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Más de sesenta jóvenes de distintas comunidades y obras de la Compañía de Jesús en Honduras se dieron cita en el Centro de Espiritualidad Arena Blanca, en El Progreso, Yoro, para vivir un fin de semana de fe, reflexión y comunidad. El encuentro buscaba descubrir a Jesús en la propia historia, reconocer el valor de la vida comunitaria y asumir gestos concretos de cuidado de la creación, tejiendo así la Red Juvenil Ignaciana (RJI) en el país.

El camino comenzó antes del amanecer. Jóvenes de Tocoa y Yoro salieron de sus casas y rutinas para unirse a otros de Fe y Alegría (Nazaret, Bandeira y Loyola), del Instituto San José y de la Parroquia San Ignacio. Rostros distintos, pero con un mismo deseo: encontrarse y compartir la fe en comunidad. Al llegar, un gafete con su nombre y el símbolo de la RJI los recibió. No eran anónimos, sino parte de algo mayor. Tras la bienvenida, cada delegación compartió sus raíces, trayendo consigo los caminos recorridos.

 

Las primeras dinámicas invitaron a abrirse a “los otros”, descubriendo que la comunidad es más que un grupo: es una historia común. Los objetivos quedaron claros: encontrarse personalmente con Jesús, mirar la vida —propia y colectiva— desde su presencia, y reconocer la casa común como don y responsabilidad.

La profundización llegó en tres estaciones. En la primera, el silencio de la capilla abrió el oído al propio cuerpo y a la naturaleza que rodeaba el centro. En la segunda, confiar en los demás se volvió indispensable: guiar y dejarse guiar era metáfora de la vida compartida. En la tercera, la creatividad y el trabajo en equipo mostraron que construir comunidad exige flexibilidad y escucha.

Al caer la noche, el grupo se trasladó al Teatro La Fragua. Allí, el arte, el humor y la memoria se ofrecieron como una pedagogía distinta. La acogida fue cálida y fraterna. Ya de regreso, un examen del día permitió reconocer las huellas de Dios y guardarlas en un diario personal.

El domingo inició con oración y reflexión sobre la comunidad, seguida de la visita a La Milpa. En el camino, recoger basura se convirtió en signo de que cuidar la creación empieza con gestos sencillos. Allí, Alexis Martínez, del ERIC, explicó el trabajo colectivo y el aprendizaje de la tierra. Los jóvenes regresaron con frutos en las manos y una certeza en el corazón: no se defiende lo que no se conoce ni se ama.

La experiencia culminó con la Eucaristía presidida por el padre José Leonidas, espacio de gratitud por la amistad, la comunidad, la creación y la Red que sigue creciendo. Luego llegaron los abrazos, la comida compartida y el regreso a casa. Cada quien volvió con la misión de llevar a otros lo aprendido: que Dios se deja encontrar en el silencio, en el rostro del compañero, en la tierra cuidada y en la trama invisible de una comunidad que camina unida.