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En este texto, P. José María Tojeira, S.J., nos invita a reflexionar en torno a la pastoral penitenciaria, para solidarizarnos con quienes ejercen esta misión de ayudar a ver las prisiones como ofertas de conversión, de purificación y de esperanza a la luz del Evangelio en nuestros contextos.

Hace siglos, en tiempos de las persecuciones sufridas por el cristianismo, un defensor de la fe llamado Tertuliano, hacía una reflexión sobre las cárceles. Les decía a los cristianos privados de libertad que «fueron a la cárcel para aplastar al diablo, incluso en su casa». Hoy la cárcel, aunque sea necesaria para penalizar el delito, proteger a la ciudadanía y rehabilitar al delincuente, continúa siendo un lugar de sufrimiento. Perder la propia libertad de movimiento y de relaciones, estar separado de los seres queridos, perder o disminuir la capacidad de emprender tareas en favor del propio desarrollo produce dolor, tristeza y angustia. Pero como todo sufrimiento, aun incluso el que ha sido resultado de las propias equivocaciones y malas decisiones, el encarcelamiento supone un desafío para el propio desarrollo como persona con capacidad de ética y opciones morales positivas. Para los antiguos cristianos, detenidos injustamente, era un desafío para permanecer y resistir en la fe. Por eso Tertuliano decía que estaban llamados a vencer al diablo (al mal) en su propia casa. Hoy las cárceles, con sus problemas y dificultades, si están acompañadas por la esperanzan cristiana continúan más fácilmente ofreciendo a quienes la habitan el desafío de recuperar la libertad para vivirla de un modo moralmente sano.

            La fe cristiana siempre ha visto presente tanto en las circunstancias adversas como en el pecado una oferta de salvación y conversión. Dios siempre nos ama y nos busca, a veces directamente, y en otras ocasiones a través de acontecimientos y personas que se nos acercan. De diversas maneras, tanto desde la oración y el sacramento como desde la presencia amistosa, el consejo y la solidaridad, el mensajero del Evangelio que visita a los privados de libertad les lleva siempre un mensaje de esperanza que queda alojado en su conciencia. Es la palabra del Señor Jesús que sufrió injusticias a causa de su amor a los pobres y sencillos, y que nos muestra el camino de la conversión y del bien. La Iglesia nos recuerda que “la conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios” y escucha resonar su voz. En la obediencia a esa voz que nos llama siempre a la realización de lo bueno reside la propia dignidad humana. Es la misma voz del Señor que dice “vengan benditos de mi Padre porque estuve enfermo o en la cárcel y me visitaron”. Para los cristianos la base de la dignidad humana es la capacidad de todo ser humano de buscar y hacer el bien. Y a todos nos corresponde cultivar esa base en nosotros y en los prójimos, más allá de los fallos o errores que hayamos tenido. Poner semillas de esperanza en la conciencia de quienes sufren la privación de libertad es comenzar su proceso de reconciliación con el mundo en el que viven.

            Es normal que el Estado sancione los delitos. Pero a los cristianos nos corresponde ser mensajeros de esperanza. Y la esperanza, si se recibe con un corazón sincero, traspasa los muros de las prisiones en una doble dirección. De fuera hacia adentro de las prisiones, si quienes estamos en libertad confiamos en la capacidad de las personas de recuperar su dignidad y abrirse camino en la vida mirando al bien y a la bondad. Y también desde el interior de las cárceles hacia afuera. Los privados de libertad que experimentan la fuerza del Evangelio y la solidaridad cristiana con ellos, comienzan a ver el mundo exterior de otra manera. No el mundo que los maltrató, incomprendió o empujó hacia el mal, sino el lugar y el espacio donde se puede sembrar amor y donde se cosecha paz. De Jesús se nos dice en el credo que bajó a los infiernos. Es una afirmación que resalta tanto la humanidad de Jesús como su divinidad y su fuerza salvadora. Precisamente desde ahí, desde lo más profundo de la muerte, Jesús resucita redimiendo todo lo que parecía perdido. El pone y da vida allí donde no la había. A nosotros nos toca aceptar la invitación de seguirle.

            Si la cárcel tiene una especie de dimensión de muerte social, al menos mientras se permanece en ella, la esperanza cristiana salta las alambradas alumbrando el futuro. La gracia del Señor y la conversión son parte de la resurrección del Señor. Quien agobiado por el dolor o por la desesperación, por la frustración o por la propia mala conciencia, descubre en el Evangelio al Señor que es “camino, verdad y vida”, comienza a participar de hecho en la Pascua del Señor y en su Resurrección. Como el desierto, que es lugar de tentación y de cansancio en el caminar, la cárcel puede parecer también un lugar hostil al Evangelio. Pero también como el desierto, puede ser un lugar de purificación, de oración y de esperanza. Jesús aparece en los Evangelios retirándose a lugares solitarios para orar. Quien en el desierto de las cárceles escucha la palabra y descubre que más allá de las tristes historias humanas hay una verdad que nos salva, que nos redime y nos da la capacidad y la fuerza para ser en la propia vida testigos del amor de Dios, empieza ya a vivir en vida la vida de Jesús resucitado y su Espíritu Consolador.

            En el jubileo de los presos, celebrado en el contexto del año de la misericordia, el Papa Francisco, todavía vivo, nos decía que “no existe lugar en nuestro corazón que no pueda ser alcanzado por el amor de Dios”. Privados de libertad, familiares y funcionarios de prisiones escuchaban con atención el mensaje papal: “Una cosa -decía el Papa- es lo que merecemos por el mal que hicimos, y otra cosa distinta es el ‘respiro’ de la esperanza, que no puede ser sofocado por nada ni nadie”. Cuando la Iglesia se preocupa por llevar el Evangelio a las prisiones es porque sabe que Dios está siempre con los necesitados. Y con frecuencia los privados de libertad, especialmente en nuestras tierras, bien pueden ser considerados los más pobres de los pobres. Con culpa o incluso sin ella en algunas ocasiones, son personas que hoy sufren después de haber creado sufrimiento a otros. Y la Iglesia, como con frecuencia nos han recordado algunos de nuestros obispos, debe estar donde está el sufrimiento ofreciendo redención y esperanza.

            San Pedro Nolasco y los mercedarios por el fundados, nos recuerdan permanentemente esa obligación eclesial desde hace casi mil años. El Evangelio nos recuerda que la solidaridad con los encarcelados está vinculada a nuestra propia salvación. A todos nos corresponde en esta Centroamérica nuestra, tan golpeada por injusticias sociales, pero también tan llena de hambre y sed de justicia, dar nuestra solidaridad y nuestro apoyo a quienes en la Iglesia desarrollan la pastoral penitenciaria y, con ella, la esperanza de un mundo mejor y más reconciliado. Trabajar en las cárceles, anunciar el perdón y la reconciliación, reintegrar a los golpeados por el pecado y por el mal al dinamismo cristiano de la amistad social, es trabajar en la construcción del Reino de Dios que Jesús inició y que el mismo culminará al final de la historia.