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Para San Ignacio, la naturaleza no era un recurso, sino una epifanía del Creador. Hoy, en cambio, vivimos en una lógica distinta. Desde nuestro territorio, rico en biodiversidad amenazada por la explotación y el extractivismo desmedido, queremos revivir la visión de nuestro fundador con nuestra Casa Común, pensando que lo que se contempla con los ojos del corazón no se destruye: se abraza, se defiende, se ama.

 

Invocación inicial: En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

 

Reflexión: la mirada de Ignacio

Ignacio vivió una ecología profunda sin usa esa palabra. Era capaz de llorar frente a una flor, no por su utilidad, sino por su belleza. Su espiritualidad lo llevó a contemplar a Dios latiendo en todas las cosas. “Dios habita en las criaturas, dándoles el ser, la vida y el sentir…” (EE 235)

 

Meditación desde la realidad centroamericana

Vivimos en un mundo donde la naturaleza se explota como si fuera una cuenta sin fondo: bosques talados, ríos contaminados, animales desplazados, comunidades expulsadas. Nos han hecho creer que la naturaleza vale por lo que produce, no por lo que es. En Centroamérica, esta herida se hace visible en los megaproyectos, en la minería, en la agroindustria que agota los suelos, y en los gobiernos que permiten —o promueven— estos abusos.

 

Oración personal y comunitaria

¿Somos capaces de mirar el agua, los árboles, los animales como hermanos? ¿O solo como recursos? ¿Qué lógicas de consumo repetimos sin darnos cuenta? ¿Defendemos lo que amamos o solo lo que nos conviene?

 

Oración final

Señor, enséñanos a contemplar como Ignacio: a ver tu rostro en el río que fluye, en el árbol que da sombra, en la tierra que da vida. Haznos agradecidos y responsables. Danos entrañas que abracen la creación. Y fuerza para cuidarla y defenderla…

 

 

San Ignacio de Loyola, ruega por nosotros.

Padre Nuestro… Ave María… Gloria.

Amén.