¿Puede el testimonio de Ignacio enseñarnos algo sobre la búsqueda del sentido y vocación en la juventud? Conversamos con jesuitas en formación que nos comparten sus pensares sobre el sentido de la vida y la misión en #EspírituIgnacianoHoy.
Ignacio de Loyola vivió su juventud movida por la búsqueda de fama, honor y éxito, valores muy presentes en su época y entorno. Sin embargo, su experiencia de conversión lo llevó a replantear esas aspiraciones y a descubrir un camino distinto, más profundo y auténtico.
Su tiempo en la universidad fue decisivo, porque allí no solo estudió, sino que vivió la experiencia del acompañamiento y la amistad con otros jóvenes que, como él, buscaban un sentido verdadero para sus vidas y estaban dispuestos a entregarse a una misión mayor.
¿Qué nos puede enseñar Ignacio sobre la búsqueda de sentido y vocación en la juventud?
-Manuel Asturias, S.J., jesuita en formación, reflexiona:
Creo profundamente que Ignacio nos enseña que la juventud no es solo una etapa o tiempo de alboroto, es realmente un tiempo sagrado para buscar respuesta a esas preguntas profundas que nos hacemos y ensanchar el horizonte de nuestras vidas con el corazón. La juventud es el tiempo del ¿para qué? y del ¿hacia dónde?. Es una etapa de búsqueda y de apertura, donde podemos atrevernos a no pensar simplemente en lo que “se espera de nosotros” sino en explorar aquello a lo que nos sentimos llamados internamente. Ignacio no encontró respuestas inmediatas ni fáciles, pero se animó a caminar, a escuchar, y, especialmente, a discernir. Descubrió que su verdadero deseo no era la fama, sino una entrega total, un amor más grande que lo llamaba.
Podemos ayudar siendo presencia. Acompañar a la juventud conociéndoles sin juzgar. Porque solo desde el conocimiento real del otro podemos también nosotros discernir la voz de Dios que nos llama a acompañar de modo auténtico. Como Ignacio con sus primeros compañeros, podemos crear espacios de escucha, de comunidad, donde el joven se sienta mirado con amor, y no medido únicamente por sus logros, mostrándoles que en la propia vida hay una alegría más honda que el éxito popular: la alegría de servir, de amar sin medida, de vivir con propósito. Dar esta oferta de encuentro con Dios será como entonar una melodía alegre en medio del ruido del mundo. Será esta una melodía que les ayude a descubrir “para qué han sido creados” y a vivir apasionadamente “para la Mayor Gloria de Dios”.
-Mariano Sequeira, S.J., jesuita en formación, por su parte, cuenta:
La cotidianidad del joven Ignacio estaba marcada por relaciones con hombres y mujeres; profesiones y actividades cuyo fundamento era el alcanzar honra, según él mismo nos confiesa en su autobiografía. Sin embargo, a partir de aquella herida de mayo de 1521, san Ignacio emprende una ruta que le obliga ir más allá de sí mismo, curiosamente, entrando en sí mismo; es decir, emprende el camino de encuentro con sus más íntimos deseos y descubre en los deseos de plenitud, servicio y entrega a Dios mismo, operando y actuando en su propia vida. A partir de ahí, lo que viene es la historia de un peregrino; la de búsquedas, atinos y desatinos, en los que, conectado con él mismo y con Dios, buscará sólo cumplir la voluntad divina.
¿Qué nos dice esto para el hombre y mujer de hoy? El ser humano necesita conectar consigo mismo, discernir sus más íntimos deseos y descubrir aquello a lo que Dios le invita. El hombre y la mujer de nuestra época debe primero ser y luego hacer; por más importancia que se le conceda a lo último, lo vital es descubrir quiénes somos con la certeza que nuestra relación con Dios determina lo que somos y, en consecuencia, lo que hacemos.
