En esta conversación, el Hno. Eugenio Sáez, S.J., con más de siete décadas de Compañía, repasa su historia con sencillez y memoria viva. Desde su vocación juvenil marcada por la Virgen de Fátima hasta su tiempo como maestro, administrador y ministro de comunidades en Centroamérica. Su relato, transparente y sin adornos, habla de una misión marcada por la obediencia y la sencillez: la de los hermanos jesuitas.
En 1950, el hermano Eugenio Sáez García, S.J., ingresó en el noviciado de la Compañía de Jesús en Orduña, en su natal España. Tenía 19 años y, dice, una profunda vocación de religioso. Había oído de América: de las casas, de la misión en este territorio. Pidió que, si era el deseo de sus superiores, se le enviara a servir y así, en 1953, llegó por primera vez a Centroamérica, destino que ha recorrido en 75 años de Compañía desde distintas misiones.
En esta conversación, el hermano Eugenio repasa su historia con sencillez. Habla de su vocación juvenil marcada por la Virgen de Fátima, su tiempo como maestro, administrador, ministro y secretario en Roma. Su relato, transparente y sin adornos, habla de una misión marcada por la obediencia y la sencillez: la de los hermanos jesuitas.
¿Cómo nace su vocación, hermano?
Yo nací en una familia muy cristiana. Tuve un tío sacerdote, con el que me fui a vivir a los ocho años de edad. Estuve con él por dos años, falleció y tuve que volver con mi familia. Aquel era un pueblo muy pequeño, de pocos vecinos, todos muy cristianos. Yo, pues, fui amigo de los sacerdotes. Y así crecí. Cumplí 18, trabajando en otros sitios porque en el pueblo todo era agricultura. A los 18, me encontré con unos sacerdotes, yo no conocía aún la Compañía de Jesús. Estos sacerdotes entonces me dijeron «Mira, nosotros conocemos Loyola, donde está la casa de toda la orden de los jesuitas. Ahí tienen el primer año de formación». Y yo, pues, encantado: «Yo tengo vocación de religioso», dije en ese momento.
No me admitieron en Loyola porque se hizo una división de Provincias, así que fui a Orduña, donde estuve por dos años y medio e hice mi noviciado. Los hermanos no estudiábamos teología ni filosofía, sino que salíamos directamente del noviciado a alguna casa. En aquel entonces, necesitaban gente en las casas que teníamos acá en Centroamérica, cuando todavía no era una Provincia, sino que dependía todavía de España. Todos los años enviaban unos 11 o 12. Y así, entonces, llegué yo a Centroamérica.
¿Cómo se da cuenta usted de que tenía «vocación de religioso»?, ¿Por qué lo dijo?
Son secretos (se ríe)… Pero lo que te puedo contar es sencillo: por la Virgen de Fátima. Cuando tenía 14 años, la devoción a la Virgen de Fátima estaba en gran ambiente en España, por el tema de los milagros. Los portugueses hicieron unas visitas, como lo han hecho en otras partes, y pasaron por España, por mi pueblo. Yo asistí a estos actos, y me enamoré de ella. Le pregunté si me quería, y me contestó que sí, que lo hacía… Y así fue pasando el tiempo, hasta que llegué a la Compañía.
Cogí mi maleta de cartón, porque no tenía nada más, con 18 años no tienes ni empleo ni nada… A lo mejor traía una camisa y un poco más, pero es todo. Y entré al Noviciado. Recuerdo que éramos más de 100 novicios, imagínate, unos 15 éramos nada más los que íbamos para hermanos. Pues recuerdo que una vez, en el comedor general, llega uno que era el lector y se sube al púlpito mientras los demás comíamos y empieza a leer: que fulano de tal va para tal lugar, que fulano va para otro lugar… Eran los destinos.
