Conversamos con María Josefa Yac, del equipo de coordinación de la Asociación Qajb’al Q’ij, el apostolado con jóvenes indígenas de la Compañía de Jesús en Guatemala, sobre su experiencia en la asociación, la riqueza de la cultura maya, el diálogo entre la espiritualidad maya quiché y la espiritualidad ignaciana y la importancia de la formación de jóvenes.
La Asociación Qajb’al Q’ij, parte del Apostolado Social de la Compañía de Jesús en Centroamérica, acompaña a jóvenes líderes y lideresas indígenas en un proceso de formación profundamente enraizado en la espiritualidad maya quiché. Su nombre, que significa “la caída del sol” en idioma quiché, evoca un horizonte simbólico de sabiduría ancestral, resistencia y esperanza.
Qajb’al Q’ij propone la formación en temas políticos y ciudadanos de la mano del rescate y vivencia de la espiritualidad maya quiché en este trabajo. Así, jóvenes líderes y lideresas pueden después acompañar a otros jóvenes. María Josefa Yac, parte del equipo coordinador de la Asociación, llegó a Qajb’al hace más de 10 años desde la formación, luego de eso, comenzó a caminar con otros jóvenes como formadora hasta llegar a formar parte de la coordinación de la Asociación. En este caminar, María Josefa descubrió la importancia del diálogo, de la escucha, de la diversidad y de la riqueza cultural vista a través de la espiritualidad y la relación con Dios y la comunidad.
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En esta entrevista, María Josefa, originaria de Almolonga, en Guatemala, nos comparte su testimonio de vida, su experiencia con la asociación, la comunidad, la espiritualidad maya quiché y el diálogo entre esta y la espiritualidad ignaciana. Esta conversación es también una invitación a ver con nuevos ojos la riqueza de las culturas originarias y el potencial transformador del encuentro.
¿Cómo nace la Asociación Qajb’al Q’ij y cuál es su misión?
La Asociación surge a partir de un proceso comunitario. Todo comenzó con un grupo de laicos, acompañados de P. Victoriano Castillo, S.J., actual encargado de la pastoral indígena, del occidente de Guatemala que participó en un encuentro de teología india en 2009. A partir de ahí, se soñó con un espacio formativo para jóvenes líderes indígenas. En 2011 arrancó una especie de «plan piloto», con una propuesta de cuatro módulos: crecimiento personal, teología india, formación política y espiritualidad maya.
En 2014, el proyecto se formalizó legalmente como asociación sin fines de lucro. La asociación se dedica directamente a formar, a fortalecer el liderazgo de jóvenes en comunidades o en parroquias, o de entidades también que están siempre en la misma línea de la defensa de los derechos humanos, de los derechos de la tierra, cuidado de la tierra. En general, de quienes trabajan en este tipo de procesos: el cuidado y defensa de la Madre Tierra.

La Asociación apuesta por el diálogo intercultural a través de espacios de formación incluyentes e integrales. En la foto, María José (centro) y P. Victoriano Castillo, S.J., (a la izquierda) participan en uno de estos encuentros.
¿Cómo llegó a Qajb’al Q’ij y qué significó este acercamiento?
Fue un antes y un después en mi vida. Yo tenía 28 años cuando recibí los primeros talleres. Llegaron a la parroquia de Almolonga, de donde soy originaria. En ese entonces, yo formaba parte del coro. Yo soy la mayor de 10 hermanos, y en este proceso me acompañó una de mis hermanas. Era 2011. Recibí los cuatro módulos, y recuerdo, especialmente, que el de crecimiento personal me ayudó a reconocer y sanar mis heridas, a reconciliarme conmigo misma, con mi familia, con mi comunidad.
En 2012, luego de completar la formación, comencé a apoyar como acompañante. Y no solo acompañaba a mi comunidad, sino que también a otras comunidades de otros departamentos. En esos talleres llegan jóvenes de cuatro departamentos o regiones provenientes del departamento de Huehuetenango, de San Marcos, de Quetzaltenango y de Totonicapán. Luego de realizar otras labores, como monitoreos, recolección de estadísticas, trabajo de acompañamiento y formación, desde 2019 me encuentro frente al proceso de coordinación. Durante estos años de acompañamiento, he podido compartir numerosas experiencias y descubrir el potencial que tengo como persona. Además de enfrentarme a mis miedos, sanar mis heridas, conocerme a mi misma y profundizar en mis raíces.
Entre los talleres, hay uno especialmente significativo: el de espiritualidad maya. ¿Cómo fue su experiencia en ese espacio?
Después del de crecimiento personal, fue el segundo que más me marcó. Desde niña, yo veía a mis abuelos hacer oraciones, encender candelas, hablar con Dios a su modo, pero no lograba entender de dónde venía todo esto o a qué se refería. Y en mi comunidad, muchas veces eso se tacha de “brujería” o de cosas negativas. Incluso en mi propia familia hay personas que llegan a satanizar estas prácticas.