Desde lo anterior, no es baladí la actitud vital de san Ignacio con todas las actividades que emprendió después de sus 26 años. Antes de ello, eran actividades cuyo propósito era la “vana gloria”. Después de esa edad, todo cuanto hacía era para la mayor gloria y alabanza de Dios. Por ello, para san Ignacio, los estudios no eran una mera actividad del intelecto, sino una actividad de todo su ser, de quien vive desde el Espíritu todas las cosas y lo vive orientado por la fe en Jesucristo. Los estudios fueron el medio donde realizaba su más profundo ser persona y su más íntima vocación: servir a Dios por medio del servicio a los otros.
Ahora bien, ¿cómo ayudar a otros para descubrir su camino auténtico más allá de un simple deseo de éxito y reconocimiento? Jerónimo Nadal escribió que Ignacio no se adelantaba al Espíritu, sino que se dejaba conducir con suavidad hacia donde no sabía: “sabiamente ignorante, puesto sencillamente su corazón en Cristo.” Sirva este testimonio de Ignacio como punto de partida para quien quiere ayudar-acompañar a otro en su camino de vida. Es decir, quien ayuda a otro en sus búsquedas debe ser sensible a las indicaciones del Espíritu en su propia vida y respetar el proceso vital en el que se encuentre la otra persona en su relación con Dios, consigo mismo y con los demás. Se trata de hacer una amistad integral, de mucha hondura y calidad, participando de los sentimientos del otro y respetando su personalidad individual. Si me atrevo a parafrasear una frase importante de los Ejercicios Espirituales sería así: no el mucho aconsejar harta y satisface el alma, sino el tener el gesto y la palabra oportuna frente al otro. En este sentido, ayudar a otro a descubrir su propio camino implica, además de lo ya dicho, transmitir la propia experiencia vital, dando la palabra y gesto en el momento oportuno para alentar, destrabar, animar el proceso de búsqueda del otro. En una frase: estar enteramente presente comunicando la propia experiencia vital.
-Sándor Espinoza, jesuita en formación, comparte:
Ignacio fue un caminante con sed de sentido, aunque al principio solo quería ser admirado, aplaudido, recordado. Soñaba con triunfos y victorias que lo pusieran en lo alto. En su época, el éxito tenía forma de espadas, batallas y aplausos de reyes. Hoy, esa misma sed se presenta de éxito rápido: el número de seguidores que marque la diferencia, el cuerpo ideal, “ser alguien” sin importar cómo, estudiar “algo que dé plata”, likes o en no quedarse atrás. A veces es presión de familia, otras, miedo a fallar. Y así, muchos caminan sonriendo por fuera, pero cargando un silencio adentro que nadie ve. Distintos tiempos, la misma búsqueda: ser alguien, que la vida valga, que alguien mire y diga “vos sí lograste algo”. Ignacio corría hacia esa cima, con el corazón lleno de ruido, hasta que una herida lo frenó en seco. Fue dura, sí, pero también una grieta por donde entró la luz. En medio de esa pausa forzada, comenzó a mirar hacia dentro y a hacerse preguntas que antes no se animaba a nombrar. Dejó de correr solo. Se rodeó de otros jóvenes que también buscaban algo más que brillar. Se sentaron juntos a compartir silencios, dudas, oración, amistad verdadera. Y ahí, sin fórmulas ni mapas, descubrieron que los caminos que de verdad valen no siempre son los más visibles, pero sí los que encienden el corazón.