Yo había escrito en un papelito que «si querían, me mandaran a América», porque, te digo, ¡todos los novicios queríamos venir a América! Habíamos oído del apostolado jesuita en estas tierras, nos contaban de las casas, de las misiones. Sabíamos de Francisco Javier y toda su misión en las Indias y esa era la aspiración en el noviciado: irte de misión. Y, bueno, resulta que el que iba leyendo menciona que 11 eran los destinados a América… ¡Y que dice mi nombre! Yo pensé que se había equivocado (Se ríe)… Pero yo digo «si me mandan, yo voy». Porque si los jesuitas nos distinguimos por algo es la obediencia: si no es obediente, entonces no es jesuita. Y pues que me toca irme…
¿Cómo fue la llegada?, ¿Qué misión traía?
Yo llegué al Seminario que tenían los jesuitas en el Monumento al Divino Salvador del Mundo, en San Salvador, capital de El Salvador. Ahora ya no es de la Compañía, pero en ese entonces ahí llegué. Luego me destinaron al Externado de San José porque necesitaban gente joven para apoyar con las finanzas… Y yo, con 21 años, estaba ahí sin saber nada de contabilidad (ríe). Supongo que se dieron cuenta de que no era mucho lo mío y, bueno, me dejaron apoyando desde el mostrador, recibiendo a quienes llegaban a realizar pagos…
En esas estaba cuando dijeron que el Asistente del P. General de aquel entonces necesitaba a un secretario. En aquel tiempo, claro, no había celulares ni nada de eso: todo era a mano, y tocaba copiar eso escrito a mano a máquina de escribir para enviar esas cartas desde Roma a todas las naciones. Y como yo sabía escribir muy bien a máquina, me escogieron. Ahí estuve nueve años.
¿Qué vino después?
Bueno, pues que regreso y que no sabían donde mandarme (risas). Me pregunta el Provincial de ese entonces, que era el P. Segundo Azcue, S.J., y yo le digo «Mire, yo soy hijo de maestro. Es verdad que nunca he ejercido, pero me gustaría servir desde ese cargo». En ese entonces, recién habían trasladado el Colegio Centroamérica de Granada a Managua, y el Provincial me dice que necesitan gente. ¡Y pues que empecé con el kínder! (Se ríe).
Yo no tenía mucha formación, así que en ese tiempo saqué también mi bachillerato. Iba casi que al lado de los niños (Ríe). Me matriculé en una escuela para la tercera edad en Costa Rica. Entonces estudiaba y me iba a examinar a ese país. Ya con ese título, en Panamá me recibí oficialmente como profesor. De ahí me pusieron como encargado de disciplina, ¿te imaginas? (ríe). Sí, en aquel tiempo éramos estrictos, tengo que decirlo, pero yo era uña y carne con esos niños. Los fines de semana salíamos a dar paseos para volver domingo por la tarde. Además de la formación, también teníamos un encuentro más cercano con ellos.
Estuve otra vez en Roma tiempo después: tres años. Luego regresé a El Salvador y estuve tres meses esperando a que me dieran destino y me fui a Panamá, donde estuve 11 años en el Colegio Javier. Hice muchas amistades, yo era el profesor de religión. Estuve un tiempo en Costa Rica, sirviendo en una de las casas que ahí tenían, estuve otra vez en Nicaragua y otra vez en Panamá y de nuevo en Nicaragua (ríe).
Hermano, ¿alguna vez sintió usted duda respecto a su vocación?
Claro, es normal sentir duda. Pero cuando entras, tú entras con una llamada de Dios, no de los hombres. Y esta llamada es una especie de bautismo. Entonces dice uno «aquí me quiere Dios porque me ha bautizado y he entrado en la iglesia católica. Ahora en la Compañía, ¿por qué voy a cambiar?».
La vocación de hermano te acerca también a ustedes, los laicos y laicas. A mí me dicen «hermanito», por la cercanía, por el cariño que se construye con la gente. Ese cariño, esa cercanía, también te acompaña en esos tiempos. Y te recuerda cuál es la misión del hermano en la Compañía de Jesús. He tenido dudas, sí, pero han sido momentáneas. Yo vivo hasta hoy contento de que Dios me haya llamado. Contento de que lo siga haciendo.
¿Por qué ser hermano jesuita?
P. Arrupe tiene un dicho: «Si no hay hermanos, la Compañía no existe». Si una casa tiene hermanos, pues la casa funciona. El hermano cuida todo, y no solo el edificio… ¿Qué más te puedo contar?
