¿Cómo acompañar a los jóvenes de hoy para descubrir un camino auténtico, más allá del éxito y el reconocimiento? A la luz del #EspírituIgnacianoHoy, Ana Valeria Mairena y Kevin Campos, S.J., de la Red Juvenil Ignaciana de Centroamérica, reflexionan sobre la juventud y el sentido de las vidas.
Ignacio de Loyola vivió su juventud movida por la búsqueda de fama, honor y éxito, valores muy presentes en su época y entorno. Sin embargo, su experiencia de conversión lo llevó a replantear esas aspiraciones y a descubrir un camino distinto, más profundo y auténtico.
Su tiempo en la universidad fue decisivo, porque allí no solo estudió, sino que vivió la experiencia del acompañamiento y la amistad con otros jóvenes que, como él, buscaban un sentido verdadero para sus vidas y estaban dispuestos a entregarse a una misión mayor.
¿Cómo podemos ayudar a que los jóvenes de hoy descubran un camino auténtico más allá del simple deseo de éxito o reconocimiento?
-Ana Valeria Mairena, de la Red Juvenil Ignaciana Centroamérica, reflexiona:
La juventud es una etapa que se asemeja a un viaje en montaña rusa. Hay momentos altos, de mucha adrenalina, alegría y satisfacción. Así como también hay momentos bajos, de miedo, incertidumbre y mareo. De Ignacio podemos aprender a que cada altibajo que vivimos, nos acerca a nuestra vocación, aunque en el momento no lo entendamos.
Su vida nos ilustra como las mociones se van ordenando a medida que nosotros vamos aceptando la voluntad de Dios. Por eso es importante que vivamos con agradecimiento y libertad, cada experiencia que tenemos, ya que es a través de estas, y de quienes nos acompañan, que el Señor nos va mostrando el camino.
Pero la vida de Ignacio nos muestra que no siempre es fácil cambiar el rumbo de nuestras vidas para experimentar nuevos caminos. Por eso, considero que para los jóvenes, es necesario un acompañamiento que no busque imponer un estilo de vida o una manera de proceder, sino que nos invite a experimentar, a equivocarnos, a cambiar de camino las veces que sean necesarias. Solo así, nos podemos acercarnos a una vida más auténtica.
Esa es la invitación más grande que rescato en este aniversario: moverme con libertad. Disfrutar de la montaña rusa que es la vida, y acompañar a otros jóvenes en sus caminos.
-Kevin Campos, S.J, de la Red Juvenil Ignaciana, comenta:
Cuando san Ignacio decidió seguir a Jesús, su propósito de vida se volvió muy claro: Ad maiorem Dei gloriam, en todo amar y servir, sentir y cumplir enteramente la voluntad de Dios. Cada vez que buscaba a Dios, lo encontraba. No porque viviera una espiritualidad autorreferencial, sino porque su fundamento vital estaba puesto en la apertura radical a ver a Dios en todas las cosas.
Pero, ¿fue siempre así? ¿siempre tuvo tan claro su camino? De su Autobiografía sabemos que en su juventud se dedicó a buscar las vanidades del mundo y principalmente se deleitaba en ejercicio de armas con un grande y vano deseo de ganar honra. Fue una juventud no muy distinta a la de nuestra generación: el gusto por el poder, el prestigio, la apariencia, la comodidad, el dinero… no son tan ajenos a nuestros propios anhelos.
Sin embargo, esa búsqueda de sentido nunca fue inercia y pasividad. Ignacio era un joven determinado. Ya fuera persiguiendo la vanidad del mundo o la gloria de Dios, lo hacía con compromiso y fidelidad. Su vida nos revela no solo los objetos buscados sino su modo de buscar, su modo profundo de desear. Y esos deseos estaban moldeados por sus referentes: primero los ideales de la nobleza y los ejércitos en los que creció. Más tarde, esa misma fuerza interior se encontró con un nuevo horizonte: Jesús, que lo transformó y lo llamó al seguimiento radical bajo la bandera de la cruz.
Ese encuentro con Jesús no lo convirtió en alguien que ya lo tenía todo claro de una vez y para siempre, sino en alguien que estaba dispuesto a dejarse mover y guiar. Su vocación no fue una respuesta inmediata e inmóvil sino un proceso: un camino en el que los deseos se fueron afinando, y la vida fue adquiriendo otro sentido. De Ignacio aprendemos que la vocación no es una etiqueta que tenemos que ponernos ni un plan cerrado al que ceñirse, sino una verdad que se va revelando en el tiempo, en la escucha, en los pasos concretos que damos, en las decisiones de cada día.
La vocación se transforma con los deseos, pero no con cualquier deseo: con aquellos que nacen de lo más hondo y nos acercan a nuestra alegría más plena. Aquellos en los que amar y servir no son deberes sino fuentes de una vida verdadera. Esos deseos se irán haciendo más claros en la medida que nos hagamos preguntas, especialmente en la juventud, no conformándose con las mil invitaciones que vienen de fuera. Ignacio aprendió a seguir ese deseo en lo profundo de su vida.
Jesús sigue haciendo esa invitación. A recorrer nuestro camino a su estilo: con libertad interior, determinación, compasión y entrega. Como Ignacio, que descubrió el modo amoroso en que Dios sueña con nosotros.