Ignacio nos enseña que la vocación no es un trofeo que se gana, ni un camino preestablecido, sino un acto de libertad: una decisión profunda de vivir según lo que nos late en el corazón, más allá de lo que se espera de nosotros: es una respuesta libre a ese deseo hondo que habita el espíritu, ese fuego que no se apaga aunque lo intentemos silenciar. Nos recuerda que la verdadera libertad no se encuentra en hacer solo lo que queramos, sino en escuchar el susurro del corazón y elegir, con el espíritu despierto, aquello que da sentido, sana, transforma y nos conecta con lo más profundo del amor, haciéndonos más humanos: lo que construye, cura, fortalece nuestras relaciones y nos invita a vivir con empatía, contribuyendo al bien común; para eso, también hay que soltar todo lo que impide elegir desde lo verdadero: cosas, imágenes falsas, miedos al qué dirán, incluso a personas. Acompañar a los jóvenes hoy no significa empujarlos hacia el ‘éxito’, sino guiarlos a detenerse, mirar hacia adentro sin miedo y reconocer sus heridas como parte de su crecimiento. Se trata de ofrecerles espacios donde puedan ser auténticos, donde puedan compartir sus miedos, esperanzas y dudas. Espacios donde el silencio, la amistad y el encuentro con otros les ayuden a escuchar su verdadero llamado. Lo más importante es darles la libertad de elegir sin miedo, sin sentirse presionados por lo que ‘deberían ser’. Además, es apoyarlos en el desarrollo de su capacidad crítica, en la construcción de su resiliencia ante los desafíos y en la valoración de la empatía como base para sus relaciones. También es fundamental fomentar su curiosidad, el deseo de aprender, su creatividad y la capacidad de soñar y de transformar sus ideas en acción en cualquier modo de vida que elijan (laico, vida religiosa o sacerdotal). Es ayudarles a fortalecer su sentido de pertenencia, su responsabilidad social y su conciencia sobre el impacto de sus decisiones en el entorno. En definitiva, se trata de formar seres humanos íntegros, conscientes de su potencial y dispuestos a aportar al mundo de manera auténtica y generosa. Porque cuando un joven se atreve a vivir desde ahí, desde lo que le da sentido, ya no corre por ambición: camina con propósito. Y entonces, como Ignacio, puede descubrir que su historia, tan humana y tan única, también puede transformar el mundo, su mundo más cercano.
-P. Daywing Duarte, S.J., Delegado de Formación de Centroamérica, nos dice:
Es común que lo jóvenes que se toman la vida y sus proyectos con seriedad experimenten en su interior inquietud por encontrar un sentido más profundo. Para ellos Ignacio de Loyola puede servirles como un ejemplo válido que atraviesa siglos. Fue un joven atraído por la fama, el honor y el éxito, valores magnéticos en su época. Pero también fue un joven que a los 26 años empezó a reorientar sus sueños, deseos y aspiraciones hacia ideales más generativos y transformadores.
Ignacio soñaba con glorias militares y títulos nobiliarios. Se entregó con pasión a acumular méritos y a ser admirado, hasta que una herida profunda en la pierna comenzó a fracturar sus convicciones. En medio de aquel dolor físico se rasgó su mundo interior: descubrió que la fama de hoy se desvanece y que el verdadero honor late en el servicio desinteresado y la compasión hacia el otro. Poco a poco fue intuyendo el sentido y la vocación de su vida, un camino auténtico que sentía lo llevaría a la plenitud y la felicidad que tanto buscada su corazón.
Desde esa vivencia experimentada por Ignacia todo joven puede sacar provecho para su propia vida, para hacer camino, encontrar sentido, aclarar su vocación, ser auténticos y descubrir la mejor vía para alcanzar aquello que el corazón anhela. Algunas pautas que, de la experiencia de Ignacio, a un joven en búsqueda le pueden ser de utilidad son:
- Reorientar los grandes sueños: Ignacio empezó soñando con fama y honor, pero al comprender que eran tan efímeros y le seguían dejando vacío descubrió que su corazón en lo profundo anhelaba algo que perdurara en el tiempo, algo de mayor valor y empezó a transformar sus aspiraciones de éxito en proyectos que lo dejaban más satisfecho y feliz.
