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La Red Juvenil Ignaciana tiene ya un recorrido, pero algo se renovó este fin de semana. Jóvenes acompañantes de distintos países de Centroamérica se dieron cita en el Centro Loyola para revisar el camino recorrido, volver a encender la pasión por la misión y fortalecer los lazos que nos hacen comunidad. Tres días intensos de oración, reflexión, arte, alegría… y mucha esperanza compartida.

Algunos llegaron un día antes. Otros madrugaron el viernes. Pero todos veníamos con algo en común: ganas de reencontrarnos, de escuchar(nos), de volver a ponerle rostro, voz y abrazo a eso que a veces solo pasa por chats o videollamadas. Así, entre saludos, sonrisas y una buena sobremesa después del almuerzo, fue arrancando el primer Encuentro de acompañantes de la Red Juvenil Ignaciana 2025.

Nos instalamos en nuestras habitaciones del Centro Loyola —hogar cálido por tres días— y volvimos al salón que, sin querer queriendo, lleva el nombre del gran misionero Francisco Javier. Nada casual. Ahí, en círculo, nos dieron la bienvenida y nos contaron el propósito de nuestro encuentro: mirar el camino recorrido como red, soñar la misión que nos convoca, preguntarnos con sinceridad con cuánta pasión queremos vivirla, ver qué necesitamos para hacerlo… y sobre todo, formar comunidad.

Pusimos unas normas básicas de convivencia, entre ellas regular el uso del celular — porque sí, a veces toca ayudarse a estar presentes—. Compartimos lo que cada quien traía en el corazón, lo que nos había costado dejar para estar ahí. Hicimos ejercicios para conectar cuerpo, mente y espíritu. Y oramos. Oramos desde lo simple: dar gracias por lo que ya somos. Porque, de ahí, nace todo lo demás.

La tarde se llenó de reflexiones sobre lo vivido en la RJI: lo que nos ha entusiasmado, lo que nos ha costado, lo que funciona y lo que aún está en proceso. Lo hicimos desde la libertad, con honestidad. Y con la escucha como base. Cerramos el día con una rica cena y una sobremesa sin prisas.  Fue en ese momento cuando el P. Mingo, Provincial, se despidió de nosotros; agradecimos su presencia y compañía durante toda la tarde. Con su cercanía y sencillez, nos recordó la importancia de las juventudes en la misión de la Provincia y nos hizo sentir que no caminamos solos. Luego vino el cine-foro: vimos Hambre, una película asiática intensa y bella que nos confrontó con nuestras verdaderas pasiones. Hubo palomitas, claro. Y hubo conversatorio al final. Nos fuimos a dormir con el corazón lleno.

El sábado comenzó con desayuno, oración y ejercicios de conexión. Luego nos sumergimos en una jornada potente: el mundo juvenil en el centro. Hablamos de sus valores y fragilidades, tentaciones y necesidades, y de lo que nosotros tenemos para ofrecer. Pero no solo hablamos de los y las jóvenes que acompañamos: también nos miramos a nosotros mismos, nuestras búsquedas, lo que nos impulsa, ¡nuestras pasiones! y la comunidad —lo vimos claro— es ese lugar donde todo eso cobra sentido y se potencia.

Por la tarde, el plan era caminar y encontrarnos con la naturaleza, pero la lluvia dijo que no. Y la coordinación, que no se deja sorprender tan fácil, sacó un plan B que nos encantó: fuimos al museo de arte. Ahí, desde otra sensibilidad, contemplamos lo bello, lo que duele, lo que da esperanza y lo que salva.

Al volver, de camino, un café lleno de bromas y risas nos preparó para la noche de talentos. ¡Y qué noche! Música, baile, literatura, creatividad a flor de piel. Fue como una fiesta para el alma. Y también un espacio para admirar lo diverso, lo hermoso y lo valioso que cada uno trae.

El domingo nos encontró un poco cansados, pero muy conectados. Y con el deseo de no quedarnos solo con lo vivido, sino de encarnarlo. Porque como dicen los jesuitas: a los propósitos hay que ponerle pies, o se lo lleva el aire. Así que conversamos sobre cómo concretar los compromisos de la RJI, qué estamos dispuestos a asumir y qué medios necesitamos para hacerlo realidad.

Todo lo ofrecimos en la eucaristía final, en comunidad, agradecimos a Dios por tanto bien recibido. Recogimos lo vivido, lo que sembramos, lo que dejamos, y lo que nos llevamos para seguir caminando en nuestras comunidades.

Nos despedimos con el agradecimiento de que lo que comenzó como un taller, se convirtió en experiencia. Y lo que parecía solo un encuentro, terminó siendo vida compartida.

Gracias, Dios de la vida, por la risa, la escucha, la amistad, comunidad y la misión.

Nos vemos en el camino.