Skip to main content

Conversamos con Gonzalo Ortiz Hahmann, S.J., en ocasión de sus recientes Votos del Bienio en la Compañía de Jesús, sobre la vocación, el caminar en estos dos años de Compañía, las experiencias de servicio que le han marcado, la duda, el contexto centroamericano y el llamado de Dios visto desde distintas perspectivas.

 

Gonzalo Ortiz Hahmann, joven escolar jesuita guatemalteco de 31 años de edad, ingresó al noviciado de la Compañía de Jesús en Centroamérica en 2023, con 29 años. Este año, en junio, Gonzalo profesó sus Votos del Bienio, lo que le incorpora oficialmente a la Compañía. A dos años de haber iniciado su camino, Gonzalo reflexiona en el llamado de Dios que surge como una propuesta totalmente opuesta a lo que él tomaba por sentado para su vida. Un llamado que, dice, surgió luego de sentirse profundamente amado por Dios en un encuentro con el Papa Francisco en la Jornada Mundial de la Juventud en 2019. En este texto, Gonzalo reflexiona en la vocación, en la duda, en el contexto centroamericano y en los saltos de fe que mueven sus acciones caminando en Compañía de Jesús.

 

¿Cómo nació tu vocación?

Mi vocación nación en la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) 2019, en Panamá. O, al menos, la conciencia del llamado que Dios me hacía a la vida religiosa en la Compañía nació ahí. Yo pensaba que estaba llamado al matrimonio… Por varios años pensé así. En el encuentro con el Papa Francisco, al sentirme muy amado por Dios, sin embargo, descubrí que había sido llamado a querer entregar mi vida a ayudar a otros a conocerlo a él como yo he podido hacer. Luego me fui dando cuenta que desde muy pequeño habían señales en mi vida que podían sugerir que mi camino iba por este lado, pero yo no había sabido interpretarlas de la manera correcta.

Los jesuitas siempre estuvieron presentes en mi vida, desde antes de que yo fuera bautizado. Estuvieron, también, a lo largo de mi vida sacramental: bautizo, primera comunión, confirmación… Esta última la preparé en la Capilla San Ignacio en la Zona 10 de Ciudad de Guatemala. De alguna forma, entonces, siempre han estado presentes en mi vida. Volver a encontrarme con la espiritualidad de San Ignacio fue algo que vino a reafirmarme que, desde siempre, Dios me llamaba por este camino. 

¿Qué significa tener vocación hoy?

Para mí significa estar llamado a servir en algo más grande que nosotros mismos, algo que nos supera individualmente. En Centroamérica, podemos sentir que hay muchas realidades que nos superan: la injusticia, la opresión de los más necesitados, corrupción, violencia… Para mí, la vocación es sentirme llamado a colaborar con un grano de arena desde donde estemos a que estas situaciones sean un poco más llevaderas, a que vayan cambiando poco a poco aunque no siempre veamos los resultados en nuestros tiempos. 

Tener vocación no quiere decir solamente un llamado a la vida religiosa, sino, también, un llamado al matrimonio, un llamado al compromiso como laicas y laicos trabajando desde nuestros contextos. Cada aporte que podamos hacer desde donde nos sintamos llamados es territorio de colaboración para un futuro mejor: un maestro enseñando, un médico curando, están colaborando. Lo importante es tener conciencia de que hay alguien que nos llama a servir a los demás desde nuestras posibilidades. 

¿Cómo ha sido tu proceso de formación, acompañamiento y, en general, la experiencia en la Compañía de Jesús hasta ahora?

Llevo dos años en la Compañía y la experiencia de formación ha sido sumamente enriquecedora, a través de cursos y experiencias. Lo que más ha marcado el discernimiento y la manera en la que vivo mi vocación es la experiencia, y hay dos que me han marcado especialmente: el mes de hospitales, en el que compartí un mes con personas de la tercera edad y con niñas y niños con discapacidades. Acompañar, junto a las hermanas Misioneras de la Caridad, a estas personas que, en algunos casos, han sido descartadas hasta por sus propias familias fue una experiencia fuerte que me inspiró y motivó a entregarme de una manera completa a los más necesitados.

Gonzalo en la experiencia de trabajo junto con las hermanas Misioneras de la Caridad. Cortesía.

La segunda: el mes de acompañamiento a personas migrantes en conjunto con Fe y Alegría Panamá. Todos somos conscientes de la migración, pero pocas veces entramos en contacto directo con quienes viven las consecuencias de este fenómeno. Fue una experiencia enriquecedora, creo que fue la que más me marcó dentro de mi tiempo en el noviciado.

¿Cómo dialoga tu vocación con la realidad centroamericana?

Creo, en lo personal, que uno de los desafíos para vivir la vocación jesuita en la Centroamérica actual es que, como en el resto del mundo, las sociedades parecieran ser menos religiosas. Es como si hubiera menos gente acostumbrada a dedicar su vida de lleno a Dios y a su proyecto, entonces, toca varias veces encontrarme con quienes no estamos de acuerdo con mi decisión, quienes piensan que estoy desperdiciando mi vida. Esto supone un gran reto: ver de qué manera conversar con estas sociedades un poco más cerradas a Dios en la actualidad.

La riqueza de vivir en nuestra región, desde Guatemala a Panamá, es enorme. En mi experiencia, compartir con las personas más sencillas de nuestros países es algo que marca la vida, algo a lo que no había podido aproximarme antes de ingresar a la Compañía. Me di cuenta de lo generoso que es nuestro territorio. Hay que saber aprovechar la riqueza cultural de nuestros pueblos. Ojalá pudiéramos hacer el esfuerzo de entrar en sus realidades, adaptar el mensaje que queremos compartir con sus modos de vida para que sea más digerible, más apegado a lo que experimentan en sus vidas.

Gonzalo después de la Eucaristía en la que profesó sus votos del Bienio en junio de este año. Cortesía.

 

¿Qué le dirías a un joven que hoy se siente inquieto o llamado por Dios?

Que siempre vamos a tener duda. Yo dudaba. En un momento de mi vida, me di cuenta de que nunca vamos a tener la certeza completa de algo, siempre habrá duda y vamos a tener que dar siempre un salto de fe. Hay una frase del jesuita Jerónimo Nadal sobre San Ignacio que me gusta mucho: «Ignacio seguía el espíritu, no se adelantaba. De ese modo, era conducido con suavidad a donde no sabía. Poco a poco, abría el camino y lo iba recorriendo. Sabiamente ignorante, puesto sencillamente su corazón en Cristo».

Este es un buen ejemplo de cómo seguir nosotros la voluntad de Dios: no adelantarnos y pretender decir lo que Dios quiere de nosotros, sino cada quién a su tiempo, escuchando su voz, dejarnos llevar por dónde Él nos vaya llevando. Así, sin duda, llegaremos, movidos por el Espíritu de Dios. Así como San Ignacio, que, de esta forma, llegó a ser el gran santo que conocemos hoy.