- Afrontar los retos con pasión: en su vida se encontró con grandes desafíos para conseguir aquello que en lo profundo de su corazón anhelaba. Tuvo que vérselas con grandes obstáculos, pero con toda su pasión y algunos medios prácticos pudo llevar a cabo lo que creía verdaderamente importante. Trabajó en potenciar sus habilidades y buscó recursos concretos para concretar sus sueños auténticos.
- Emprender la vida como un peregrinaje: Ignacio todo el tiempo se definía a sí mismo como el peregrino, siempre en camino y dispuesto a dejarlo todo por una misión mayor. En sus viajes, en su pobreza voluntaria y en su disponibilidad radical, supo que la vida es un camino en construcción y que cada etapa revela nuevos paisajes interiores y convoca a una misión que crece con nosotros.
- Formar comunidad de amigos: fundó un grupo de amigos basados en la experiencia compartida del amor de Dios, promoviendo libertad, afecto y proyectos en común y experimentó la fuerza liberadora de la amistad compartida en el Señor. Con otros jóvenes discierne, ríe y llora, se apoya y acompaña. Aprendió que la búsqueda de sentido sucede en comunidad, en el diálogo franco y en el compromiso mutuo con un ideal más grande.
- Fomentar el discernimiento y la profundidad interior: para tomar decisiones sabias, Ignacio desarrolló un arte de profunda escucha interior conocido como discernimiento de espíritus que invita a reconocer los movimientos de consolación que elevan el ánimo y los de desolación que bloquean el alma, para elegir con libertad lo que más nos conduce al bien verdadero. Hoy, siguen funcionando como un entrenamiento vital para no dejarse arrastrar por modas, expectativas ajenas o por el ruido incesante de redes y comparaciones, para mantener la mirada y el corazón enfocados en aquello que es el núcleo de lo que se quiere alcanzar.
- Educar el deseo y la vocación como proceso: también entendió que la vocación no brota de un instante de revelación, sino de un proceso donde el joven jerarquiza sus deseos y se compromete con lo duradero y constructivo. Por eso, Ignacio enseña y evidencia la importancia y el valor que tienen para un joven identificar sus motivaciones profundas, renunciar a lo efímero y descubrir dónde vibra su auténtica pasión.
- Vivir desde la gratuidad y la gratitud: Ignacio vivía convencido que la gratitud por lo recibido y la gratuidad en el servicio son semillas de esperanza que florecen en proyectos de amor y justicia. Entonces, frente a un mundo saturado de ofertas que prometen éxito instantáneo, los jóvenes necesitan cultivar un deseo verdaderamente libre y preguntarse con honestidad ¿Qué quiero, en el fondo de mi corazón, reconocimiento fugaz o una vida que trascienda?
Finalmente, si eres un joven que se toman la vida y sus proyectos con seriedad y experimentas en tu interior inquietud por encontrar un sentido más profundo te invito a caminar con Ignacio como compañero de camino, a dejar que su experiencia de vida despierte en ti la osadía de soñar no para ser aplaudido, sino para ser útil. Que tu vocación sea un faro que alumbre más allá de ti mismo y te impulse a construir un mundo donde el sentido se traduzca en acciones cotidianas de amor y de justicia.
-Benjamín Sánchez, jesuita en formación, finalmente, piensa:
Como teólogo jesuita, se espera que acompañe en la formación de la dimensión espiritual. Este acompañamiento lo realizo desde dos áreas: primero, imparto una clase-taller sobre oración ignaciana, que tiene como objetivo que los inquietos vocacionales puedan conocer y hacer suya la espiritualidad ignaciana desde el silencio, la escucha y con una mirada en la realidad. Asimismo, un espacio de conversaciones espirituales en las que, como comunidad, comparten los retos y las consolaciones que Dios les ha ido regalando en el discernimiento vocacional. En segundo lugar, acompaño las experiencias vocacionales, como: Encuentro Arrupe, Encuentro Claver, Mochilazos y experiencias pastorales, que implican no solo acompañamiento espiritual, sino también momentos de oración, ejercicios espirituales, triduos ignacianos y pausas ignacianas.
