lenguaje del amor.
Lugar de las respuestas
a tantas preguntas y dudas
que brotan del sano temor.
Lugar de la confirmación,
donde me esperaba Aquel
que ya me había llamado.
Lugar de la alegría pascual,
porque todo huele a nuevo,
a un renacer en la verdad.
Hogar compartido con otros,
apostando por ser amigos
en el Señor.
Casa mía y de Él,
porque el Absoluto
se hace entrañable amigo.
Lugar sagrado,
donde me descalzo
y siempre encuentro algo más.
Lugar donde se vive el amor
and se aprende a darlo
a los demás.
AMDG