Parte importante de la formación de la Asociación Qajb’al Q’ij es el rescate y resguardo de la cosmovisión de los pueblos originarios maya quiché en Guatemala. En la foto, María José Yac participa en la creación de un altar ceremonial. Foto: Cortesía.
Gracias al taller descubrí que nada de esto era malo. Que era la forma en la que mis abuelos se comunicaban con Dios. Una manera de encontrar conexión a través del trabajo, a través de la cosecha, a través de los alimentos, del agradecimiento por estos. Aprendí a leer el calendario maya, a comprender los nahuales, a ver a Dios en la naturaleza, en los colores, en la luna, en el fuego, en la tierra. Aprendí a valorar cómo mis abuelos se encontraban con Dios a partir de este taller, y a ver la espiritualidad maya como una forma de vida.
¿Fue difícil defender esa espiritualidad en la familia o comunidad?
En principio, sí. Mi papá se opuso, pensaba que me enseñaban a «hacer brujería», movido por las creencias que, como mencioné antes, están bien arraigadas lastimosamente en nuestras comunidades sobre las prácticas espirituales de nuestros ancestros. Le expliqué, con paciencia y desde el corazón, el significado de los altares, de los colores, los símbolos… Le hablé del negro de la noche, como descanso; del verde de la tierra, del amarillo del maíz, de las frutas que comemos; del azul del agua y del cielo… Poco a poco, él fue comprendiendo. Y eso me dio fuerza para seguir.
Valoré, también, otros modos de vida de mi comunidad: yo soy tejedora. Mi mamá es tejedora. Yo aprendí de mi mamá y ella, a la vez, de su mamá. Ver a Dios de otras formas me hizo comprender la conexión con él, también, desde el trabajo, por ejemplo con los tejidos: si una no está armonizada, si no está bien consigo misma, pues, el tejido no sale bien o refleja el estado de de ánimo en el que se encuentra la persona. Se refleja en los colores, en las figuras, en la forma del bordado, en el avance del trabajo… Esto lo descubrí, también, con la aproximación a la teología india. Gracias a esto comprendí que ser tejedora es un regalo que Dios me ha dado.
Desde hace unos años, también han incorporado elementos de la espiritualidad ignaciana. ¿Cómo ha sido ese diálogo entre ambas espiritualidades?
Hace cuatro años, incluimos los ejercicios espirituales ignacianos en nuestra formación. Al principio, pensé que era algo solo para religiosas o sacerdotes, pero fue muy bien recibido. Y ahí encontré algo que me tocó profundamente: la frase de San Ignacio que dice “encontrar a Dios en todas las cosas”. Para mí, eso es exactamente lo que nuestros abuelos ya sabían. Dios está en todo: en la tierra, en el tejido, en la milpa, en el agua. Como decía San Francisco de Asís, que también hablaba del sol, del viento y de los animales como hermanos. Entendí, también, que Dios se revela en todas las culturas. Lo hace de maneras distintas en la creación, en nuestras vidas. Así, entendí que no hay contradicción, que nuestras espiritualidades son otras formas de encontrar a Dios y que la espiritualidad ignaciana y la espiritualidad maya se encuentran en el corazón de la creación.

María José se describe a sí misma, antes de la formación, como «una joven callada y tímida». Gracias al proceso, reconoció habilidades de enseñanza, oratoria y acompañamiento. En la fotografía, participa en un evento de la Universidad Rafael Landívar (URL), en Guatemala.
Después de tantos años de caminar en este proceso, ¿qué le motiva a seguir caminando junto a jóvenes líderes desde la Asociación?
Lo que viví. Sanar, crecer, reconciliarme. Pero también ver el cambio en otros jóvenes. Muchos llegan sin conocer su raíz, sin hablar su idioma, con miedo o con vergüenza de su cultura. Y en los talleres redescubren que ser de un pueblo originario no es una desventaja, sino una riqueza.
Me motiva saber que estos procesos ayudan a reconectar con la identidad, con los valores de nuestros abuelos y abuelas, con una forma más humana y más digna de vivir. Porque la tierra no nos pertenece, somos parte de ella. Porque los jóvenes sí pueden cambiar su realidad y porque nuestra espiritualidad y cultura están vivas. El rescatar, el intentar vivir otra vez los valores y la conexión de nuestros abuelos, el ver a jóvenes otra vez conectados con sus raíces, sanando heridas, descubriendo a Dios en todas las cosas, es lo que me motiva a mí.