San Ignacio de Loyola sigue estando muy presente en mi vida como jesuita y, específicamente, en mi pastoral. La primera vez que me encontré con un libro de san Ignacio fue a los 17 años: era su autobiografía. Leer ese libro fue un regalo de Dios. A través de la vida de san Ignacio, Dios me mostró un camino para seguir a su Hijo. Era una invitación clara a ser un peregrino, un seguidor de Cristo, a recibir su Gracia y a sentirme pecador, pero a la vez perdonado. Ignacio, desde su experiencia de conversión, nos invita a seguir al Único que hace de nuestra vida una vida plena y fecunda.
La pastoral vocacional me hace regresar a las fuentes de mi experiencia vocacional y a las del mismo Ignacio, pues solo así uno reconoce que es instrumento de Dios y puede acompañar a los jóvenes en el discernimiento vocacional. Ignacio me invita a pasar por el corazón mi propia historia vocacional, ese momento en el que Dios me hizo ver desde otra perspectiva a mí mismo y a los demás. Hacerlo es recordar la experiencia de Ignacio junto al río Cardoner: «Y estando ahí sentado, se le abrieron los ojos del entendimiento; no porque viese alguna visión, sino porque entendía y conocía muchas cosas, tanto de cosas espirituales como de cosas de la fe y de letras, con una ilustración tan grande que le parecían todas nuevas». (Autob. 14).
Ignacio reconoce que su plenitud estaba en levantar la bandera del Rey Eterno y que, para conocerlo, tenía que seguir al único capaz de mostrarnos al Padre: Jesús. Como jesuita, aprendes a ser seguidor de Cristo, a ser un peregrino «para atender principalmente a la defensa y propagación de la fe y la salvación de las almas…», tal y como se expresa en la Fórmula de nuestro Instituto. Y es esto, lo que Ignacio pide dar a conocer a quien desea formar parte de la bandera de Cristo.
La vocación, como regalo del Dios Padre y llamado del Dios Hijo, es una invitación a dar gratuitamente lo que gratuitamente he recibido. Consiste en dejarse llevar por el Espíritu, siendo un peregrino, un obrero de la mies del Señor, capaz de invitar a otros a formar parte de ella, como hizo Ignacio, que a través de su ejemplo me enseñó a ser jesuita, compañero de Jesús.
Ignacio me recuerda que mi vocación viene y va hacia Dios. Una vocación que tiene que ser peregrina y motivar a otros a seguir a Cristo y su Reino. Y, para eso, me siento invitado, como Ignacio, a ayudar a otros a discernir su llamado. Un discernimiento que se realiza desde la experiencia de Dios a través de los Ejercicios Espirituales, la vida comunitaria y una formación que comprometa al joven a servir y amar a los demás.
Mi reto como jesuita en la pastoral vocacional es vivir lo que comparto, tener una experiencia de Dios que se haga viva y brindar herramientas espirituales para que el joven discierna en diálogo con Dios. Que un joven se sienta motivado a seguir a Cristo en esta pequeña Compañía significa que su decisión discernida ha sido confirmada por Jesús, que le ha invitado a cargar con su cruz.
Por último, Ignacio me recuerda que, como jesuita, debo ser capaz de reconocer lo bueno que Dios va haciendo en los demás. Un regalo de este apostolado es reconocer cómo Dios se hace presente en la vida de estos jóvenes, cómo les consuela y les ama, y cómo les va mostrando el camino para que puedan elegir aquello que más les lleve a servir y amar a los demás. Ignacio siempre me recuerda que hay que amar esta vida, porque solo así será fructífera. Y gracias a los frutos de la experiencia de Ignacio, hoy sigo formando parte de su llamada a seguir a Cristo, mostrando el camino del servicio a Dios a otros desde mi pastoral.
