Luis Fernando Gómez y Natalia Salazar, de la Caravana por la Hospitalidad de la Red Jesuita con Migrantes Continental (RJM), recorrieron tres países de Centroamérica, caminando con las personas migrantes y poniendo a su servicio sus talentos. En esta entrevista, Luis y Naty recogen una memoria agradecida con este territorio, que les motivó, dicen, a seguir siempre en camino por la esperanza y la hospitalidad.
Por cuatro semanas, la Caravana por la Hospitalidad, iniciativa que recorre el continente en búsqueda de la promoción de una cultura de acogida con las personas migrantes y refugiadas que forma parte de la Dimensión Hospitalidad de la Red Jesuita con Migrantes (RJM), recorrió Guatemala, El Salvador y Honduras en un abanico de experiencias que reúnen espacios de investigación en universidades hasta albergues y encuentros con personas en tránsito en puntos fronterizos.
Por cuatro semanas, Luis Fernando Gómez y Natalia Salazar, que conforman la Caravana, caminaron con las personas migrantes y pusieron al servicio sus talentos: con la guitarra y el violín en mano, ambos vivieron experiencias de hospitalidad que tenían como objetivo central sembrar la esperanza. Conversamos en esta entrevista con Luis Fernando y Naty, que, desde un solo corazón agradecido, profundizan en su paso por esta tierra en movimiento, compleja y rica que les motivó a seguir siempre en camino.
¿Por qué visitar Centroamérica? ¿De dónde surge la inspiración para acercarse a este territorio?
La Caravana por la Hospitalidad es una iniciativa de la Red Jesuita con Migrantes (RJM) continental, inspirada en una experiencia nacida en Venezuela, en la Universidad Católica del Táchira. Es una propuesta que recorre el continente, promoviendo el encuentro, la fe y la solidaridad.
Aunque en años anteriores habíamos visitado algunos países de la región, no habíamos tenido la oportunidad de estar en El Salvador y Guatemala. Este año, coincidiendo con la Asamblea Continental de la RJM, coordinamos con los equipos de la Red en Guatemala y con las obras presentes en Honduras y El Salvador, para organizar un recorrido de tres semanas: una por cada país.
La inspiración de acercarnos tiene que ver con que sabemos que esta es una tierra de hospitalidad. Y también, en el contexto actual de la migración forzada, hay muchos retos que requieren acompañar más de cerca, animar a los equipos y compartir con las personas en su camino.
¿Cómo les ha recibido Centroamérica hasta este momento?
La experiencia ha sido muy bonita y hospitalaria. Hemos estado en contacto con personas migrantes, equipos de Fe y Alegría, comunidades religiosas y mujeres que, desde su propia realidad, se forjan con valentía para seguir adelante. Las experiencias han sido muy diversas y en todas hemos sentido la hospitalidad que nace del corazón: desde quien menos tiene y, aun así, más da. Centroamérica es eso —una tierra de manos abiertas que acompañan y sostienen a quienes están de paso, regresan o buscan un nuevo comienzo.
¿Qué desafíos perciben para las personas migrantes y cómo ofrecerles esperanza en estos contextos?
En el camino hemos encontrado dos realidades particulares. Por un lado, personas —sobre todo venezolanas— que están regresando, retornando de manera forzada ante la violencia y la hostilidad que enfrentaron en su intento por llegar al norte del continente. Algunas fueron deportadas, otras sufrieron abusos y ahora buscan refugio o un nuevo lugar donde vivir en Centroamérica. Por otro lado, encontramos personas de Haití, Cuba, República Dominicana e incluso de países tan lejanos como Bangladesh, que siguen buscando una ruta hacia el norte.
Ante esta realidad, sentimos la urgencia de seguir acompañándoles, de hacer monitoreo y brindar apoyo, especialmente porque muchas de estas personas enfrentan vulnerabilidades y son presa fácil de grupos organizados que se aprovechan de su necesidad.
¿Y cómo darles esperanza? Pues desde la Caravana, tratamos de sembrar esperanza con gestos sencillos: ir a su encuentro, cantar, escuchar sus historias, sonreír, colaborar con quienes están en la ruta. Hemos visto que la esperanza viene profundamente arraigada en la fe. Frases como “Primero Dios”, “Dios adelante”, “Dios con nosotros” nos han acompañado en el camino. Fe y esperanza caminan juntas.
¿Alguna experiencia que les haya marcado especialmente?
Sí, muchas. Pero hay una que guardamos con cariño. En Ocotepeque, en el albergue San José, conocimos a familias venezolanas que estaban en retorno forzado. Entre ellas, una niña se nos acercó con una gran sonrisa. Habíamos cantado con todos, y ella, con sus pocos recursos, fue a la tienda y compró un paquete de galletas… para compartirlo con nosotros.
Ese gesto tan simple nos ha marcado mucho. Nos recordó que el amor y la esperanza no dependen de cuánto se tiene, sino de cuánto se da. Los niños, con su inocencia, nos muestran que no hay diferencias, que somos hermanos y hermanas. Siempre decimos que el que menos tiene es quien más da, y eso, la generosidad y el amor profundo, lo llevamos impregnado de estas historias.
¿Qué se llevan de este recorrido por tierra centroamericana?
Han sido semanas intensas, llenas de aprendizajes y encuentros. Encontramos una tierra en movimiento, con personas que van hacia el norte, hacia el sur, con historias difíciles y muchos riesgos; pero también una tierra con una red de hospitalidad enorme, dispuesta a servir y a salir al encuentro: grupos de religiosas, de voluntarios y voluntarias, por ejemplo.
Desde la Compañía de Jesús hemos visto una gran disposición interprovincial e intersectorial. Hemos compartido en espacios y encuentros con Fe y Alegría, universidades, colegios, comunidades locales, grupos de investigación… todos unidos al servicio de las personas migrantes. Es decir, la presencia de la Compañía de Jesús al servicio de las personas excluidas de la sociedad, en este caso, las personas migrantes forzadas.
Y también recibimos nosotros esa hospitalidad: las puertas abiertas de las comunidades jesuitas, la sonrisa, el compartir la Eucaristía.
Nos despedimos con el recuerdo de un niño llamado Aarón, de 13 años, que lleva seis recorriendo América Latina. Nos dijo: “A veces el miedo construye una barrera, una coraza… pero esa coraza se puede transformar con amabilidad, con mirar a los ojos, con sonreír.”
Eso es la hospitalidad. Por eso seguimos en camino en esta Caravana.
