P. Ismael Moreno, S.J., reflexiona en el siguiente texto sobre los cercos mediáticos en nuestras sociedades y el papel de los medios de comunicación de la Iglesia como entes que alimenten la esperanza llevando la verdad a todos los sectores a la luz del Evangelio.
“Quiero aprovechar para hacer un llamamiento que tantas veces he hecho a mi querido pueblo, que aprenda a leer los periódicos, a oír la radio, a ver televisión. No todo lo que sale en los medios de comunicación social es verdad, hay mucha mentira; hay que tener conciencia crítica para no ser un juguete de quienes manosean, con tanta falta de respeto, la opinión pública”. Estas palabras son textuales de Monseñor Romero pronunciadas en el período de mayor convulsión social y política de la historia salvadoreña. Y sus palabras han sido tan proféticas que valen no solo para aquel tiempo salvadoreño, sino para el tiempo actual de todos nuestros pueblos.
Uno de los rasgos esenciales del contexto continental actual es lo mediático. Usted está en Buenos Aires o en Bogotá, o en México o en Tegucigalpa y leeré o escuchará o mirará una noticia con el mismo enfoque y la misma orientación. Y aunque vea diversos medios, parece que se encuentra en un único medio porque todas las noticas, análisis e interpretaciones se encuentran situados en un férreo cerco mediático continental. Mucha de la agenda política ya no de un país, sino de todos nuestros países se definen con mucha fuerza en las grandes cadenas mediáticas del continente. Usted lee o escucha o ve una noticia sobre Venezuela y es el mismo tratamiento que hace CNN, Univisión, Televisa, Cadena caracol, O Globo, el grupo Clarín o el Grupo Cisneros. Son las cadenas que conforman el cerco mediático continental. Y esto se complejiza con las redes sociales.
Por ello, es tan actual la palabra de Monseñor Romero para nuestro tiempo porque el cerco mediático continental nos dice un tipo de verdad que no representa la verdad de los pobres, sino lo que las élites poderosas quieren que se divulgue. Y desde estos medios se silencia noticias, se destacan noticias con sus personajes, se elevan perfiles o se distorsionan perfiles, se estigmatizan líderes o se justifican matanzas, o se magnifican acciones violentas de manifestaciones populares.
La verdad nos hará libres, nos recuerda el Evangelio de San Juan. Pero esa verdad hay que saberla descubrir o construir, porque mucha gente humilde se traga como verdad lo que se dice en este entramado mediático, de manera que si los medios estigmatizan a una persona luchadora defensora de ríos u opuesta a la explotación minera, presentándola como contraria al desarrollo o revoltosa, entonces mucha gente humilde se traga “esa” verdad como única, y la gente pobre ataca a la gente que los defiende. Es decir, la verdad que imponen los poderosos a través de su cerco mediático acaba aprisionando a los pobres, y en lugar de contribuir a que la gente adquiera su opinión, los medios contribuyen a arrebatar la dignidad a las personas y a las comunidades.
En una sociedad como la hondureña, o guatemalteca, o salvadoreña, el cerco mediático se hace mucho más fuerte por los bajos niveles de escolaridad y de cultura que persiste en la población. De acuerdo a nuestros sondeos de opinión pública, la población que consume noticias es mayoritariamente aquella que ha alcanzado el sexto o el noveno grado. Y consume noticias a través de medios televisivos que destacan el morbo de las noticias sangrientas y viven del negocio de vender publicidad oficial.
Estos medios están atados a la voluntad del gobierno, de la alta empresa privada y distorsionan la realidad para ver como verdad los logros del gobierno y ver a los delincuentes comunes como los principales responsables de la violencia en la sociedad. En este contexto mediático, es claro que las cadenas mediáticas son las responsables de hacer realidad la política oficial frente a los defensores de derechos humanos: primero, se les ignora, segundo, se busca sobornarlos; tercero, se les estigmatiza hasta desacreditarlos; cuarto, se les criminaliza por terroristas o atentar contra el Estado; y quinto, se les elimina. De manera que los defensores de derechos humanos están expuestos a la voluntad política de quienes gobiernan y los medios de comunicación cumplen esa voluntad política.
¿Cuál ha de ser nuestro papel en una sociedad con fuerte cerco mediático? Sin duda que romper silencios y salir a la escucha de la palabra de la gente. Los medios de la Compañía de Jesús tienen la responsabilidad de hacer realidad lo que nos dice el evangelio sobre la verdad que nos hace libres. Es la verdad que brota de Jesucristo que nos recuerda que hemos de ir más allá de las apariencias. Toca a los medios de la Iglesia y de la Compañía de Jesús construir su propia política mediática, según los criterios del Evangelio, el magisterio eclesial y las preferencias apostólicas universales de nuestra misión. Si los medios están vendidos o sobornados por el gobierno o la alta empresa privada, los medios eclesiales y jesuíticos debían recoger la voz de la gente humilde y de las comunidades. Si el cerco mediático acusa a los defensores de derechos humanos de revoltosos y atentar contra el desarrollo, los medios de la Iglesia ha de saber recoger el testimonio de estos hombres y mujeres que no buscan que los maten, sino que dan cotidianamente su vida por el bien común y porque la justicia brille para toda la sociedad. Los medios de la Iglesia han de ser defensores de los defensores de derechos humanos, y proteger a las comunidades amenazadas.
Algunos dirán que defender a unos sectores es perder la imparcialidad que han de tener los medios. Esto hemos de situarlo en nuestro contexto. Los medios han de buscar la imparcialidad al difundir una noticia sobre la base de una sociedad en donde la gente pobre se encuentra en total desventaja. Los medios de la Iglesia han de seguir el criterio que ha sostenido el magisterio a través de los siglos y que se remonta al Evangelio: Dios ofrece salvación a toda la humanidad, sin distingos, pero situado desde los pobres. La salvación se ofrece a todo mundo, pero desde la defensa de los pobres. No porque los pobres sean mejores o peores, sino porque ellos cargan el peso mayor de la injusticia que existe en la sociedad. No es por asuntos morales, sino de justicia. Así han de ser los medios de la Iglesia, abiertos a toda la sociedad, pero desde la defensa de quienes son víctimas de un modelo organizado en la distribución desigual de las riquezas que en principio deberían ser de toda la sociedad, y no concentrarse aparatosamente en unas pocas familias.
Una última palabra a los medios de la Iglesia. En sociedades deterioradas como las nuestras, los medios de la Iglesia han de tener una programación que alimente la esperanza para toda la sociedad a partir de la realidad clamorosa de quienes más sufren. Es bueno que se busque dar doctrina católica, pero más importante es buscar justicia en toda la sociedad. Es bueno que se transmitan programas religiosos y que se escuchen cánticos o prédicas piadosas o moralistas católicas, pero más importante es que nuestra fe nos impulse a analizar la realidad y transmitirla a toda la sociedad a través de nuestros medios. Nuestro servicio católico habría que ponerlo en la universalidad del servicio mediático. Si dirigimos una programación solo para católicos, seguramente seremos muy piadosos, pero nada garantiza que como católicos estemos comunicando realidades históricas a toda la sociedad. Los medios de comunicación de la Iglesia, y particularmente los de la Compañía de Jesús, están llamados a llevar la señal y comunicar el Evangelio a toda la sociedad a partir de la defensa y protección de los pobres, los preferidos del reino.
